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8 oct 2012

Los silencios compartidos de Hobsbawm | Pablo Moscoso

Tony Judt, en un excelente ensayo de 2003, deslizó un par de juicios que ayudan a comprender el legado del recientemente fallecido historiador británico: “Eric Hobsbawm es el historiador con más talento natural de nuestro tiempo; pero, sin que nada turbara su descanso, de alguna manera ha ignorado el terror y la vergüenza de esta edad”.


Hobsbawm (y Judt) | Alfredo Jocelyn-Holt

No es que quiera parecer indolente, pero la muerte de historiadores, hasta la de los más ilustres, no es tan de lamentar como podría ser la de algún poeta, filósofo o artista. El propio Hobsbawm lo señalaba, y sobre sí mismo incluso, en Años interesantes. Una vida en el siglo XX, sus memorias. Consciente que figuraría en algún apartado o libro sobre la historia del marxismo o de la historiografía y cultura intelectual británica del siglo XX, no se hacía ilusiones más allá que eso. Si su nombre llegase a desaparecer, como fue el caso de las lápidas de sus padres en un cementerio de Viena -agregaba-, “no se produciría ninguna laguna en el relato de lo sucedido en la historia del siglo XX, ni en Gran Bretaña ni en ninguna parte”. Hobsbawm era escéptico y modesto. Lo último, en exceso; lo primero, comprensible dado el siglo de miéchica que le tocó (nos tocó) sobrevivir. Muy pocos otros lo han explicado así y tan bien como él.


5 sept 2012

Las desagradables verdades de un intelectual: Tony Judt y su última mirada al siglo XX | Pablo Moscoso


"Bueno, ya sabes, la reputación de Casandra es bastante conocida. No es tan malo luchar hasta el final para contar una verdad desagradable". Esta frase, que Tony Judt estampa en las últimas páginas, ayuda a entender el sentido de este libro improbable pero fantástico. En efecto, Pensar el siglo XX, es un libro extraño, difícil de catalogar. Mezcla "de historia, una biografía y un tratado de ética" –sí, esa cosa de la que ya pocos hablan–, discurre en forma de diálogo entre dos historiadores, Tony Judt y Timothy Snyder, académico de Yale especialista en Europa del Este. Probablemente hoy en día Tony Judt –un calvo de gafas que en la foto de la solapa se lo ve de lo más sonriente–, deba su fama más a la enfermedad neurológica degenerativa que lo paralizó hasta causarle la muerte, que a Postguerra, su obra monumental y definitiva.

4 jun 2012

Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, de Tony Judt | Nicolás Ocaranza


Abordar la historia contemporánea o del presente de las cosas presentes -como precisó San Agustín en sus Confesiones- no es una opción fácil para ningún historiador, principalmente porque exige ocuparse de procesos que permanecen incompletos y de acontecimientos recientes cuyos resultados son a veces inciertos. Narrar la historia europea del siglo XX no sólo requiere hacerse cargo de la memoria y del olvido,[1] como preferentemente lo exige el análisis del presente de las cosas pasadas, sino también articular un punto de vista a partir del cual observar y analizar los procesos más problemáticos.


El siempre polémico historiador Timothy Garton Ash, uno de los referentes intelectuales en el debate sobre el estudio de la historia del tiempo presente, explica que escribir sobre los acontecimientos políticos contemporáneos demanda grandes habilidades a los historiadores, quienes deben desplazarse por terrenos siempre movedizos y cambiantes.[2] Muy frecuentemente, sus complicidades y dependencias del poder político les impide ver lo que se oculta detrás del bosque; como efecto, sus interpretaciones no son más que un mero reflejo de sus cegadas pasiones mientras que el pasado se convierte en un material de utilidad política.[3] Pero también algunos gobernantes europeos han realizado un esfuerzo sistemático por cooptar la historia para luego convertirla en una verdad oficial servil a los intereses de la razón de estado. Entre los años 2005 y 2008, por ejemplo, varios países de la Unión Europea promovieron una serie de iniciativas legislativas para criminalizar el pasado. Connotados historiadores como Eric Hobsbawm, Jacques Le Goff, Pierre Nora, Carlo Ginzburg, Marc Ferro, Paul Veyne y Timothy Garton Ash alzaron la voz ante una política que no pretendía otra cosa sino instaurar una censura intelectual a través de la imposición de una moral retrospectiva de la historia. La defensa de una libertad histórica que se oponía a una memoria oficial, sacó a flote la acertada reflexión orwelliana sobre el control del pasado. Desde ese entonces, la historia de la Europa contemporánea, como se puede observar en un rápido vistazo a las llamadas “leyes sobre la memoria”, permanece anclada en un complejo debate que no disocia a la ética de la historia ni a ésta de la política.

8 may 2012

Tony Judt (1948–2010) | Timothy Garton Ash


El poeta Paul Celan dijo acerca de su nativa Chernivtsi que era un lugar donde las personas y los libros solían vivir. Tony Judt fue un hombre para quien los libros vivían, igual que las personas. Su mente, como su departamento en Washington Square, estaba repleta de libros: éstos caminaron con él, discutiendo, hasta el momento final.


