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8 oct 2012

La democracia contra la democracia | Nicolás Ocaranza

La democracia es una noción compleja, polisémica, que se redefine constantemente según el devenir de la historia. Sin embargo, desde sus primeros vestigios atenienses hasta su reinvención bolivariana en Venezuela, no ha estado exenta de algunos monolíticos intentos de apropiación por parte de sus promotores.

Desde del siglo XVIII, existe en Europa, y particularmente en Francia, una tradición intelectual que se ha ocupado de analizar los desafíos democráticos en los diferentes contextos de cambio y continuidad en que se sitúan. Los enemigos íntimos de la democracia, obra de Tzvetan Todorov recientemente traducida al español, se inscribe en esta tradición crítica del pensamiento político conformada por autores franceses como Tocqueville, Aron, Furet, Lefort y Pierre Rosanvallon. 

5 sept 2012

Europa y el malestar en las ideas políticas | Mark Lilla





























I.

Leo Strauss señala, en algún lugar de sus escritos, que el problema judío viene a ser, de manera condensada, el problema político. Este señalamiento cargado de malicia llevaba el fin de invitar a dos tipos de reflexión. Uno, el más evidente, concierne al destino histórico de los judíos, desde las edades bíblicas, pasando por la diáspora y el establecimiento del Estado de Israel. El otro, menos evidente, se refiere a las luces que el judaísmo como hecho social arroja sobre nuestra comprensión más general de la política. Strauss tenía en mente lo que llamó el "problema teológico-político", que él veía como la tensión inevitable entre la autoridad política y la revelación. Sin embargo, el problema judío es importante también en otro sentido. Pues la forma en que las naciones o civilizaciones se las ven con la existencia de los judíos puede revelar, en ciertas coyunturas históricas, padecimientos políticos cuyas causas poco o nada tienen que ver con el judaísmo en sí. En ciertos periodos, el hecho de que se agudice el problema judío no es más que el síntoma de un malestar más profundo en la vida y las ideas políticas.

7 jul 2012

Una década sin nombre: historia del siglo XXI | Pablo Riquelme Richeda


La “historia del presente” es un género híbrido que combina la erudición histórica con la agilidad periodística y consiste en escribir sobre algún acontecimiento internacional en calidad de espectador, ojalá “en el propio sitio, en el momento mismo, con el ordenador portátil encendido”. El historiador inglés Timothy Garton Ash comenzó a practicarlo en 1989 con Los frutos de la adversidad, reporteando el colapso de los regímenes comunistas europeos durante los años 80, y continuó el año 2000, con La historia del presente: ensayos, retratos y crónicas de la Europa de los 90, cubriendo la unificación continental posterior a la caída del Muro de Berlín.

8 may 2012

Tony Judt (1948–2010) | Timothy Garton Ash


El poeta Paul Celan dijo acerca de su nativa Chernivtsi que era un lugar donde las personas y los libros solían vivir. Tony Judt fue un hombre para quien los libros vivían, igual que las personas. Su mente, como su departamento en Washington Square, estaba repleta de libros: éstos caminaron con él, discutiendo, hasta el momento final.


Crítico como era de los intelectuales franceses, compartía con ellos la convicción de que las ideas importaban. Siendo inglés, pensaba que los hechos también importaban. Como historiador, uno de sus logros más importantes fue la unificación de la historia intelectual y política del siglo veinte europeo, revelando las múltiples -y a veces no buscadas- interacciones en el tiempo entre ideas y realidades, pensamientos, gestos, libros y personas.

29 mar 2012

Unas islas Glaciales | Alfredo Jocelyn-Holt

Así parece que las llamaba Jorge Luis Borges a las islas en disputa (vid. su "Milonga del muerto"). Se evitaba de ese modo decirlas en inglés o en español. ¿Licencia poética la suya o cuestión ésa de mapas, mapas de los que a Borges le gustaba un poco mofarse?

En inglés o en castellano, la burla, le daba igual. Bilingüe desde su infancia "aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por influencia de su abuela materna de origen inglés", cuenta Emir Rodríguez Monegal. Su madre le decía "Georgie" y, de hecho, se sentía un poco inglés, y no por presunción; era un hombre sumamente humilde. En vísperas de recibir un Doctorado Honoris Causa de Oxford, le responde a la BBC: "Yo estuve una vez en Oxford, creo que pasé una noche allí, hará bastantes años, pero, de algún modo, puedo decir que siempre estuve en Oxford, y con más certidumbre, que siempre estuve en Inglaterra, no sólo por alguna sangre inglesa que tengo, sino porque casi todo lo que yo he leído, lo he leído en inglés". Además sus amigos le decían que escribía como en inglés: "Algo espontánea y no deliberadamente inglés, en mi manera de escribir en español".

2 ene 2012

La revolución inteligente | Timothy Garton Ash

Con las manos aleteando como dos hélices dobles, Václav Havel se mueve con sus andares apresurados y de pasos cortos por el vestíbulo con espejos del teatro Linterna Mágica, el cuartel general de la revolución de terciopelo. La figura ligeramente encorvada y fornida, vestida con unos vaqueros y una sudadera, se detiene un instante, empieza a hablarme de unas “negociaciones importantes” y, escasamente tres frases después, se lo llevan. Me lanza por encima del hombro una sonrisa pidiendo disculpas, como si dijese, “¿qué puedo hacer?”. Hablaba a menudo como si fuese un crítico irónico observando el teatro de la vida, pero allí, en el teatro Linterna Mágica, en 1989, se convirtió en el protagonista de una obra que cambió la historia.

9 oct 2011

Historia conceptual: una nueva mirada al pasado | Entrevista a Javier Fernández Sebastián (Daniel Swinburn)

¿Qué es la historia conceptual? Podría definirse como una historia de las palabras claves que ayudan al historiador a construir su relato de hechos. Las palabras, al igual que las sociedades, también cambian y enfrentan transformaciones que a veces las tornan irreconocibles para una misma generación de ciudadanos en el transcurso de una vida. Los historiadores a veces tienden a dar por supuesto que conceptos claves de sus relatos tienen un significado actual similar al que tenían dos siglos atrás, lo que provoca claramente un uso anacrónico de éstos. La historia política del siglo XIX y sus cultores más modernos en Europa dieron la alarma en este sentido. No se pueden usar palabras como democracia, libertad, estado, economía, nación, progreso, propiedad, memoria, identidad y un largo etcétera, sin estudiar su profunda transformación semántica, producida especialmente entre 1750 y 1850. Este trabajo de resignificación ha dado origen a una nueva sensibilidad historiográfica que se ha traducido ya en publicaciones relevantes que en el mediano plazo debieran provocar un cambio en prácticas y métodos para mirar el pasado, especialmente en Latinoamérica.

