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10 abr 2013

El euro sobrevive, pero ¿qué ha sido de los europeos? | Timothy Garton Ash


"Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer italianos", afirma un viejo dicho. Hoy, después de que hiciéramos el euro, su crisis está deshaciendo europeos. Muchas personas que se sentían llenas de entusiasmo por el proyecto europeo hace 10 años están hoy regresando a airados estereotipos nacionales.

“Hitler-Merkel”, decía una pancarta que llevaban jóvenes manifestantes chipriotas hace unos días. Junto a esas palabras figuraba una imagen de la bandera europea, con sus estrellas amarillas sobre fondo azul furiosamente tachadas con unos trazos rojos. Se oyen sin cesar grandes generalizaciones negativas sobre los europeos del “sur” y del “norte”, casi como si fueran dos especies distintas.

21 ene 2013

Gran Bretaña ante la nueva Europa | Timothy Garton Ash


Ahora que nos aproximamos al 40º aniversario de la entrada de Gran Bretaña en lo que entonces no era más que la Comunidad Económica Europea, en 1973, no existe más que una forma correcta de avanzar por las tortuosas intrigas nacionales de la llamada política europea del Reino Unido. Se trata de que los responsables de los tres principales partidos en el Parlamento de Westminster, conservadores, laboristas y demócratas liberales, se comprometan a celebrar un referéndum que no pregunte más que “dentro o fuera”, en cuanto se aclare cómo va a ser la nueva Unión Europea que está saliendo de la crisis de la eurozona y qué condiciones se le ofrecerán a Gran Bretaña dentro de ella. Dado que ahora parece probable que la eurozona se salve, pero muy despacio, paso a paso, al estilo de Merkel, y dado que la posición británica solo puede aclararse cuando se vean las consecuencias políticas de haber salvado la eurozona, ese momento llegará durante el mandato del próximo parlamento británico: entre 2015 y 2020, según los planes actuales.

7 jul 2012

Una década sin nombre: historia del siglo XXI | Pablo Riquelme Richeda


La “historia del presente” es un género híbrido que combina la erudición histórica con la agilidad periodística y consiste en escribir sobre algún acontecimiento internacional en calidad de espectador, ojalá “en el propio sitio, en el momento mismo, con el ordenador portátil encendido”. El historiador inglés Timothy Garton Ash comenzó a practicarlo en 1989 con Los frutos de la adversidad, reporteando el colapso de los regímenes comunistas europeos durante los años 80, y continuó el año 2000, con La historia del presente: ensayos, retratos y crónicas de la Europa de los 90, cubriendo la unificación continental posterior a la caída del Muro de Berlín.

18 may 2012

No nos salvarán con viejos métodos | Timothy Garton Ash


Hace unos días hablé ante un público formado sobre todo por jóvenes europeos en una pequeña, antigua y deliciosa ciudad holandesa que está empezando a sentir cierta inquietud por el sitio que ocupará en los libros de historia. Se trata de Maastricht.
Al repasar la historia de cómo se negoció el Tratado de Maastricht que desembocó en la eurozona actual, me encuentro con una lección fundamental. El marco de las políticas económicas europeas ha cambiado por completo en los últimos 20 años, pero la manera de decidir esas políticas, no.

8 may 2012

Tony Judt (1948–2010) | Timothy Garton Ash


El poeta Paul Celan dijo acerca de su nativa Chernivtsi que era un lugar donde las personas y los libros solían vivir. Tony Judt fue un hombre para quien los libros vivían, igual que las personas. Su mente, como su departamento en Washington Square, estaba repleta de libros: éstos caminaron con él, discutiendo, hasta el momento final.


Crítico como era de los intelectuales franceses, compartía con ellos la convicción de que las ideas importaban. Siendo inglés, pensaba que los hechos también importaban. Como historiador, uno de sus logros más importantes fue la unificación de la historia intelectual y política del siglo veinte europeo, revelando las múltiples -y a veces no buscadas- interacciones en el tiempo entre ideas y realidades, pensamientos, gestos, libros y personas.