Crítico como era de los intelectuales franceses, compartía con ellos la convicción de que las ideas importaban. Siendo inglés, pensaba que los hechos también importaban. Como historiador, uno de sus logros más importantes fue la unificación de la historia intelectual y política del siglo veinte europeo, revelando las múltiples -y a veces no buscadas- interacciones en el tiempo entre ideas y realidades, pensamientos, gestos, libros y personas.

1 nov 2011

Los saldos del siglo XX que, según el historiador Tony Judt, se resisten al olvido | Pablo Moscoso

Jorge Luis Borges, artífice de innumerables ficciones, dio hace un tiempo casi remoto con el Aleph; aquel misterioso punto perdido en un sótano desde el cual se podían ver, "sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Un sueño descabellado, cuya simultaneidad resulta imposible aprender a nuestras mentes temporales. Cierto, otra jugarreta del escritor argentino que, sin embargo, en contadas ocasiones deja la incómoda sensación de ser real.

Justamente, Sobre el olvidado siglo XX (Taurus, 2008), libro del fallecido historiador británico Tony Judt, constituye una especie de Aleph del turbulento siglo que acabamos de abandonar, una visión holista que pretende enseñarnos múltiples perspectivas de un mismo período. Se trata de un compilado de ensayos y reseñas que el autor de Postguerra escribió entre 1994 y 2006 para prestigiosos periódicos, como el The New York Review of Books o The New Republic. Artículos que, junto con reflejar la última década de producción de un intelectual de trayectoria impecable, constituyen un aliciente para criticar e incomodarnos con nuestro presente.

Abordando una variedad de temas y lugares, estos ensayos surgen desde una mirada escéptica, un tono o motivo básico común: "Pienso que, en las décadas venideras, la media generación que transcurre entre la caída del comunismo en 1989-1991 y la catastrófica ocupación estadounidense de Irak nos parecerá un tiempo desperdiciado: una década y media de oportunidades malgastadas e incompetencia política".

26 feb 2011

Algo va mal: las últimas reflexiones políticas de Tony Judt | Pablo Moscoso

En 1919, en medio de las ruinas de la Europa decimonónica, el historiador holandés Johan Huizinga supuso que "cada época suspira por un mundo mejor y que cuanto más profunda es la desesperación causada por el caótico presente, tanto más íntimo es ese suspirar". Hoy en día, sin embargo, este adagio probablemente esté frustrado por un presente que, para muchos, proyecta una imagen triunfal, omnímoda. 

A contrapelo de esta autocomplacencia, Tony Judt en Algo va mal se propone resucitar este acto en apariencia tan trivial de anhelar un mundo mejor, preguntándose "¿por qué nos resulta tan difícil imaginar otro tipo de sociedad?". Nacido en Inglaterra, Judt desarrolló su carrera profesional en Estados Unidos y es autor de Postguerra, sin ambages, uno de los libros de historia más descollantes que se han escrito en el último tiempo. Murió en agosto de 2010 víctima de una esclerosis que lo tenía totalmente paralizado.

26 ene 2011

Algo va mal (fragmento)| Tony Judt

Quienes afirman que el fallo es del "sistema" o quienes ven misteriosas maniobras detrás de cada revés político tienen poco que enseñarnos. Pero la disposición al desacuerdo, el rechazo o la disconformidad -por irritante que pueda ser cuando se lleva a extremos- constituye la savia de una sociedad abierta. Necesitamos personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria. Una democracia de consenso permanente no será una democracia durante mucho tiempo.

Es tentador hacer como todos: la vida en comunidad es mucho más sencilla cuando cada uno parece estar de acuerdo con los demás y la disconformidad es adormecida en aras de las convenciones del compromiso.

Las sociedades y las comunidades en que estas faltan o se han desintegrado no prosperan. Pero la conformidad tiene un precio. Un círculo cerrado de opiniones o ideas en el que nunca se permiten ni el descontento ni la oposición -o solo dentro de unos límites circunscritos y estilizados- pierde la capacidad de responder con energía e imaginación a los nuevos desafíos. 

Estados Unidos es un país fundado sobre comunidades pequeñas. Como puede atestiguar cualquiera que haya vivido durante algún tiempo en uno de esos lugares, el instinto natural siempre es imponer una uniformidad normativa al comportamiento público de sus miembros. En Estados Unidos, esta disposición en parte es contrarrestada por la predisposición individualista de los primeros colonos y por la protección constitucional que otorgaron a la disconformidad individual y minoritaria. Pero este equilibrio, observado por Alexis de Tocqueville entre muchos otros, hace tiempo que se ha inclinado hacia la conformidad. Las personas siguen siendo libres de decir lo que quieran, pero si sus opiniones contradicen las de la mayoría, son marginadas de la sociedad. Como mínimo, el impacto de sus palabras es silenciado.