23 sept 2010

La Contrademocracia según Pierre Rosanvallon | La Nación (Argentina)

Titular de la cátedra de historia de política moderna y contemporánea en el Collège de France, ese hombre sereno y afable de 59 años construye desde hace más de dos décadas una obra principalmente consagrada a la profundización de la experiencia democrática. 

Rosanvallon egresó de una facultad de comercio en los años 60 y poco después se cruzó con Michel Foucault, quien despertó su interés por la historia. Mayo del 68 y su militancia universitaria lo orientaron rápidamente hacia esa nueva izquierda, moderna y liberal, que hizo su aparición en los años 70. Rosanvallon es considerado uno de los creadores de esa nueva corriente, denominada en Francia "la segunda izquierda", cuyo gran exponente político fue el ex primer ministro socialista Michel Rocard. 

Fue precisamente para promover esas ideas que en 1982 creó, con el historiador François Furet, la Fundación Saint-Simon. La institución se transformó rápidamente en un exclusivo círculo de intelectuales antitotalitarios y empresarios sociales, en un nexo entre la nueva izquierda y la centroderecha, y en una máquina de crear consenso político. 

Quince años después, más atraído por la investigación que por las veladas mundanas, Rosanvallon cerró la fundación y creó La República de las Ideas. Los trabajos de ese "taller intelectual" -como él mismo lo define- son publicados en una colección especial que ha tenido un éxito inesperado. 

En Contrademocracia - que fue publicado en Francia este año poco antes de las elecciones presidencia y aquí se presentará a fines de octubre, con la presencia del autor a quien la UBA le dará un doctorado Honoris Causa-, Rosanvallon continúa asumiendo su papel de escrutador de la democracia moderna, desmenuzando sus cambios y sus evoluciones. "Hubo una época en que la vigilancia de los ciudadanos era constructiva, colectiva y política, es decir, preocupada por el bien común. Hoy, esa vigilancia se ha vuelto destructiva, categorial y cada vez más desconectada de lo político", explicó a LA NACION en una entrevista exclusiva en sus oficinas del Collège de France. Sin embargo, para ese entomólogo de los procesos sociales, no todo está perdido. 

-¿Cuáles son las razones de la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus dirigentes y en los actuales sistemas democráticos? 

-Para comenzar, hay una razón que podríamos considerar estructural. Por un lado, el hombre contemporáneo parece haber perdido confianza en la idea de progreso; por el otro, la aparición de lo que podríamos llamar una "sociedad del riesgo" parece haber contribuido a fomentar la desconfianza de los ciudadanos. Pero también existe una dimensión auténticamente política que explica la pérdida de confianza. Me refiero a que, en la actualidad, es mucho más fácil para un ciudadano controlar el poder, forzarlo, hasta bloquearlo, que tratar de reformarlo para que sirva mejor al interés general. En realidad, la inversión que implica el voto ha pasado a ser percibida como "menos rentable". Pero atención, es necesario evitar todo juicio de valor sobre esta evolución. Este cambio responde, en realidad, a la aparición de nuevas formas de actividad democrática que no se pueden comprender si uno se limita a repetir los lamentos de moda sobre el tema del ciudadano pasivo y descreído. 

-¿Por qué? ¿No es terrible ese desapego? 

-En verdad, la desconfianza no quiere decir repliegue o desinterés por la política. Es una paradoja sólo aparente, que es necesario analizar para poder comprender lo que yo llamo "contrademocracia". 

-¿Y qué es esa contrademocracia? 

-Hay dos escenarios fundamentales de la actividad democrática. El primero es la vida electoral, la confrontación de programas. En otras palabras, la vida política en el sentido más tradicional del término: su objetivo es organizar la confianza entre gobernantes y gobernados. Pero también existe otro escenario, constituido por el conjunto de las intervenciones ciudadanas frente a los poderes. Esas diferentes formas de desconfianza se manifiestan fuera de los períodos electorales y representan lo que yo llamo "contrademocracia". No porque esas formas de expresión se opongan a la democracia, sino porque se trata de un ejercicio democrático no institucionalizado, reactivo, una expresión directa de las expectativas y decepciones de una sociedad. Junto al pueblo elector, también existe -y cada vez más- un pueblo que vigila, un pueblo que veta y un pueblo que controla. 

-En su libro, " Contrademocracia ", usted afirma que hay formas muy variadas de ejercicio democrático no institucionalizado. ¿Cuáles, por ejemplo? 

-El ciudadano contemporáneo se conforma cada vez menos con otorgar periódicamente su confianza en el momento de votar. Ahora pone a prueba a sus gobernantes. Esta actitud se ha transformado en una característica esencial de la vida democrática actual. Para ello, ejerce antes que nada una acción de vigilancia. El hombre moderno sabe que el espacio común se construye día a día y que debe estar atento al riesgo de corrupción del proceso democrático. La segunda función de la desconfianza es la actitud crítica: el ciudadano analiza la distancia que separa la acción de las instituciones del ideal republicano. Esa crítica impide que la sociedad se duerma sobre una idea de la democracia sólo concebida como "el menor de los males". El ideal de la ciudadanía debe ser, en efecto, organizar el bien común. Por fin, la tercera dimensión de la ciudadanía contrademocrática es la apreciación argumentada: la vida de la democracia no es la charla en el café de la esquina, es hallar una forma argumentada de discutir y de juzgar a los poderes. 

-Explicado de esa manera, es verdad que la desconfianza alimenta la vida democrática.

-Al contrario de lo que se piensa comúnmente, la desconfianza no es en sí misma un veneno mortal. El gran liberal Benjamin Constant [político franco-suizo, 1767-1830] decía que "toda buena Constitución debe ser un acto de desconfianza". La desconfianza también participa de la virtud republicana de la vigilancia. El buen ciudadano no es únicamente un elector periódico. También es aquél que vigila en forma permanente, el que interpela a los poderes públicos, los critica y los analiza. Alain [filósofo francés, 1868-1951] repetía que, para estar viva, la democracia debía asumir la forma de poderes activos de control y resistencia. 

-¿Qué formas específicas adquiere la práctica contrademocrática? 

-Manifestaciones, firmas de peticiones, expresiones colectivas de solidaridad, ONG, grupos de presión En Francia, una manifestación típica de contrademocracia fue el movimiento popular de protesta contra el Contrato de Primer Empleo (CPE), que el ex premier Dominique de Villepin tuvo que retirar. 

-Usted habla de legitimidad de esos nuevos movimientos sociales. Pero, ¿en qué reside la legitimidad de movimientos que no siempre son transparentes y, a veces, hasta son manipulados? 

-Los nuevos movimientos sociales no buscan tener adherentes (aunque tengan algunos). Son instituciones que lanzan alertas, que plantean cuestiones importantes, que construyen la atención pública como una cualidad democrática. Lo único que puede controlar a esos movimientos es el pluralismo. Es decir, si uno de ellos quisiera apropiarse de una cuestión precisa -por ejemplo de la exclusión social-, otros aparecerían para disputarle el monopolio de la representación o de su defensa. 