Un thriller político chino que puede desembocar en reformas | Timothy Garton Ash


¿Qué está sucediendo en China? Esta es probablemente la pregunta política más interesante que se puede hacer hoy en el mundo, y la más difícil de responder. El caso de Bo Xilai, por lo que han reconocido oficialmente o por datos a los que otros testimonios dotan de bastante verosimilitud, es digno de un thriller político de los que el público devora. Sin embargo, sus causas profundas están relacionadas con el extraño sistema sin precedentes de capitalismo leninista surgido en China durante los últimos 30 años. Los cambios posibles que puede generar en ese sistema —o quizá, algún día, del sistema entero— influirán más en el mundo del siglo XXI que todo lo que pasa hoy en Washington, Moscú, Nueva Delhi o Bruselas. Tras los muros del complejo en el que se encierra la dirección del Partido Comunista, junto a la antigua ciudad prohibida, el espectro de Hegel se ha mezclado, por alguna razón, con Robert Ludlum.

29 mar 2012

No es el sueño del Tahrir | Timothy Garton Ash

Un año después, Egipto está dividido entre un aparato de seguridad aún muy atrincherado, unos islamistas en pleno ascenso político y unos revolucionarios que luchan para superar los problemas


"Muy bien, hablemos del pan", dice el parlamentario local Gamal al Ashri a los electores que llenan la sala. Es ya de noche. Delante del dilapidado edificio de viviendas en el que se celebra la reunión, una mujer rebusca en un enorme montón de basura maloliente, al borde de una calle llena de polvo y de baches. Agarra algo y se apresura a meterlo en una bolsa de plástico. Carros llevados por caballos, viejas furgonetas Volkswagen de color blanco y pequeñas motocicletas negras de tres ruedas (llamadas tuk tuk) compiten con los peatones en el caos atronador que constituye una calle egipcia. Estamos en un barrio pobre de Giza, a pocos kilómetros de las pirámides, pero fuera de cualquier itinerario turístico.

17 feb 2012

El conocimiento en la Red, en peligro | Timothy Garton Ash

El lunes 23 de enero, el Senado francés votará un proyecto de ley que pretende penalizar la negación del genocidio armenio de 1915, además de otros sucesos caracterizados como genocidio en las leyes francesas. La ley ya ha superado la Asamblea Nacional, la Cámara baja del Parlamento francés. El Senado debería rechazarla, en nombre de la libertad de expresión, la libertad de investigación histórica y el artículo 11 de la pionera declaración francesa de los derechos del hombre y el ciudadano proclamada en 1789 (“la libre comunicación de ideas y opiniones es uno de los derechos más preciados...”).

La cuestión aquí no es si las atrocidades cometidas contra los armenios en los últimos años del Imperio Otomano fueron terribles, ni si deben ser reconocidas en la memoria turca y europea. Lo fueron y deben serlo. La cuestión es: ¿debe ser un delito, en virtud de la ley francesa o de otros países, poner en duda que aquellos terribles acontecimientos constituyan genocidio, un término utilizado en el derecho internacional? En el pasado, sin quitar importancia al sufrimiento de los armenios, el famoso especialista en el Imperio Otomano Bernard Lewis ha refutado precisamente ese punto. ¿Y está preparado y autorizado el Parlamento francés para erigirse en tribunal de la historia mundial y dictar veredictos sobre el comportamiento pasado de otros países? La respuesta es: no y no.

Una Alemania europea en una Europa alemana | Timothy Garton Ash

En 1953, el novelista Thomas Mann exhortó a un público de estudiantes en Hamburgo a luchar "no por una Europa alemana sino por una Alemania europea". El apasionado llamamiento se repitió sin cesar en la época de la unificación. Hoy nos encontramos con una variante que pocos habían predicho: una Alemania europea en una Europa alemana.

La república berlinesa de Angela Merkel es una Alemania europea, en el rico sentido positivo en el que el gran novelista empleaba el término. Es libre, civilizada, democrática, se rige por las leyes y tiene conciencia social y ecológica. No es perfecta, ni mucho menos, pero es tan buena como cualquier otro gran país de Europa, y la mejor Alemania que ha existido jamás.