Gran Bretaña solía ser diferente: una monarquía tradicional gobernada por una élite hereditaria que mantenía su control del poder permitiendo e incluso incorporando la disconformidad y anunciando su tolerancia como una virtud. Pero el país se ha hecho menos elitista y más populista; la vena no conformista en la vida pública ha sufrido una descalificación constante -como Tocqueville habría previsto-. Actualmente, el desacuerdo enérgico con la opinión generalmente aceptada sobre cualquier cosa, desde la corrección política hasta los tipos impositivos, es casi tan poco frecuente en el Reino Unido como en Estados Unidos.

Hay muchas fuentes de disconformidad. En las sociedades religiosas, particularmente en aquellas que tienen un credo establecido -catolicismo, anglicanismo, islamismo, judaísmo-, las tradiciones de disconformidad más efectivas y duraderas están enraizadas en diferencias teológicas: no es casualidad que el Partido Laborista británico naciera en 1906 de una coalición de organizaciones y movimientos en la que las congregaciones no conformistas tuvieron gran protagonismo.

Las diferencias de clase también son un terreno abonado para la disconformidad. En las sociedades divididas en clases (o, en algunos casos, en las comunidades organizadas en castas), los que están abajo suelen tener una fuerte motivación para oponerse a su condición y, por extensión, a la organización social que la perpetúa.

En décadas más recientes, la disconformidad ha estado estrechamente relacionada con los intelectuales: un tipo de persona que primero se identificó con las protestas de finales del siglo XIX contra el abuso de poder por parte del Estado, pero que en nuestro tiempo es más conocido por hablar y escribir a contrapelo de la opinión pública.

Por desgracia, los intelectuales contemporáneos han mostrado muy poco interés en aspectos clave de la política pública, mientras que han intervenido o protestado sobre temas definidos éticamente en los que las opciones parecen más claras. Esto ha dejado los debates sobre la forma en que debemos gobernarnos en manos de especialistas políticos y think tanks, en los que rara vez tienen cabida opiniones no convencionales y el público queda prácticamente excluido.

El problema no es si estamos de acuerdo o no con un acto legislativo determinado, sino la forma en que debatimos nuestros intereses comunes. Por tomar un ejemplo evidente (por ser muy conocido): en Estados Unidos, a cualquier conversación sobre el tema del gasto público y las ventajas o desventajas de un papel activo del Gobierno enseguida se le aplican dos cláusulas de exclusión. De acuerdo con la primera, todos estamos a favor de que los impuestos sean tan bajos como sea posible y de que el Gobierno se entrometa lo mínimo en nuestros asuntos. La segunda -en realidad, una variación demagógica de la primera- afirma que nadie quiere que el "socialismo" sustituya nuestra forma de vida y de gobierno tradicional y eficiente.

A los europeos les gusta creerse menos conformistas que los estadounidenses. Les hacen sonreír los corrales religiosos a los que se retiran tantos ciudadanos estadounidenses, renunciando así a la independencia mental para adoptar el lenguaje del grupo. Señalan las consecuencias perversas de los referendos locales en California, donde unas iniciativas legislativas populares bien financiadas han destruido la base fiscal de la séptima economía mundial.

Sin embargo, en un reciente referéndum en Suiza se prohibió la construcción de minaretes en un país en el que solo hay cuatro y donde casi todos los residentes musulmanes son refugiados bosnios laicos.

Y los británicos han aceptado sumisamente todo, desde las cámaras de televisión de circuito cerrado hasta la vigilancia más invasora de la intimidad, en lo que ahora es la democracia más autoritaria y "sobreinformada" del mundo. En muchos aspectos, la Europa actual es mejor que los Estados Unidos contemporáneos, pero está lejos de ser perfecta.

Hasta los intelectuales han doblado la rodilla. La guerra de Irak vio cómo la gran mayoría de los comentaristas británicos y estadounidenses abandonaban toda apariencia de pensamiento independiente y se alineaban con el Gobierno. La crítica al ejército y a quienes ostentan la autoridad política -que siempre es más difícil en tiempo de guerra- se marginó y se trató casi como si fuera una traición. Los intelectuales de la Europa continental tuvieron más libertad para oponerse a la precipitada campaña, pero solo porque sus propios líderes eran ambivalentes y sus sociedades estaban divididas. (...)

Pero, al menos, la guerra, como el racismo, ofrece opciones morales claras. Incluso hoy, la mayoría de la gente sabe lo que piensa acerca de una acción militar o de los prejuicios raciales. Pero en el ámbito de la política económica, los ciudadanos de las democracias contemporáneas nos hemos vuelto demasiado modestos. Se nos ha aconsejado que dejemos esas cuestiones a los expertos: la economía y sus implicaciones políticas están mucho más allá del entendimiento del hombre o la mujer corrientes, de lo que se encarga el lenguaje cada vez más arcano y matemático de la disciplina.

No es probable que muchos "legos en la materia" se opongan al ministro de Economía o a sus asesores. Si lo hicieran, se les diría -como un sacerdote medieval podría haber aconsejado a su grey- que son cosas que no les incumben. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, que solo sea accesible para los iniciados. Para todos los demás, basta la fe.