-Pero, según usted, la frontera es frágil entre una buena contrademocracia y el peor de los peligros, el populismo.

-Esa línea divisoria en muy frágil, en efecto. Entre la contrademocracia de la vigilancia y su caricatura, que se inclina hacia el nihilismo, no hay mucha distancia. Es fácil pasar de una a la otra. Y ése es el problema. 

-¿Cuáles son las características de ese populismo? 

-Lo propio del populismo reside en el hecho de que radicaliza la democracia de vigilancia y de obstaculización, hasta el punto de llegar a lo impolítico. En ese proceso, la preocupación activa y positiva de vigilar la acción de los poderes y de someterlos a la crítica se transforma en una estigmatización compulsiva y permanente de los gobernantes, hasta convertirlos en una suerte de potencia enemiga, radicalmente exterior a la sociedad. Esos impugnadores contemporáneos no designan ningún horizonte; su actitud no los lleva a una acción crítica creativa. Esa gente expresa simplemente, en forma desordenada y furiosa, el hecho de que han dejado de encontrarle sentido a las cosas y son incapaces de hallar su lugar en el mundo. Por otro lado, creen que sólo pueden existir condenando a las elites a los infiernos, sin siquiera intentar tomar el poder para ejercerlo. 

-¿Cuál es la función de los intelectuales en la contrademocracia? 

-Ser ciudadano no es sólo expresar sus preferencias, es saber comprender lo mejor posible el mundo, para ser capaz de actuar y de pesar sobre el curso de los acontecimientos. El intelectual produce un suplemento de comprensión y, de este modo, ayuda a producir un suplemento de acción: mientras más inteligencia colectiva hay, mayor es la presencia ciudadana. 

-¿Qué papel pueden jugar los medios en ese esfuerzo de inteligibilidad? 

-Más que responsables, los medios de comunicación son un reflejo de esta "democracia impolítica". Pero "los medios" no quiere decir nada. La generalización impide distinguir la función de construcción y deliberación que existe en ciertos diarios y radios y las funciones de adormecimiento democrático practicadas por otros. En Francia, difícilmente se puede poner en el mismo cesto a una revista "del corazón" como Closer y a las emisiones de la radio France-Culture. En su país seguramente sucede lo mismo. 

-¿Y dónde se sitúa Internet? 

-Internet es más que un medio. Es la manifestación más adecuada de lo que verdaderamente es la opinión: una expresión caótica y diseminada que funciona por imitación y propagación, y no la expresión coordinada, unificada del sentimiento colectivo. Internet nos recuerda que la opinión es un proceso imperioso, ingobernable y hasta indefinible, cuando -quizás demasiado rápido- habíamos creído que nos hallábamos en la era de los grandes medios televisivos cuya función era transmitir una forma de expresión coherente y unificada. Esta diseminación plantea un problema fundamental, pues la democracia no es la expresión multiplicada de opiniones individuales ni la circulación de esas opiniones: es la construcción de un mundo común. Pero, para construir un foro cívico, la circulación no basta, es necesaria la cristalización. Y eso es precisamente lo que falta en la actualidad. Faltan esos sitios de síntesis y esos momentos de cristalización. 

-¿Cómo se hace entonces para provocar un debate creativo, para "cristalizar", organizar la contrademocracia en torno a un bien común? 

-El ciudadano debe comprender que, más allá de las formas individuales de desconfianza que todos conocemos, es posible lograr formas de confrontación y de construcción coherentes. Los diarios tienen su papel en ese esfuerzo: el de lograr que los procesos sean inteligibles. Y, sobre todo, es urgente que los políticos respondan a esa expectativa, en vez de focalizarse en la construcción de sus imágenes o, incluso, de sus programas. 

9 ago 2010

Revolucionarios | Tony Judt


Yo nací en Inglaterra en 1948, suficientemente tarde, por unos años, para no tener que hacer el servicio militar obligatorio, pero a tiempo para los Beatles: tenía 14 años cuando sacaron Love me do. Tres años después aparecieron las primeras minifaldas, y yo era lo bastante mayor como para valorar sus virtudes y lo bastante joven como para aprovecharlas. Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por tanto, al cumplir 20 años, en 1968, me rebelé. Como tantos jóvenes pertenecientes al baby boom, fui conformista en mi inconformismo.

No cabe duda de que los sesenta fueron una buena época para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes, y el mundo parecía dominado por la juventud (una observación verificable si se ven las estadísticas). Por otro lado, al menos en Inglaterra, el cambio podía ser engañoso. Los estudiantes nos oponíamos ruidosamente al apoyo que el Gobierno laborista daba a la guerra de Vietnam de Lyndon Johnson. Recuerdo al menos una de aquellas manifestaciones en Cambridge, después de una conferencia de Denis Healey, entonces ministro de Defensa. Perseguimos su coche hasta las afueras de la ciudad, y un amigo mío, hoy casado con la Alta Representante de Asuntos Exteriores de la UE, saltó al capó y golpeó con furia las ventanillas.

Sólo que, cuando Healey se alejaba, nos dimos cuenta de lo tarde que era; la cena en el comedor de la universidad empezaba en cuestión de minutos y no queríamos perdérnosla. Mientras volvíamos al centro, me tocó trotar al lado de un policía de uniforme que había estado vigilando la multitud. Nos miramos: "¿Cómo le parece que ha estado la manifestación?", le pregunté. Como si fuera una pregunta de lo más corriente -sin ver en ella nada extraordinario-, me contestó: "Oh, creo que ha estado bastante bien, señor".

Es evidente que Cambridge no estaba maduro para la revolución. Tampoco lo estaba Londres: en la famosa manifestación de Grosvenor Square, ante la embajada estadounidense (de nuevo a propósito de Vietnam; como tantos de mis contemporáneos, me movilizaba sobre todo contra las injusticias cometidas a miles de kilómetros de distancia), apretado entre un aburrido caballo de la policía y unas vallas, sentí algo húmedo y caliente que me corría por la pierna. ¿Incontinencia? ¿Una herida que sangraba? No fui tan afortunado. Me había estallado en el bolsillo una bomba de pintura roja que pretendía arrojar contra la embajada.

Esa misma tarde, yo tenía que cenar con mi futura suegra, una señora alemana de instinto impecablemente conservador. No creo que su opinión de mí, ya bastante escéptica, mejorara cuando llegué cubierto desde la cintura hasta el tobillo por una sustancia roja y pegajosa; ya se había alarmado al saber que su hija salía con uno de esos izquierdistas desaliñados que gritaban "Ho, Ho, Ho Chi Minh" y a los que había visto con cierta repugnancia por televisión esa tarde. Lo único que sentí yo, por supuesto, fue que se tratara de pintura y no de sangre. Oh, épater la bourgeoise.