2 ene 2012

La revolución inteligente | Timothy Garton Ash

Con las manos aleteando como dos hélices dobles, Václav Havel se mueve con sus andares apresurados y de pasos cortos por el vestíbulo con espejos del teatro Linterna Mágica, el cuartel general de la revolución de terciopelo. La figura ligeramente encorvada y fornida, vestida con unos vaqueros y una sudadera, se detiene un instante, empieza a hablarme de unas “negociaciones importantes” y, escasamente tres frases después, se lo llevan. Me lanza por encima del hombro una sonrisa pidiendo disculpas, como si dijese, “¿qué puedo hacer?”. Hablaba a menudo como si fuese un crítico irónico observando el teatro de la vida, pero allí, en el teatro Linterna Mágica, en 1989, se convirtió en el protagonista de una obra que cambió la historia.

11 sept 2011

El 11-S parecerá un desvío en la historia | Timothy Garton Ash

Entre las numerosas teorías de la conspiración que circulan a propósito del 11-S, una que aún no he visto es que Osama bin Laden era un agente chino. Sin embargo, camaradas (como solían decir los comunistas), se puede decir objetivamente que China ha sido el mayor beneficiario de los 10 años de reacción de Estados Unidos tras las puñaladas islamistas recibidas en su corazón.

En otras palabras: cuando se escriban artículos sobre el aniversario el 11 de septiembre de 2031, ¿hablarán los comentaristas de una guerra de 30 años contra el terrorismo islamista, comparable a la guerra fría, y la considerarán el rasgo fundamental de la política mundial desde 2001? Creo que no. Lo más probable es que digan que lo que define este periodo en su conjunto es el histórico traspaso de poder de Occidente a Oriente, con una China mucho más poderosa, un Estados Unidos menos poderoso, una India más fuerte y una Unión Europea más débil.

Como señala el historiador de Stanford Ian Morris en su interesantísimo libro Why the West rules-for now, este cambio geopolítico se producirá en el contexto de unos avances tecnológicos de una rapidez sin precedentes, por el lado positivo, y una cantidad de retos mundiales también sin precedentes, por el negativo.

Por supuesto, estas no son más que conjeturas basadas en el conocimiento de la Historia. Pero, si la situación avanza más o menos en ese sentido (o en cualquier otra dirección que no tenga que ver con el islam), la década posterior al 11-S en la política exterior estadounidense parecerá un desvío; un desvío muy amplio y lleno de consecuencias, sin duda, pero no la carretera principal. Es más, si la primavera árabe concreta sus promesas modernizadoras, los atentados terroristas en Nueva York, Madrid y Londres serán auténticos restos del pasado: un final y no un principio. Aunque la primavera árabe se convierta en un invierno islamista, y la vecina Europa se vea amenazada, eso no significa que la lucha contra el islamismo autoritario y violento vaya a ser el rasgo fundamental de las próximas décadas. El islamismo violento seguirá siendo un peligro importante, pero, en mi opinión, no el más decisivo; sobre todo para Estados Unidos.

Podemos examinar esta misma idea mediante una hipótesis. En el verano de 2001, la concepción geopolítica del mundo que tenía el Gobierno de George W. Bush, si es que la tenía, consistía sobre todo en la inquietud por la posición de China como nuevo rival estratégico de Estados Unidos. ¿Qué habría ocurrido si no se hubieran producido los atentados del 11-S y Estados Unidos hubiera seguido centrando su atención en esa rivalidad? ¿Y si hubiera sabido ver que la victoria de Occidente al final de la guerra fría y la consiguiente globalización del capitalismo habían desatado en Oriente unas fuerzas económicas que iban a convertirse en su mayor desafío a largo plazo? ¿Y si Washington hubiera llegado a la conclusión de que esa rivalidad exigía, en vez de más poderío militar, inversiones más abundantes e inteligentes en educación, innovación, energía y medio ambiente, además del pleno despliegue del poder blando de Estados Unidos? ¿Y si hubiera comprendido que, ante el renacimiento de Asia, era preciso reequilibrar la relación entre consumo, inversión y ahorro en Estados Unidos? ¿Y si su sistema político y sus dirigentes hubieran sido capaces de actuar basándose en esas conclusiones?