Pero la fe no ha bastado. Los emperadores de la política económica en Gran Bretaña y Estados Unidos, por no mencionar a sus acólitos y admiradores del resto del mundo desde Tallin hasta Tiflis, están desnudos. No obstante, como la mayoría de los observadores comparten desde hace mucho sus gustos sartoriales, no están en condiciones de decir nada. Tenemos que volver a aprender cómo criticar a quienes nos gobiernan. Pero para hacerlo con credibilidad hemos de librarnos del círculo de conformidad en el que tanto ellos como nosotros estamos atrapados.

La liberación es un acto de la voluntad. No podemos reconstruir nuestra lamentable conversación pública -lo mismo que nuestras ruinosas infraestructuras físicas- si no estamos lo bastante indignados por nuestra condición presente. Ningún Estado democrático debería poder lanzar una guerra ilegal sustentada en una mentira deliberada y no tener que responder de ello. El silencio que rodea la vergonzosa respuesta de la Administración Bush al huracán Katrina delata un cinismo deprimente hacia las responsabilidades y competencias del Estado: en realidad, esperamos que Washington no esté a la altura. La reciente decisión del Tribunal Supremo estadounidense de permitir el gasto ilimitado de las empresas en los candidatos electorales -y el escándalo de las "dietas" en el Parlamento británico- ilustra el papel incontrolado del dinero en la política actual. (...)

Entretanto, la vertiginosa pérdida de apoyo del presidente Obama, en gran medida debida a su torpe defensa de la reforma sanitaria, ha contribuido más todavía a la desafección de la nueva generación. Sería fácil retirarse en un hastío escéptico ante la incompetencia (y peor) de aquellos que actualmente tienen encomendado gobernarnos.

Pero si dejamos el desafío de la renovación política radical a la clase política existente -a los Blairs, Browns, Sarkozys, Clintons y Bushes y (me temo) Obamas-, solo acabaremos más decepcionados.

La disconformidad y la disidencia son sobre todo obra de los jóvenes. No es casual que los hombres y mujeres que iniciaron la Revolución Francesa, lo mismo que los reformadores y planificadores del new deal y de la Europa de la posguerra, fueran bastante más jóvenes que los que los precedieron. Ante un problema, es más probable que los jóvenes lo afronten y exijan su solución, en vez de resignarse. Pero también tienen más probabilidades que sus mayores de caer en el apoliticismo: como la política está tan degradada, debemos desentendernos de ella. (...)

Por consiguiente, lo primero que se le ocurre a un joven que quiere "comprometerse" es afiliarse a Amnistía Internacional o a Greenpeace, o a Human Rights Watch o a Médicos Sin Fronteras. El impulso moral es irreprochable. Pero las repúblicas y las democracias solo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos.

Si los ciudadanos activos o preocupados renuncian a la política, están abandonando su sociedad a sus funcionarios más mediocres y venales. La Cámara de los Comunes británica ofrece actualmente un espectáculo penoso: un reducto de enchufados, subordinados serviles y pelotas profesionales -al menos, tan lamentable como en 1832, la última vez que fue asaltada y sus "representantes" expulsados de su sinecura-. El Senado estadounidense, en el pasado un bastión del republicanismo constitucional, se ha convertido en una parodia pretenciosa y disfuncional de su carácter original. La Asamblea Nacional francesa ni siquiera aspira al visto bueno del presidente del país, que la soslaya cuando quiere.

Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos.

Sin embargo, es todo lo que tenemos. Las elecciones al Parlamento, al Senado y a la Asamblea Nacional siguen siendo nuestro único medio de convertir la opinión pública en acción colectiva dentro de la ley. Así que los jóvenes no deben perder la fe en nuestras instituciones públicas. (...)

El fracaso democrático trasciende las fronteras nacionales. El vergonzoso fiasco de la Cumbre del Clima de Copenhague en diciembre de 2009 ya se está traduciendo en cinismo y desesperanza entre los jóvenes: ¿qué va a ser de ellos si no nos tomamos en serio las implicaciones del calentamiento global? El desastre sanitario en Estados Unidos y la crisis financiera han acentuado la sensación de impotencia incluso entre los votantes con mejor voluntad. Hemos de actuar guiándonos por nuestra intuición de una catástrofe inminente. (...)

La mayoría de los críticos de nuestra condición presente comienzan con las instituciones. Dirigen su atención a los parlamentos, los senados, los presidentes, las elecciones y los grupos de presión, y señalan las formas en que se han degradado o han abusado de la autoridad que se les ha confiado. Cualquier reforma, concluyen, debe comenzar ahí. Necesitamos leyes nuevas, sistemas electorales distintos, restricciones a los grupos de presión y a la financiación de los partidos; debemos dar más (o menos) autoridad al ejecutivo y hallar la forma de que las autoridades, elegidas o no, escuchen y respondan a quienes son su base y les paga: nosotros.

27 ago 2010

Still Life: a film about Tony Judt | Zara Burdett & Saul Goldberg

En la víspera de su muerte, el historiador Tony Judt reflexiona sobre su vida, sus últimas publicaciones y la compleja enfermedad (esclerosis lateral amiotrófica) que dejó su cuerpo paralizado.

Still Life: a film about Tony Judt from Scharfman Productions on Vimeo.