Para vivir una revolución de verdad, desde luego, uno iba a París. Como muchos de mis amigos y contemporáneos, fui allí en la primavera del 68 para observar -para respirar- la auténtica historia. O, al menos, una representación increíblemente fiel de la auténtica historia. O, tal vez, en las escépticas palabras de Raymond Aron, un psicodrama representado en el mismo lugar en el que, en otro tiempo, la auténtica historia había formado parte del repertorio. Dado que París había sido verdaderamente un escenario de revolución -gran parte de nuestra interpretación visual del término deriva de lo que sabemos sobre los sucesos que allí ocurrieron en los años 1798-1794-, a veces era difícil distinguir entre la política, la parodia, el pastiche... y la representación.

En cierto sentido, todo era tal como debía ser: verdaderos adoquines, problemas reales (o suficientemente reales para los participantes), violencia real y, de vez en cuando, víctimas reales. Sin embargo, desde otro punto de vista, a todo aquello parecía faltarle algo de seriedad: incluso en aquellos momentos me costaba mucho creer que bajo los adoquines estaba la playa (sous le pavés la plage), y todavía más que una comunidad de estudiantes descaradamente obsesionados con sus planes de verano -recuerdo lo mucho que se hablaba, en medio de intensos debates y manifestaciones, de ir a pasar las vacaciones a Cuba- pretendiera seriamente derrocar al presidente Charles de Gaulle y su Quinta República. De todas formas, con sus propios hijos en las calles, muchos comentaristas franceses aparentaban creer que podía suceder y estaban, por consiguiente, nerviosos.

Al final, no ocurrió nada serio y todos volvimos a casa. En su momento, me pareció que Aron había sido innecesariamente despectivo; era su dispepsia, provocada por el entusiasmo adulador de algunos de sus colegas, que se sentían arrebatados por los sosos clichés utópicos de sus atractivos pupilos y estaban deseando unirse a ellos. Hoy tendería a compartir su desprecio, pero entonces me pareció excesivo. Lo que más parecía molestar a Aron era que todo el mundo estaba divirtiéndose y, a pesar de su inteligencia, no era capaz de ver que, aunque divertirse no es lo mismo que hacer la revolución, muchas revoluciones han comenzado entre juegos y risas.

Uno o dos años después visité a un amigo que estudiaba en una universidad alemana; Gottinga, creo recordar. Resultó que, en Alemania, "revolución" significaba algo muy distinto. Nadie se divertía. A ojos de un inglés, todos parecían indescriptiblemente serios y alarmantemente preocupados por el sexo. Eso era una cosa nueva: los estudiantes ingleses pensaban mucho en el sexo, pero lo practicaban muy poco, mientras que los estudiantes franceses eran mucho más activos (o al menos me lo había parecido), pero mantenían el sexo y la política separados. Salvo por el llamamiento ocasional de "haz el amor y no la guerra", su actividad política era intensamente -absurdamente- teórica y seca. La participación de las mujeres -si es que la había- se limitaba a hacer café y compartir la cama (y aparecer como accesorios visuales a hombros de los varones para posar ante los fotógrafos de prensa). No es de extrañar que poco después apareciera el feminismo radical.

En Alemania, por el contrario, la política tenía que ver con el sexo, y el sexo, en gran medida, con la política. Me sorprendió descubrir, mientras visitaba a un colectivo de estudiantes alemanes (todos los estudiantes alemanes que conocí parecían vivir en comunas, compartiendo grandes pisos y las parejas respectivas), que mis contemporáneos de la Bundesrepublik se creían verdaderamente su propia retórica. Me explicaban que abordar las relaciones sexuales de manera despreocupada y sin ningún tipo de complejo era la mejor forma de liberarse de cualquier ilusión sobre el imperialismo americano y representaba una limpieza terapéutica del legado nazi de sus padres, que caracterizaban de sexualidad reprimida disfrazada de arrogancia nacionalista.

La idea de que una persona de 20 años en Europa Occidental podía exorcizar la culpa de sus padres despojándose (y despojando a su pareja) de ropas e inhibiciones -deshaciéndose metafóricamente de los símbolos de la tolerancia represiva- me pareció, desde mi perspectiva de izquierdista empírico inglés, algo sospechosa. Qué suerte que el antinazismo exigiera -hasta el punto de definirse en función de ellos- orgasmos en serie. Claro que, pensándolo bien, ¿quién era yo para quejarme? Un estudiante de Cambridge cuyo universo político estaba limitado por policías respetuosos y la limpia conciencia de un país victorioso que no había sido ocupado no era quizá el más apropiado para juzgar las estrategias purgativas de otros.

Tal vez no me habría sentido tan superior si hubiera estado más al tanto de lo que estaba sucediendo a unos cuantos kilómetros al este. ¿Cómo de hermético debía de ser el mundo de la guerra fría en Europa Occidental para que yo -estudiante aventajado de historia (!), judío originario de Europa del Este, que hablaba varios idiomas y había viajado mucho por mi mitad del continente- ignorase por completo los cataclísmicos acontecimientos que estaban produciéndose en Polonia y Checoslovaquia en esa misma época? ¿Me atraía la revolución? Entonces, ¿por qué no fui a Praga, sin la menor duda el lugar más apasionante de Europa en aquel momento? ¿O a Varsovia, donde mis coetáneos corrían peligro de expulsión, exilio y cárcel por sus ideas y sus ideales?

¿Qué dice de las falsas ilusiones del Mayo del 68 el hecho de que no pueda recordar ni una sola alusión a la Primavera de Praga, ni mucho menos al levantamiento estudiantil de Polonia, en nuestros serios debates radicales? Si hubiéramos sido menos provincianos (cuarenta años después, resulta difícil transmitir el grado de intensidad con el que podíamos llegar a discutir la injusticia de los horarios de cierre de la universidad), habríamos podido dejar una huella más duradera. En cambio, sólo sabíamos hablar hasta altas horas de la noche de la Revolución Cultural china, las revueltas en México e incluso las sentadas en la Universidad de Columbia. Salvo por algún que otro alemán despreciativo, satisfecho de considerar al checo Dubcek como otro renegado reformista, nadie hablaba de Europa del Este.

En retrospectiva, no puedo evitar pensar que perdimos una oportunidad. ¿Marxistas? Entonces, ¿por qué no estábamos en Varsovia debatiendo los últimos fragmentos del revisionismo comunista con el gran Leszek Kolakowski y sus alumnos? ¿Rebeldes? ¿Por qué causa? ¿A qué precio? Incluso los escasos conocidos míos que tenían la mala suerte de pasar una noche en la comisaría solían estar de vuelta en casa para la hora de la comida. ¿Qué sabíamos nosotros sobre el valor que hacía falta para soportar semanas de interrogatorios en las prisiones de Varsovia, seguidas de condenas de cárcel de uno, dos o tres años para estudiantes que se habían atrevido a pedir las cosas que nosotros dábamos por descontadas?