Aun así, China e India estarían en ascenso. Aun así, habría un traspaso de poder de Occidente a Oriente. Aun así, nos enfrentaríamos al calentamiento global, la escasez de agua, las pandemias y todos los demás jinetes del apocalipsis de la era moderna. Pero cuánto mejor preparado estaría Occidente, y en especial Estados Unidos.

Fin de la hipótesis. Se produjeron los atentados; Estados Unidos tenía que responder. Un Gobierno que, hasta entonces, había buscado algo que diera sentido a su mandato lo encontró con creces. Diez años después podemos decir que la amenaza de Al Qaeda ha disminuido enormemente; no ha desaparecido, porque eso nunca ocurre con el terrorismo, pero sí disminuido. Y esa es una victoria; pero a qué precio.

Estados Unidos libró dos guerras, una por necesidad, en Afganistán, y otra por elección, en Irak. La de Afganistán podría haber acabado antes, con menos costes y mejores resultados, si el Gobierno de Bush no se hubiera lanzado a invadir Irak. Estados Unidos ha dañado su propia reputación y ha debilitado su poder blando (la capacidad de atracción) con horrores como los de Abu Ghraib. Mientras tanto, y en parte como consecuencia de lo sucedido durante esta década, Pakistán, un país nuclearizado, es un peligro mayor que hace 10 años. En el mundo musulmán en general, incluidas las comunidades musulmanas de Europa, existen tendencias contradictorias. Podemos ver muestras de modernización y liberalización, tanto en la primavera árabe como entre los musulmanes europeos, pero también -es el caso de Pakistán y Yemen- de mayor radicalización islamista.

Un gran proyecto de investigación llevado a cabo por la Universidad de Brown sobre los costes de la guerra establece que, durante estos 10 años, "han ido a la guerra más de 2,2 millones de estadounidenses y han regresado más de un millón de veteranos". Calcula que el coste económico total que han tenido hasta ahora las guerras en Afganistán, Irak, Pakistán y otros escenarios de actuación antiterrorista asciende a una cantidad entre 3,2 billones y 4 billones de dólares. Según sus previsiones de actividad probable hasta 2020, esa suma podría ser de hasta 4,4 billones de dólares. Los expertos pueden no estar de acuerdo sobre las cifras, pero no hay duda de que son gigantescas. Redondeando, representan aproximadamente la cuarta parte de la enorme deuda nacional de Estados Unidos, que a su vez está empezando a acercarse al 100% del PIB.

Pero eso no incluye, en absoluto, lo que los economistas llaman los costes alternativos o de oportunidad. No se trata solo de todo lo que Estados Unidos habría podido invertir en recursos humanos, puestos de trabajo cualificados, infraestructuras e innovación con 4 billones de dólares, o incluso con la mitad de esa cantidad, si se supone -con generosidad- que había 2 billones que eran realmente necesarios para dedicar medios militares, de seguridad y de inteligencia a reducir la amenaza terrorista contra Estados Unidos.

Se trata, sobre todo, de los costes de oportunidad en atención, energía e imaginación. Para entender un país, conviene preguntarse quiénes son sus héroes. En esta década, Estados Unidos ha tenido dos tipos de héroes. Uno, el de los empresarios e innovadores. Steve Jobs, Bill Gates. Otro, el de los guerreros: el Marine, el SEAL de la Armada, el bombero, todos "nuestros hombres y mujeres de uniforme". El otro día, en CNN (no Fox News) oí a la presentadora hablar de "nuestros guerreros", como si fuera un apelativo neutral y propio del oficio. Y al oír alguna de las historias de valor individual de esos estadounidenses de uniforme, siempre me siento asombrado, inspirado y empequeñecido. Eso tiene que quedar claro en este aniversario. Pero no puedo evitar preguntarme a qué puestos de trabajo van a volver estos valientes. ¿A qué hogares, qué vidas, qué escuelas para sus hijos? Los sondeos de opinión indican que eso es lo que se preguntan también muchos estadounidenses. Sus prioridades están otra vez dentro de sus fronteras.