9 ago 2010

Revolucionarios | Tony Judt


Yo nací en Inglaterra en 1948, suficientemente tarde, por unos años, para no tener que hacer el servicio militar obligatorio, pero a tiempo para los Beatles: tenía 14 años cuando sacaron Love me do. Tres años después aparecieron las primeras minifaldas, y yo era lo bastante mayor como para valorar sus virtudes y lo bastante joven como para aprovecharlas. Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por tanto, al cumplir 20 años, en 1968, me rebelé. Como tantos jóvenes pertenecientes al baby boom, fui conformista en mi inconformismo.

No cabe duda de que los sesenta fueron una buena época para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes, y el mundo parecía dominado por la juventud (una observación verificable si se ven las estadísticas). Por otro lado, al menos en Inglaterra, el cambio podía ser engañoso. Los estudiantes nos oponíamos ruidosamente al apoyo que el Gobierno laborista daba a la guerra de Vietnam de Lyndon Johnson. Recuerdo al menos una de aquellas manifestaciones en Cambridge, después de una conferencia de Denis Healey, entonces ministro de Defensa. Perseguimos su coche hasta las afueras de la ciudad, y un amigo mío, hoy casado con la Alta Representante de Asuntos Exteriores de la UE, saltó al capó y golpeó con furia las ventanillas.

Sólo que, cuando Healey se alejaba, nos dimos cuenta de lo tarde que era; la cena en el comedor de la universidad empezaba en cuestión de minutos y no queríamos perdérnosla. Mientras volvíamos al centro, me tocó trotar al lado de un policía de uniforme que había estado vigilando la multitud. Nos miramos: "¿Cómo le parece que ha estado la manifestación?", le pregunté. Como si fuera una pregunta de lo más corriente -sin ver en ella nada extraordinario-, me contestó: "Oh, creo que ha estado bastante bien, señor".

Es evidente que Cambridge no estaba maduro para la revolución. Tampoco lo estaba Londres: en la famosa manifestación de Grosvenor Square, ante la embajada estadounidense (de nuevo a propósito de Vietnam; como tantos de mis contemporáneos, me movilizaba sobre todo contra las injusticias cometidas a miles de kilómetros de distancia), apretado entre un aburrido caballo de la policía y unas vallas, sentí algo húmedo y caliente que me corría por la pierna. ¿Incontinencia? ¿Una herida que sangraba? No fui tan afortunado. Me había estallado en el bolsillo una bomba de pintura roja que pretendía arrojar contra la embajada.

Esa misma tarde, yo tenía que cenar con mi futura suegra, una señora alemana de instinto impecablemente conservador. No creo que su opinión de mí, ya bastante escéptica, mejorara cuando llegué cubierto desde la cintura hasta el tobillo por una sustancia roja y pegajosa; ya se había alarmado al saber que su hija salía con uno de esos izquierdistas desaliñados que gritaban "Ho, Ho, Ho Chi Minh" y a los que había visto con cierta repugnancia por televisión esa tarde. Lo único que sentí yo, por supuesto, fue que se tratara de pintura y no de sangre. Oh, épater la bourgeoise.

Para vivir una revolución de verdad, desde luego, uno iba a París. Como muchos de mis amigos y contemporáneos, fui allí en la primavera del 68 para observar -para respirar- la auténtica historia. O, al menos, una representación increíblemente fiel de la auténtica historia. O, tal vez, en las escépticas palabras de Raymond Aron, un psicodrama representado en el mismo lugar en el que, en otro tiempo, la auténtica historia había formado parte del repertorio. Dado que París había sido verdaderamente un escenario de revolución -gran parte de nuestra interpretación visual del término deriva de lo que sabemos sobre los sucesos que allí ocurrieron en los años 1798-1794-, a veces era difícil distinguir entre la política, la parodia, el pastiche... y la representación.

En cierto sentido, todo era tal como debía ser: verdaderos adoquines, problemas reales (o suficientemente reales para los participantes), violencia real y, de vez en cuando, víctimas reales. Sin embargo, desde otro punto de vista, a todo aquello parecía faltarle algo de seriedad: incluso en aquellos momentos me costaba mucho creer que bajo los adoquines estaba la playa (sous le pavés la plage), y todavía más que una comunidad de estudiantes descaradamente obsesionados con sus planes de verano -recuerdo lo mucho que se hablaba, en medio de intensos debates y manifestaciones, de ir a pasar las vacaciones a Cuba- pretendiera seriamente derrocar al presidente Charles de Gaulle y su Quinta República. De todas formas, con sus propios hijos en las calles, muchos comentaristas franceses aparentaban creer que podía suceder y estaban, por consiguiente, nerviosos.

Al final, no ocurrió nada serio y todos volvimos a casa. En su momento, me pareció que Aron había sido innecesariamente despectivo; era su dispepsia, provocada por el entusiasmo adulador de algunos de sus colegas, que se sentían arrebatados por los sosos clichés utópicos de sus atractivos pupilos y estaban deseando unirse a ellos. Hoy tendería a compartir su desprecio, pero entonces me pareció excesivo. Lo que más parecía molestar a Aron era que todo el mundo estaba divirtiéndose y, a pesar de su inteligencia, no era capaz de ver que, aunque divertirse no es lo mismo que hacer la revolución, muchas revoluciones han comenzado entre juegos y risas.