A pesar de nuestras ostentosas teorías sobre la historia, no fuimos capaces de reconocer uno de sus hitos fundamentales. Fue en Praga y Varsovia, en aquellos meses de verano de 1968, donde el marxismo acabó consigo mismo. Fueron los rebeldes estudiantiles de Europa Central quienes después debilitaron, desacreditaron y derrocaron no sólo un par de regímenes comunistas ruinosos, sino la propia idea del comunismo. Si nos hubiera preocupado un poco más el destino de las ideas que manejábamos con tan poca sinceridad, tal vez habríamos prestado más atención a las acciones y las opiniones de quienes se habían educado bajo su sombra.

Nadie debe sentirse culpable por haber nacido en el lugar apropiado y el momento oportuno. En Occidente fuimos una generación afortunada. No cambiamos el mundo; más bien, el mundo se avino a cambiar para nosotros. Todo parecía posible: a diferencia de los jóvenes de hoy, nunca tuvimos la menor duda de que íbamos a tener un trabajo interesante y, por tanto, no sentíamos la necesidad de desperdiciar nuestro tiempo en nada tan degradante como la "escuela de negocios". Casi todos acabamos trabajando en la educación o en la administración pública. Dedicamos nuestras energías a hablar de lo que no funcionaba en el mundo y cómo cambiarlo. Protestamos contra las cosas que no nos gustaban, e hicimos bien. Desde nuestro punto de vista, al menos, fuimos una generación revolucionaria... Qué lástima que nos perdimos la revolución.

Israel sin clichés | Tony Judt

Nº 1. Israel está siendo/debería ser deslegitimado. Israel es un Estado como cualquier otro, establecido hace tiempo e internacionalmente reconocido. El mal comportamiento de sus Gobiernos no lo "deslegitima", no más que el mal comportamiento de sus gobernantes a Corea del Norte, Sudán -o Estados Unidos-. Cuando Israel quebranta la ley internacional, debiera ser presionado; precisamente porque es un Estado sometido a la ley internacional podemos exigírselo.

Algunos críticos de Israel están motivados por el deseo de que no existiera -de que, de algún modo, sencillamente desapareciera-. Pero esa es la política del avestruz: los nacionalistas flamencos sienten lo mismo respecto de Bélgica, o los separatistas vascos respecto de España. Israel no va a desaparecer, ni debiera hacerlo. En cuanto a la campaña oficial israelí que trata de desacreditar cualquier crítica como un ejercicio de "deslegitimación", resulta singularmente contraproducente. Cada vez que Jerusalén reacciona de esa manera se acentúa su aislamiento.

Nº 2. Israel es/no es una democracia. Quizá la defensa más común de Israel fuera del país es que es "la única democracia de Oriente Próximo". Esto es en gran parte verdad: el país tiene leyes fundamentales, una judicatura independiente y elecciones libres, aunque también discrimina a los no judíos de un modo que le distingue de otras democracias actuales. Expresar una fuerte discrepancia de la política oficial es allí, cada vez más, algo desaconsejado. Pero este aspecto es irrelevante. "Democracia" no es garantía de buen comportamiento: la mayoría de los países son hoy formalmente democráticos. Israel desmiente el cómodo cliché americano de que "las democracias no hacen la guerra". Es una democracia dominada y a menudo gobernada por antiguos soldados profesionales: solo esto la distingue de otros países avanzados. Y no debemos olvidar que Gaza es otra "democracia" en Oriente Próximo: fue debido a que Hamás ganó allí unas elecciones libres en 2005 por lo que tanto la Autoridad Palestina como Israel reaccionaron con tanta vehemencia.

Nº 3. Israel es/no es el culpable. Israel no es el responsable de que durante bastante tiempo muchos de sus vecinos le denegaran su derecho a existir. La sensación de asedio no debe subestimarse a la hora de interpretar el carácter delirante de muchas de las declaraciones israelíes.

No resulta sorprendente, por tanto, que el Estado haya adquirido algunos hábitos patológicos. El más perjudicial es su habitual recurso a la fuerza. Dado que eso ha funcionado durante tanto tiempo, a Israel le resulta difícil considerar otras formas de respuesta. Y el fracaso de las negociaciones de Camp David en 2000 reforzó su creencia en que "no hay nadie con quien hablar".

Pero sí lo hay. Como reconocen en privado algunas autoridades norteamericanas, tarde o temprano Israel (o alguien) tendrá que hablar con Hamás. Desde la Argelia francesa hasta el IRA Provisional, pasando por Sudáfrica, la historia se repite: el poder dominante les niega legitimidad a los "terroristas", lo cual fortalece a estos; luego negocia en secreto con ellos; finalmente les concede poder, independencia o un asiento en la mesa. Israel negociará con Hamás: la pregunta es por qué no ahora.

Nº 4. Los palestinos son/no son los culpables. Abba Eban, antiguo ministro de Asuntos Exteriores israelí, mantenía que los árabes nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. No estaba del todo equivocado. La postura negacionista de los palestinos desde 1948 hasta los primeros ochenta hizo muy poco en su favor. Y Hamás, asentado en esa tradición, aunque de modo más auténticamente popular que sus predecesores, tendrá que reconocer el derecho de Israel a existir.

Pero desde 1967 ha sido Israel quien ha perdido más oportunidades: una ocupación de 40 años (contra el consejo de sus propios y más veteranos estadistas); tres catastróficas invasiones del Líbano; una invasión y bloqueo de Gaza en contra de la opinión mundial; y ahora un ataque chapucero a civiles en aguas internacionales. A los palestinos les resultaría difícil igualar semejante cúmulo de errores garrafales.

El terrorismo es el arma de los débiles -el bombardeo de objetivos civiles no fue un invento de los árabes (ni de los judíos, que comenzaron a practicarlo antes de 1948)-. Moralmente indefendible, ha caracterizado a los movimientos de resistencia durante al menos un siglo. Israel tiene razón en insistir que cualesquiera conversaciones o acuerdos dependerán de que Hamás se comprometa a renunciar a él.

Pero los palestinos se enfrentan al mismo interrogante que cualquier otro pueblo oprimido: todo lo que tienen para oponerse a un Estado establecido que ejerce el monopolio del poder es el rechazo y la protesta. Si conceden de antemano cada exigencia israelí (renuncia a la violencia, aceptación de Israel, reconocimiento de todas sus pérdidas), ¿qué van a llevar a la mesa de negociación? Israel tiene la iniciativa, por lo que debiera hacer uso de ella.