Lo que dijo el presidente Obama el jueves en su discurso extraordinario ante el Congreso sobre la creación de empleo es más importante para ellos que las palabras que pueda pronunciar, por elocuentes que sean, cuando hable en la catedral Nacional de Washington -con las huellas del reciente terremoto- el domingo, para conmemorar el aniversario del 11 de septiembre. Los guerreros merecen todos los honores, pero los héroes que Estados Unidos necesita hoy son los que sean capaces de crear puestos de trabajo.

26 ene 2011

La policía de la memoria | Timothy Garton Ash

Entre los embates que está recibiendo la libertad en Europa, uno de los menos evidentes es la legislación sobre la memoria. Más y más países tienen leyes que dicen que usted debe recordar y describir éste o aquel hecho histórico de cierta manera, en ocasiones so pena de ser enjuiciado si da la respuesta incorrecta. Lo incorrecto de la respuesta depende de dónde se encuentre usted. En Suiza, puede ser procesado por decir que las atrocidades padecidas por los armenios en los últimos años del Imperio otomano no constituyen un genocidio; en Turquía lo procesarían por decir que lo fueron. Lo que es una verdad prescrita por el Estado en los Alpes es una falsedad impuesta por el Estado en Anatolia. 

Hace poco un grupo de historiadores y escritores, entre quienes me incluyo, rechazó este peligroso disparate. En lo que ha sido llamado “Appel de Blois”, publicado en Le Monde el pasado 10 de octubre, sostenemos que en un país libre “no es asunto de ninguna autoridad política definir la verdad histórica o restringir la libertar del historiador a través de sanciones penales”. Y argüimos en contra de la acumulación de lo que se ha dado en llamar “leyes sobre la memoria”. Entre las primeras firmas hay historiadores como Eric Hobsbawm, Jacques Le Goff y Heinrich August Winkler.
 
No es una coincidencia que esta apelación se originara en Francia, que tiene la más intensa y tortuosa experiencia reciente en cuanto a las leyes y procesamientos relacionados con la memoria. Comenzó, sin controversia, en 1990, cuando negar el holocausto judío cometido por los nazis –junto a otros crímenes de lesa humanidad definidos por el tribunal de Núremberg en 1945– fue convertido en delito en Francia, así como lo es en varios países europeos. En 1995, el historiador Bernard Lewis fue condenado en una corte francesa por alegar que, con la evidencia disponible, lo que les pasó a los armenios no puede ser correctamente descrito como genocidio, de acuerdo con la definición de la ley internacional.
 
Una ley posterior, de 2001, dice que la República Francesa reconoce la esclavitud como un crimen de lesa humanidad, y que debe dársele, en consecuencia, el lugar que merece en la enseñanza y en la investigación. Un grupo que representa a algunos ciudadanos franceses en ultramar demandó al autor de un estudio sobre el comercio africano de esclavos, Olivier Pétré-Grenouilleau, por “negar un crimen de lesa humanidad”. Mientras tanto, desde un punto de vista muy diferente, era aprobada otra ley que ordenaba que en los currículos escolares se reconociera “el papel positivo” que tuvo la presencia francesa en ultramar, “especialmente en África del Norte”.
 
Por fortuna, en este punto una ola de indignación dio a luz al movimiento llamado Libertad por la Historia (lph-asso.fr), liderado por el historiador francés Pierre Nora, quien también está detrás de Appel de Blois.
 
El caso en contra de Pétré-Grenouilleau fue desestimado y se abolió la cláusula del “papel positivo”. Pero sigue siendo increíble que tal propuesta haya llegado al corpus legal de una de las más importantes democracias y uno de los mayores centros de estudios históricos del mundo.
 
Estas tonterías son aún más peligrosas cuando vienen disfrazadas de virtud. Un ejemplo perfecto es el intento reciente de imponerle límites a la interpretación de la historia en toda la Unión Europea con la excusa de “combatir el racismo y la xenofobia”. Una propuesta de “decisión estructural” del Consejo para la Justicia y los Asuntos Internos de la Unión Europea, iniciada por la ministra de justicia alemana Brigitte Zypries, sugiere que en todos los Estados miembros “excusar de manera pública, negar o trivializar burdamente los crímenes de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra” debe ser “punible con penas criminales de hasta, por lo menos, entre uno y tres años de prisión”.
 