Uno o dos años después visité a un amigo que estudiaba en una universidad alemana; Gottinga, creo recordar. Resultó que, en Alemania, "revolución" significaba algo muy distinto. Nadie se divertía. A ojos de un inglés, todos parecían indescriptiblemente serios y alarmantemente preocupados por el sexo. Eso era una cosa nueva: los estudiantes ingleses pensaban mucho en el sexo, pero lo practicaban muy poco, mientras que los estudiantes franceses eran mucho más activos (o al menos me lo había parecido), pero mantenían el sexo y la política separados. Salvo por el llamamiento ocasional de "haz el amor y no la guerra", su actividad política era intensamente -absurdamente- teórica y seca. La participación de las mujeres -si es que la había- se limitaba a hacer café y compartir la cama (y aparecer como accesorios visuales a hombros de los varones para posar ante los fotógrafos de prensa). No es de extrañar que poco después apareciera el feminismo radical.

En Alemania, por el contrario, la política tenía que ver con el sexo, y el sexo, en gran medida, con la política. Me sorprendió descubrir, mientras visitaba a un colectivo de estudiantes alemanes (todos los estudiantes alemanes que conocí parecían vivir en comunas, compartiendo grandes pisos y las parejas respectivas), que mis contemporáneos de la Bundesrepublik se creían verdaderamente su propia retórica. Me explicaban que abordar las relaciones sexuales de manera despreocupada y sin ningún tipo de complejo era la mejor forma de liberarse de cualquier ilusión sobre el imperialismo americano y representaba una limpieza terapéutica del legado nazi de sus padres, que caracterizaban de sexualidad reprimida disfrazada de arrogancia nacionalista.

La idea de que una persona de 20 años en Europa Occidental podía exorcizar la culpa de sus padres despojándose (y despojando a su pareja) de ropas e inhibiciones -deshaciéndose metafóricamente de los símbolos de la tolerancia represiva- me pareció, desde mi perspectiva de izquierdista empírico inglés, algo sospechosa. Qué suerte que el antinazismo exigiera -hasta el punto de definirse en función de ellos- orgasmos en serie. Claro que, pensándolo bien, ¿quién era yo para quejarme? Un estudiante de Cambridge cuyo universo político estaba limitado por policías respetuosos y la limpia conciencia de un país victorioso que no había sido ocupado no era quizá el más apropiado para juzgar las estrategias purgativas de otros.

Tal vez no me habría sentido tan superior si hubiera estado más al tanto de lo que estaba sucediendo a unos cuantos kilómetros al este. ¿Cómo de hermético debía de ser el mundo de la guerra fría en Europa Occidental para que yo -estudiante aventajado de historia (!), judío originario de Europa del Este, que hablaba varios idiomas y había viajado mucho por mi mitad del continente- ignorase por completo los cataclísmicos acontecimientos que estaban produciéndose en Polonia y Checoslovaquia en esa misma época? ¿Me atraía la revolución? Entonces, ¿por qué no fui a Praga, sin la menor duda el lugar más apasionante de Europa en aquel momento? ¿O a Varsovia, donde mis coetáneos corrían peligro de expulsión, exilio y cárcel por sus ideas y sus ideales?

¿Qué dice de las falsas ilusiones del Mayo del 68 el hecho de que no pueda recordar ni una sola alusión a la Primavera de Praga, ni mucho menos al levantamiento estudiantil de Polonia, en nuestros serios debates radicales? Si hubiéramos sido menos provincianos (cuarenta años después, resulta difícil transmitir el grado de intensidad con el que podíamos llegar a discutir la injusticia de los horarios de cierre de la universidad), habríamos podido dejar una huella más duradera. En cambio, sólo sabíamos hablar hasta altas horas de la noche de la Revolución Cultural china, las revueltas en México e incluso las sentadas en la Universidad de Columbia. Salvo por algún que otro alemán despreciativo, satisfecho de considerar al checo Dubcek como otro renegado reformista, nadie hablaba de Europa del Este.

En retrospectiva, no puedo evitar pensar que perdimos una oportunidad. ¿Marxistas? Entonces, ¿por qué no estábamos en Varsovia debatiendo los últimos fragmentos del revisionismo comunista con el gran Leszek Kolakowski y sus alumnos? ¿Rebeldes? ¿Por qué causa? ¿A qué precio? Incluso los escasos conocidos míos que tenían la mala suerte de pasar una noche en la comisaría solían estar de vuelta en casa para la hora de la comida. ¿Qué sabíamos nosotros sobre el valor que hacía falta para soportar semanas de interrogatorios en las prisiones de Varsovia, seguidas de condenas de cárcel de uno, dos o tres años para estudiantes que se habían atrevido a pedir las cosas que nosotros dábamos por descontadas?