Nº 5. El lobby pro-Israel es/no es el culpable. Hay un lobby a favor de Israel en Washington y hace muy bien su trabajo. Quienes afirman que el lobby israelí es injustamente descrito como "demasiado influyente" (una excesiva influencia judía entre bastidores) tienen razón: el lobby petrolero y el lobby bancario han hecho todos ellos mucho más daño a la salud del país. Pero el lobby israelí es influyente de un modo desproporcionado. Si no, ¿por qué una aplastante mayoría de congresistas se pliega ante toda moción a favor de Israel? Una cosa es denunciar la excesiva presión de un lobby y otra bien distinta es acusar a los judíos de "dirigir el país". No debemos autocensurarnos por miedo a que la gente equipare ambas cosas. En palabras de Arthur Koestler: "Este miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política; es una expresión de la falta de confianza en uno mismo".

Nº 6. La crítica a Israel está/no está relacionada con el antisemitismo. El antisemitismo es el odio a los judíos, e Israel es un Estado judío, por lo que, naturalmente, algunas críticas que se le hacen tienen una motivación malévola. Ha habido ocasiones en el pasado reciente (particularmente en la Unión Soviética y sus satélites) en las que "antisionismo" ha sido un oportuno sucedáneo para el antisemitismo oficial. Como es lógico, muchos judíos e israelíes no lo han olvidado.

Pero las críticas a Israel, procedentes cada vez más de judíos no israelíes, no están motivadas por el antisemitismo. Y lo mismo sucede con el antisionismo contemporáneo: el propio sionismo ha hecho un largo viaje desde la ideología de sus padres fundadores: hoy pone el acento en reclamaciones territoriales, exclusividad religiosa y extremismo político. Uno puede reconocer el derecho de Israel a existir y, sin embargo, ser un antisionista (o "postsionista"). De hecho, dado el énfasis del sionismo en la necesidad de los judíos de establecer un "Estado normal" propio, la actual insistencia en el derecho de Israel a actuar siguiendo vías "anómalas" porque se trata de un Estado judío sugiere que el sionismo ha fracasado.

Deberíamos tener cuidado con la excesiva invocación del "antisemitismo". Entre la generación más joven de EE UU, por no decir de todo el mundo, crece el escepticismo. Si la crítica al bloqueo israelí de Gaza es potencialmente antisemita, ¿por qué habrían de tomarse en serio otros ejemplos de ese prejuicio? ¿No se habrá convertido el Holocausto solo en otra excusa para el mal comportamiento israelí? Los riesgos que corren los judíos al fomentar esa equiparación no debieran desestimarse.

Junto con los países regidos por los jeques del petróleo, Israel es hoy el mayor lastre estratégico de EE UU en Oriente Próximo. Gracias a Israel estamos en serio peligro de perdernormal y de cortarle el cordón umbilical. a Turquía, una democracia musulmana, ofendida por el trato que recibe de la UE y con un papel crucial en esas regiones. Sin Turquía, EE UU difícilmente alcanzará sus objetivos regionales, ya sea en Irán, Afganistán o en el mundo árabe. Ha llegado el momento de abrirse paso a través de los clichés que rodean a Israel, de tratarle como a un Estado normal y de cortarle el cordón umbilical.

7 ago 2010

El Bicentenario en Chile: una fiesta sin sentido | Nicolás Ocaranza


Tanto por desidia de los intelectuales como también por un cierto conformismo gubernamental, el Bicentenario se ha convertido en una fiesta oficial sin sentido, una fiesta en la cual a través de concursos y encuestas se ha decidido quienes son los personajes más importantes de la historia de Chile y cuales son las  características culturales más representativas de una supuesta identidad chilena.

Series de televisión como "Héroes" (Canal 13) o "Algo habrán hecho" (TVN) tampoco escapan al sin sentido del fervor bicentenario, toda vez que estos programas ofrecen una mirada convencional y una lectura bastante simplificada de los procesos políticos, sociales y culturales que dan sentido a la historia de Chile. Con guiones que rinden culto al rating y que subestiman al público bajo la excusa de la "cultura entrenida", otros proyectos de mejor factura como "Pueblos Originarios" (SurImagen-TVN) -sensible a la estética del paisaje y con una aproximación intimista a las cosmovisiones y tradiciones de nuestros pueblos indígenas-, han sido dejados fuera del horario prime. 

A excepción de la serie "Epopeya" (TVN) y la ya mencionada "Pueblos Originarios" (TVN), la distancia entre la oferta cultural local y algunos proyectos audiovisuales de divulgación histórica realizados en el extranjero es enorme. Series como "John Adams" (HBO) -basada en la biografía homónima de David McCullough-, "The Power of Art" (BBC) y "A History of Britain" -escritas y conducidas con inteligencia y sensibilidad por el historiador Simon Schama-, sin abandonar la aspiración a llegar al público general ofrecen, a través de guiones bien trabajados y de una bella propuesta audiovisual, una reflexión histórica compleja que no confunde divulgación con acumulación de datos, ni entretención con simplificación.

Más allá de esas precarias propuestas, el Bicentenario podría haber sido una inmejorable oportunidad para realizar un balance o una reflexión sobre la validez de algunos valores políticos que han sido fundamentales en la historia política chilena desde la Independencia a nuestros días –tal como lo hiciera en el pasado el poeta Vicente Huidobro en su agudo Balance Patriótico-. 

Uno de los temas que requería una mediana atención es el progresivo deterioro de nuestros valores políticos republicanos y la desaparición de una elite política éticamente comprometida con ese proyecto. Cuando aludo a los valores republicanos me refiero a ciertos principios que movieron a la elite liberal chilena de inicios del siglo XIX a luchar por la Independencia para construir una república en la cual la educación pública fuera un derecho y no un privilegio y en la que la investidura de los cargos de representación tuviera una dignidad moral incomparablemente superior a los beneficios económicos que un político podía obtener por detentar un cargo público. 

El escenario actual difiere absolutamente de ese proyecto republicano, más aún si vemos que la clase política comienza a ser percibida con desconfianza por la ciudadanía, que la corrupción es solo una de las consecuencias de la degradación del poder legislativo y que ciertos enclaves autoritarios heredados de la dictadura militar permanecen intactos gracias a un establishment que se ha conformado con realizar cambios dentro de lo posible. 

Resulta evidente, entonces, que el conformismo político y cultural es el gran problema de nuestro Bicentenario, pero tal como ocurrió con los críticos del Centenario aparecerán tarde o temprano nuevas revisiones críticas de los cambios –voluntarios y forzados- de nuestra vida política y cultural independiente.
Nicolás Ocaranza

10 ago 2008

Las elites chilenas, de ayer a hoy | Alfredo Jocelyn-Holt


Lo que hay que explicar

El dato duro e insoslayable es que en Chile, a diferencia de otros países hispanoamericanos, un solo grupo social alto presidió y estructuró la sociedad por 300 años, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Y eso que nada dura tanto tiempo en este país.

