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29 oct 2011

El anónimo presente | Alfredo Jocelyn-Holt

Alphonse de Lamartine, en su extraordinaria Historia de los girondinos, lectura obligada en estos tiempos turbulentos, cifra su atención en una figura que normalmente pasa inadvertida para ojos avezados de periodistas, historiadores, incluso agentes de seguridad. Me refiero a ese personaje oscuro o simplemente gris en que nadie se fija y, de llegar a repararse en él, pasa igual de desapercibido, tan anónima e insignificante es su presencia.

No se le podrá anticipar, pero es capaz a veces de cambiar el mundo. Lo fascinante, en retrospectiva, es que el sujeto está ya ahí. El mismo se sabe ahí, se sabe desconocido, ignorado. Espera. Se reconoce potente, capaz de grandes cosas, aunque no le haya llegado todavía su hora. Lamartine lo dice mejor: "Como el alma humana, cuyo asiento en el cuerpo humano ignoran los filósofos, el pensamiento de todo un pueblo reside algunas veces en el individuo más ignorado de una inmensa multitud. No se puede despreciar a nadie, porque el dedo del Destino se marca en el alma y no en la frente". Comentario que sirve de preámbulo para introducirnos a Robespierre, alguien que por origen, trayectoria o aspecto nadie en su momento podría haber previsto lo que terminó siendo.

25 oct 2011

¡Republicanos! | Juan Guillermo Tejeda

A los republicanos, cuando nos enfrentábamos a la dictadura nos llamaban comunistas, y ahora que nos enfrentamos a la turba, nos ponen junto a los derechistas. Ni una cosa ni otra, porque la realidad política no es tanto una línea con dos extremos que serían la izquierda y la derecha, sino más bien un triángulo. Todos somos en mayor o menor grado liberales, comunitaristas y republicanos.

Guido Girardi, como Presidente del Senado, faltó a sus obligaciones republicanas al permitir que un grupo de personas sometiera a presiones físicas a un ministro de Estado, y al dar por bueno que esos vociferantes bailaran arriba de una mesa donde se discutía el Presupuesto de la nación. Más allá del hecho, están los símbolos. Tampoco estuvieron a la altura el ministro, que se escurrió, ni los parlamentarios, que pasmados o pensando en su reelección optaron por jugar al museo de cera. En un Estado republicano de derecho, los carabineros no son una fuerza de ocupación. Ellos y los militares están sometidos a reglamentos, y detentan el monopolio jurídico de la violencia.