A pesar de nuestras ostentosas teorías sobre la historia, no fuimos capaces de reconocer uno de sus hitos fundamentales. Fue en Praga y Varsovia, en aquellos meses de verano de 1968, donde el marxismo acabó consigo mismo. Fueron los rebeldes estudiantiles de Europa Central quienes después debilitaron, desacreditaron y derrocaron no sólo un par de regímenes comunistas ruinosos, sino la propia idea del comunismo. Si nos hubiera preocupado un poco más el destino de las ideas que manejábamos con tan poca sinceridad, tal vez habríamos prestado más atención a las acciones y las opiniones de quienes se habían educado bajo su sombra.

Nadie debe sentirse culpable por haber nacido en el lugar apropiado y el momento oportuno. En Occidente fuimos una generación afortunada. No cambiamos el mundo; más bien, el mundo se avino a cambiar para nosotros. Todo parecía posible: a diferencia de los jóvenes de hoy, nunca tuvimos la menor duda de que íbamos a tener un trabajo interesante y, por tanto, no sentíamos la necesidad de desperdiciar nuestro tiempo en nada tan degradante como la "escuela de negocios". Casi todos acabamos trabajando en la educación o en la administración pública. Dedicamos nuestras energías a hablar de lo que no funcionaba en el mundo y cómo cambiarlo. Protestamos contra las cosas que no nos gustaban, e hicimos bien. Desde nuestro punto de vista, al menos, fuimos una generación revolucionaria... Qué lástima que nos perdimos la revolución.

Israel sin clichés | Tony Judt

Nº 1. Israel está siendo/debería ser deslegitimado. Israel es un Estado como cualquier otro, establecido hace tiempo e internacionalmente reconocido. El mal comportamiento de sus Gobiernos no lo "deslegitima", no más que el mal comportamiento de sus gobernantes a Corea del Norte, Sudán -o Estados Unidos-. Cuando Israel quebranta la ley internacional, debiera ser presionado; precisamente porque es un Estado sometido a la ley internacional podemos exigírselo.

Algunos críticos de Israel están motivados por el deseo de que no existiera -de que, de algún modo, sencillamente desapareciera-. Pero esa es la política del avestruz: los nacionalistas flamencos sienten lo mismo respecto de Bélgica, o los separatistas vascos respecto de España. Israel no va a desaparecer, ni debiera hacerlo. En cuanto a la campaña oficial israelí que trata de desacreditar cualquier crítica como un ejercicio de "deslegitimación", resulta singularmente contraproducente. Cada vez que Jerusalén reacciona de esa manera se acentúa su aislamiento.

Nº 2. Israel es/no es una democracia. Quizá la defensa más común de Israel fuera del país es que es "la única democracia de Oriente Próximo". Esto es en gran parte verdad: el país tiene leyes fundamentales, una judicatura independiente y elecciones libres, aunque también discrimina a los no judíos de un modo que le distingue de otras democracias actuales. Expresar una fuerte discrepancia de la política oficial es allí, cada vez más, algo desaconsejado. Pero este aspecto es irrelevante. "Democracia" no es garantía de buen comportamiento: la mayoría de los países son hoy formalmente democráticos. Israel desmiente el cómodo cliché americano de que "las democracias no hacen la guerra". Es una democracia dominada y a menudo gobernada por antiguos soldados profesionales: solo esto la distingue de otros países avanzados. Y no debemos olvidar que Gaza es otra "democracia" en Oriente Próximo: fue debido a que Hamás ganó allí unas elecciones libres en 2005 por lo que tanto la Autoridad Palestina como Israel reaccionaron con tanta vehemencia.

Nº 3. Israel es/no es el culpable. Israel no es el responsable de que durante bastante tiempo muchos de sus vecinos le denegaran su derecho a existir. La sensación de asedio no debe subestimarse a la hora de interpretar el carácter delirante de muchas de las declaraciones israelíes.

No resulta sorprendente, por tanto, que el Estado haya adquirido algunos hábitos patológicos. El más perjudicial es su habitual recurso a la fuerza. Dado que eso ha funcionado durante tanto tiempo, a Israel le resulta difícil considerar otras formas de respuesta. Y el fracaso de las negociaciones de Camp David en 2000 reforzó su creencia en que "no hay nadie con quien hablar".

Pero sí lo hay. Como reconocen en privado algunas autoridades norteamericanas, tarde o temprano Israel (o alguien) tendrá que hablar con Hamás. Desde la Argelia francesa hasta el IRA Provisional, pasando por Sudáfrica, la historia se repite: el poder dominante les niega legitimidad a los "terroristas", lo cual fortalece a estos; luego negocia en secreto con ellos; finalmente les concede poder, independencia o un asiento en la mesa. Israel negociará con Hamás: la pregunta es por qué no ahora.

Nº 4. Los palestinos son/no son los culpables. Abba Eban, antiguo ministro de Asuntos Exteriores israelí, mantenía que los árabes nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad. No estaba del todo equivocado. La postura negacionista de los palestinos desde 1948 hasta los primeros ochenta hizo muy poco en su favor. Y Hamás, asentado en esa tradición, aunque de modo más auténticamente popular que sus predecesores, tendrá que reconocer el derecho de Israel a existir.