Algunos gustan llamar a este núcleo dirigente, aristocracia, oligarquía, clase alta, o derecha política y económica. Términos que más que explicar, simplifican un fenómeno histórico más complejo. Los apellidos y fortunas tradicionalmente más encumbrados, desde luego, varían en estos tres siglos. La llegada de los vascos en el siglo XVIII, y las nuevas fortunas mineras y comerciales en el XIX, demuestran que la vieja elite no se redujo nunca a un grupo cerrado que impidiera su renovación. La novela Martín Rivas (1860) trata precisamente esto: cómo el grupo dirigente se nutre periódicamente de nuevos entronques. Tendencia que siguió dándose a lo largo del siglo XX con otros contingentes de inmigrantes y con eximios profesionales de clase media que nunca dejaron de ser admitidos, conforme a viejas estrategias de cooptación, preferentemente por vía matrimonial.

Así como nuestra elite tradicional supuso más movilidad social de lo que normalmente se cree, tampoco corresponde tacharla de reaccionaria. A veces puede que haya sido más conservadora, auspiciara gobiernos fuertes y un Estado autoritario. Las más de las veces, sin embargo, empapada de un liberalismo cívico e ilustrado, profundo y convencido, prefirió un poder más bien compartido, partitocrático y parlamentarista, crítico de un presidencialismo todopoderoso.

El punto crucial, por tanto, es que a lo largo de nuestro envidiable trayecto político presidido por este núcleo dirigente, lo esencial jamás varió o se le traicionó. No se dejó nunca de apostar, por ejemplo, a favor del republicanismo, de instituciones públicas laicas y meritocráticas de educación, y desde que fuera posible, de que nos industrializáramos. Todo ello, además, ciñéndonos a una estricta continuidad institucional con, a lo sumo, escasísimos quiebres que, luego que ocurren (1829, 1891, 1924), no tardan mucho en repararse exitosamente.

Un récord formidable que habría que atribuírselo a alguien, a sujetos de carne y hueso. Dudosamente a "Chile" o a la "Patria", como un todo indiferenciado, vaporosamente alquímico, como nos gusta declamar en nuestras ceremonias y arranques más nacionalistas. Y aun menos si, durante estos 300 años, no dejamos nunca de ser una sociedad señorial en que se controló férreamente la participación política, incluso durante gran parte del siglo XX repartiendo y cuoteando el voto electoral entre los grupos organizados en partidos.

Tampoco, un logro atribuible a viejas corporaciones, como a la Iglesia o a los militares, a los que se ha tenido que poner a raya una y otra vez. Sea que hemos ido secularizando nuestra educación y cultura, o, en lo referente a los militares, después de un rato, teniendo que mandarlos de vuelta a los cuarteles y profesionalizarlos. Por último, no podemos adjudicar nuestros avances político-históricos tradicionales a la clase media o al mundo popular. Obviamente, han carecido del peso suficiente para ello, salvo en la segunda mitad del siglo XX, período que, por lo demás, no se destaca precisamente por lo estable.

Por qué una sola elite

Dicho todo lo anterior, ¿por qué si hay tanta movilidad ascendente a "lo Martín Rivas" en círculos dirigentes, cabe insistir en que se trataría de un solo núcleo social?

Precisamente por lo ya dicho, porque no se trata de una aristocracia, de un mismo grupo ensimismado con sus pergaminos y genealogías, heredando y traspasando su poder. De haberse limitado a ello el desgaste habría llegado muy rápido y seguramente se les habría sacado de escena a fuerza de corvos y guadañas, a falta de guillotina. Todo lo nuevo y moderno que se fue introduciendo, conspiraba, además, en contra del Antiguo Régimen, versión criolla. El republicanismo promovía la igualdad y soberanía popular, ideales originalmente jacobinos. Lo mismo podría señalarse respecto a los otros fenómenos modernos -en potencia revolucionarios- como la urbanización, la industrialización y la apertura comercial hacia fuera. Ninguno de los cuales, sin embargo, la elite tradicional objetó; por el contrario, los hizo suyo y lideró a la par que desechaba apoyos típicamente "latinoamericanos" y reaccionarios como los caudillismos militares y la Iglesia.

A la elite dirigente tradicional hay que entenderla, pues, como un paradigma de conducta sociopolítica sofisticada y curtida, más que un contingente hermético de unas cuantas familias con prosapia y latifundios. Lo anterior, insospechable inicialmente. A mediados del siglo XVII, se reducía a unos cuantos patrones de fundo bastante elementales, tan primitivos y rudos como las circunstancias límite que los llevaron a arrancharse en medio de un peladero espectacular y salvaje pero improductivo, carente de mano de obra (indios no había), como lo era entonces el Valle Central. Pero un grupo que, por la misma pobreza y chatura extrema de estas haciendas, no dejó nunca de tender sus tentáculos hacia la ciudad, se involucró en comercio exterior (exportando cebo y trigo), y participó en las distintas esferas institucionales que la Corona fue creando. Es más, a sabiendas de que eran "criollos"-unos europeos trasplantados, nacidos en América-, no queriendo romper con su origen trasatlántico, civilizándose.

Esta es la historia que me he propuesto narrar y analizar en el recién aparecido tomo III de una Historia General en seis volúmenes. Primer atisbo de una estrategia que seguirá su curso durante los siguientes tres siglos, en que no deja de operar justamente el mismo esquema. Dominio indiscutido en el agro, lo que les permitirá transformarse de "amos" fácticos en "dueños y señores" legítimos, rara vez ejerciendo violencia y menos con arbitrariedad. Por el contrario, concretando sólidos lazos de lealtad con sus empleados mestizos (inquilinos), lo suficiente como para que en 300 años no se produjera ninguna rebelión campesina. Dicho de otro modo, "El Señor de la Querencia" es un mito falaz, fácil de refutar.

Tan así que estos "amos y señores", luego de que constituyen la sociedad embrionaria rural, se hacen del poder total que accidentalmente cae en sus manos tras el colapso imperial en 1810. Devienen en sujetos políticos "patricios", arman la República a punta de constituciones, parlamentos, partidos, liceos y universidad, en suma, comprometiéndose con la cosa pública. No vaya a creerse que épicamente (salvo durante la guerra de Independencia), sino, más bien, de manera prosaica, fría, calculada, transaccional y políticamente inteligente. Sirviéndose de la docilidad del grueso de la población rural que luego convierten en votos hasta que la Reforma Agraria se los "expropia". Aceptando todo lo que los nuevos tiempos les podían ofrecer. Si encuentran plata en Chañarcillo, en ése y otros negocios similares se meten. Si hay que hacerles la guerra a Perú y Bolivia ni titubean, se vuelven imperialistas y se hacen de territorios y riquezas que desesperadamente necesitábamos.