¿Quién decidirá qué hechos históricos cuentan como genocidio, crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra, y qué constituye “trivializar burdamente”?
 
La ley humanitaria internacional indica algunos criterios, pero exactamente qué hechos califican es un asunto de disputa acalorada. La única manera de asegurar verdaderamente que haya uniformidad de tratamiento sería que todos los miembros de la Unión Europea se pusieran de acuerdo en una lista –llamémosla la lista Zypries– para clasificar los horrores. Puede usted imaginarse la negociación en Bruselas. (Oficiales polacos a su contraparte francesa: “está bien, nosotros les damos el genocidio armenio, si ustedes nos dan la hambruna en Ucrania”). Puro Gógol.
 
Ya que algunos países con fuerte tradición de libertad de expresión, incluyendo a Gran Bretaña, objetaron el borrador inicial de Zypries, la propuesta actual ha añadido que “Los Estados miembros pueden escoger castigar solo la conducta que se lleva a cabo de una manera que posiblemente perturbe el orden público o que sea amenazante, abusiva o insultante”. Así, en la práctica, los países continuarán haciendo las cosas a su manera.
 
A pesar de sus múltiples defectos, esta decisión marco fue aprobada por el Parlamento Europeo en noviembre de 2007, pero no ha sido llevada al Consejo de Justicia y Asuntos Internos para su aprobación definitiva. Le escribí al representante actual de la presidencia francesa en la Unión Europea para preguntar por qué, y solo recibí esta críptica pero estimulante respuesta: “La ley de ‘racismo y xenofobia’ no está aún lista para ser adoptada, ya que está suspendida por algunas reservas parlamentarias pendientes”. Merci, madame liberté: eso servirá hasta el final de este año. Luego, que la presidencia checa de la Unión Europea, que cubre la primera mitad del año siguiente, la tumbe para siempre, con una dosis del sentido común histórico del buen soldado Svejk.
 
Voy a ser claro. Creo que es muy importante que las naciones, los Estados, las personas y otros grupos (por no mencionar individuos) enfrenten, solemne y públicamente, las malas acciones cometidas por ellos o en su nombre. El líder de Alemania Occidental Willy Brandt, arrodillándose silenciosamente ante el monumento a las víctimas y héroes del Gueto de Varsovia, es, para mí, una de las imágenes más nobles de la historia europea de posguerra. Para que la gente enfrente estas cosas, en primer lugar debe conocerlas: estos asuntos deben ser enseñados en las escuelas, así como conmemorados públicamente. Pero antes de ser enseñados, deben ser investigados. La evidencia debe destaparse, estudiarse y tamizarse, y se deben evaluar las posibles interpretaciones.
 
El proceso de investigación y debate históricos requiere libertad total –sujeto solo a leyes estrictas sobre calumnia y difamación, diseñadas para proteger a las personas vivas pero no a los gobiernos, los Estados o el orgullo nacional (como en el famoso artículo 301 del Código Penal turco)–. El equivalente para el historiador de un experimento de un científico natural es cotejar la evidencia con todas las hipótesis posibles, sin importar cuán extremas sean, y luego someter la interpretación que le parezca más convincente a las críticas de sus colegas y al debate público. Así es como llegamos lo más cerca posible a la verdad sobre el pasado.
 
¿Cómo, por ejemplo, refutar la absurda teoría de conspiración que aparentemente todavía tiene alguna vigencia en el mundo árabe, que dice que “los judíos” estaban detrás de los ataques terroristas del 11 septiembre de 2001 en Nueva York? ¿Prohibiendo que se diga esto bajo pena de ir a prisión? No. Se refuta refutándola, esto es: reuniendo toda la evidencia disponible y sometiéndola a un debate libre y abierto. Ésta no es solo la mejor forma de llegar a los hechos; es también, finalmente, la mejor manera de combatir el racismo y la xenofobia. Así que únanse a nosotros, por favor, para despedir al Estado niñera y su policía de la memoria.