Estoy en Buenos Aires. Paseo y recorro a pie lo típico: el centro con sus teatros y librerías, el Barrio Norte, la Recoleta, Retiro, Palermo. La situación económica está mejor. Eso dicen, aunque cuesta medirlo entre tanta afluencia fenicia. Las tiendas de la Recoleta no tienen nada que envidiarles a las más conspicuas de Roma. Las señoras de visón paseando a sus yorkshire-terriers, frente al Hotel Plaza, podrían estar en el del Central Park de Nueva York; los señores de loden son idénticos a los del barrio Salamanca de Madrid (sí deben hasta pensar y rezar parecido).
Lo propiamente criollo es el contraste. El que, en estos mismos barrios cosmopolitas y lujosos, por la noche, cartoneros escarben la basura para comer, o que indigentes se cobijen pegados a las vitrinas para entibiarse. Entiendo que sigue habiendo 14 millones de pobres en Argentina, y el país sin elecciones (le basta con primarias) es irrefrenablemente peronista. Izquierdoso-populista, mejor dicho, pero -para un chileno actual- una Argentina algo rara, sorprendentemente indulgente con estas inequidades. Diez años atrás, en pleno "corralito", Buenos Aires ardía con piqueteros, cacerolazos y saqueos, encapuchados y soldadesca, a caballadas y a pedradas por Corrientes, el Obelisco y la 9 de Julio.