Y así sucesivamente hasta no hace mucho. Siempre sumando a su favor, cooptando, incluso lo que podía serles una amenaza fatal. Siempre con un pie en el mundo rural tradicional, autoritariamente quieto ("El Peso de la Noche"). Lo cual les reportaba seguridad plena para, en cambio, en la ciudad, explayar su "otro lado" liberal, cosmopolita y pluralista. En efecto: un poco esquizofrénicos, pero no hipócritas. Se la creían de verdad. Su propia sobrevivencia les aconsejaba y exigía esta flexibilidad.
De ahí que promovieran la ampliación del sufragio (¡los conservadores!), auspiciaran las primeras leyes sociales, integraran a miembros del Partido Radical en sus gobiernos, y aceptaran incluso a comunistas en el Congreso. Al igual que en 1810, en 1939 corearán: ¡Corfo queremos! (Papelera incluida). Si había que volverse un poco reformistas y salvarse del allendismo: está bien que fuese Frei el 64, qué le vamos a hacer. Ya antes habían cooptado a Arturo Alessandri, a González Videla, y más o menos a Ibáñez (metiéndole el gol monetarista de la Klein Sacks). Si hasta incluso los liberales (liderados por Goyo Amunátegui) lo volvieron a pensar en 1964 respecto a Allende. Pero, ya el esquema archirepetido, dejó de funcionarles. La guerra fría, el sectarismo resentido anti-elitista demócratacristiano, y la escalada ideológica revolucionaria, terminaron con el grupo señorial y su lógica pragmática, siempre abierta a negociar. Desaparecieron los viejos partidos de derecha; los nacionalistas se impusieron y el núcleo tradicional, cosa extraña históricamente, se desesperó y se sumó sin reservas a una dictadura militar como pocas.

Las nuevas elites y el establishment

Desde aquel entonces ya no cabe hablar de "la" y "única" elite tradicional. Requiescat in pace. No porque algunos apellidos vinosos todavía suenen, ello significa que las viejas "lógicas" siguen vigentes en la actualidad. Si en el pasado los abuelos sabían que, dejando varios fundos, le garantizaban a su descendencia un buen pasar y poder político (votos) por varias generaciones, eso ya no corre. Mucho más eficaz, a la larga, es saber llenar el currículum vítae de rigor: colegios "top", Ingeniería Comercial, MBA… El "Fra Fra" Errázuriz lo explicó muy bien años atrás: él no heredó nada, fue juntando "pollito tras pollito" hasta que se hizo de un "capital", en su momento considerable, luego ni tanto. Lo que es Sebastián Piñera Echenique, cada vez que se refiere a su historia familiar, ni pestañea cuando la califica de "clase media". 
Los grandes trastornos, tanto políticos como económicos que siguen a los años 1960 y 70, revolucionan enteramente el mapa elitario chileno. Surgen nuevos liderazgos que llenan el vacío dejado por la desaparición de la elite tradicional. Durante la dictadura se advierten tres nuevos ejes de poder: los militares, la Iglesia y el mercado. De estos tres, el más inédito es el último; de ahí surgen no sólo nuevas fortunas sino también un empresariado técnico gerencial a escala no comparable a lo que existía antes. Con todo, la Iglesia y los militares van a ser novedosos en la medida que, tampoco antes, ejercieron tamaña influencia; entre 1973 y 1988 fueron casi los únicos sujetos políticos en este país.

Es más, se ha afirmado, muchas veces, que este nuevo liderazgo militar-empresarial-eclesiástico opera fácticamente; es decir, su actuar no es público, ni objeto de fiscalización. Tampoco es político en sentido estrictamente convencional. Actúa no por persuasión. Sus miembros, en tanto representantes de grupos de interés o fuerza, ejercen su gravitación de modo más corporativo que personal. En cambio, la elite tradicional fue siempre más personalista; su afán por querer ser más "aristocrática" exigía que sus miembros se individualizaran con nombre y apellido.

Pero, el período de la dictadura es clave no sólo porque posibilita esta renovación neocorporativa de las elites. Recordemos cómo el régimen militar, a fin de suplir la ausencia de un ámbito político-público institucionalizado, fue tolerando un espacio creciente de "figuración" mediática. Estoy pensando en las revistas de papel cuché que uno lee en las peluquerías y en que se retrataba al "jet set" (el antepasado prehistórico de nuestra actual Farándula) entremezclado con entrevistas a gobiernistas y, en casi siempre igual cuota, a los entonces opositores. Esquema que, en su momento, fue celebrado como "aperturista" y que nos introdujo a buena parte de las nuevas "caras" que, con posterioridad, más que protagonizar, han estado "escenificando" la Transición.

Hay que concederles, que en este último plano, los opositores a la dictadura fueron mucho más diestros; por eso quizá vienen gobernando desde hace casi ya dos décadas. Tras bambalinas, en ONGs (ahora los llaman think tanks); luego, a través de agencias de publicidad y eventualmente en empresas de "estrategia comunicacional", al punto que se fueron constituyendo en un nuevo eje elitista. Conste que, también, expertos en ejercer poder de manera "fáctica", poco transparente; ¿qué, o si no, es lo que hacen los "lobbistas" o los que trabajan en "segundos pisos"?

Ahora bien, el conjunto total de estas distintas y nuevas elites, podría denominarse, a falta de otro mejor nombre, "establishment". El término fue usado por primera vez por la revista inglesa The Spectator en la década de 1950. Aludía a un fenómeno más vago, amplio y cambiante que una clase social alta. Se accedería a él de distintas formas. Por nacimiento, educación, influencia política, riqueza, como también padrones de consumo y el frecuentar los espacios de sociabilidad cada vez más disponibles. Lo crucial es que ya no importaría tanto el estatus heredado del individuo en cuestión como el que, entre los demás entendidos, se le reconociera como uno más entre tales, igual de confiable y cómodo con este mismo orden social establecido y sus reglas. En suma, una suerte de club ampliado, abierto, en constante renovación de su membresía.

Esto último, un aspecto clave. Por eso sus diversas manifestaciones plutocráticas y de consumo conspicuas, todas las cuales dan cuenta de una movilidad social, nunca ante vista, en las más altas esferas. Nuevos ricos, ricos de nuevo, nuevas alianzas estratégicas, nuevos malls, nuevos barrios in, nuevas parroquias, nuevos developments, nuevos colegios, nuevos clubes de golf, nuevos balnearios, nuevos resorts, nuevos modelos de autos de lujo, nuevos cementerios… En definitiva, todo ¡muy, pero muy nuevo! En el mejor de los casos, globalizados si es que no transnacionalizados. Ser verdaderamente rico en Chile supone, de un tiempo a esta parte, aparecer en los listados de la revista Forbes aún cuando no se haya sido rico más allá de dos generaciones para atrás.

Evidentemente, un mundo enteramente distinto, con criterios de definición y sentido político totalmente ajenos a la antigua elite. Mundo demasiado novedoso, quizá, como para augurarle quién sabe cuánto tiempo más de duración. Tema que, en todo caso, abordaré en el sexto y último volumen de mi Historia General, es decir, todavía muy en el horizonte aunque, a la vez, muy actual y presente. En fin, tema que hay seguir mirando y pensando.

Alfredo Jocelyn-Holt