Pero desde 1967 ha sido Israel quien ha perdido más oportunidades: una ocupación de 40 años (contra el consejo de sus propios y más veteranos estadistas); tres catastróficas invasiones del Líbano; una invasión y bloqueo de Gaza en contra de la opinión mundial; y ahora un ataque chapucero a civiles en aguas internacionales. A los palestinos les resultaría difícil igualar semejante cúmulo de errores garrafales.

El terrorismo es el arma de los débiles -el bombardeo de objetivos civiles no fue un invento de los árabes (ni de los judíos, que comenzaron a practicarlo antes de 1948)-. Moralmente indefendible, ha caracterizado a los movimientos de resistencia durante al menos un siglo. Israel tiene razón en insistir que cualesquiera conversaciones o acuerdos dependerán de que Hamás se comprometa a renunciar a él.

Pero los palestinos se enfrentan al mismo interrogante que cualquier otro pueblo oprimido: todo lo que tienen para oponerse a un Estado establecido que ejerce el monopolio del poder es el rechazo y la protesta. Si conceden de antemano cada exigencia israelí (renuncia a la violencia, aceptación de Israel, reconocimiento de todas sus pérdidas), ¿qué van a llevar a la mesa de negociación? Israel tiene la iniciativa, por lo que debiera hacer uso de ella.

Nº 5. El lobby pro-Israel es/no es el culpable. Hay un lobby a favor de Israel en Washington y hace muy bien su trabajo. Quienes afirman que el lobby israelí es injustamente descrito como "demasiado influyente" (una excesiva influencia judía entre bastidores) tienen razón: el lobby petrolero y el lobby bancario han hecho todos ellos mucho más daño a la salud del país. Pero el lobby israelí es influyente de un modo desproporcionado. Si no, ¿por qué una aplastante mayoría de congresistas se pliega ante toda moción a favor de Israel? Una cosa es denunciar la excesiva presión de un lobby y otra bien distinta es acusar a los judíos de "dirigir el país". No debemos autocensurarnos por miedo a que la gente equipare ambas cosas. En palabras de Arthur Koestler: "Este miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política; es una expresión de la falta de confianza en uno mismo".

Nº 6. La crítica a Israel está/no está relacionada con el antisemitismo. El antisemitismo es el odio a los judíos, e Israel es un Estado judío, por lo que, naturalmente, algunas críticas que se le hacen tienen una motivación malévola. Ha habido ocasiones en el pasado reciente (particularmente en la Unión Soviética y sus satélites) en las que "antisionismo" ha sido un oportuno sucedáneo para el antisemitismo oficial. Como es lógico, muchos judíos e israelíes no lo han olvidado.

Pero las críticas a Israel, procedentes cada vez más de judíos no israelíes, no están motivadas por el antisemitismo. Y lo mismo sucede con el antisionismo contemporáneo: el propio sionismo ha hecho un largo viaje desde la ideología de sus padres fundadores: hoy pone el acento en reclamaciones territoriales, exclusividad religiosa y extremismo político. Uno puede reconocer el derecho de Israel a existir y, sin embargo, ser un antisionista (o "postsionista"). De hecho, dado el énfasis del sionismo en la necesidad de los judíos de establecer un "Estado normal" propio, la actual insistencia en el derecho de Israel a actuar siguiendo vías "anómalas" porque se trata de un Estado judío sugiere que el sionismo ha fracasado.

Deberíamos tener cuidado con la excesiva invocación del "antisemitismo". Entre la generación más joven de EE UU, por no decir de todo el mundo, crece el escepticismo. Si la crítica al bloqueo israelí de Gaza es potencialmente antisemita, ¿por qué habrían de tomarse en serio otros ejemplos de ese prejuicio? ¿No se habrá convertido el Holocausto solo en otra excusa para el mal comportamiento israelí? Los riesgos que corren los judíos al fomentar esa equiparación no debieran desestimarse.

Junto con los países regidos por los jeques del petróleo, Israel es hoy el mayor lastre estratégico de EE UU en Oriente Próximo. Gracias a Israel estamos en serio peligro de perdernormal y de cortarle el cordón umbilical. a Turquía, una democracia musulmana, ofendida por el trato que recibe de la UE y con un papel crucial en esas regiones. Sin Turquía, EE UU difícilmente alcanzará sus objetivos regionales, ya sea en Irán, Afganistán o en el mundo árabe. Ha llegado el momento de abrirse paso a través de los clichés que rodean a Israel, de tratarle como a un Estado normal y de cortarle el cordón umbilical.

7 ago 2010

El “problema del mal” en la Europa de postguerra | Tony Judt

Las principales víctimas de la Shoah, los judíos, cultivan legítimamente su propia memoria. Pero el judeocidio no sólo les concierne a ellos: la humanidad entera, al apropiárselo, transformará a los millones de víctimas de los nazis en una muralla contra la repetición del horror. “Nunca más”, se reitera desde entonces, pero el planeta sigue ensangrentado por genocidios (Camboya, Ruanda) y masacres (Bosnia, Chechenia, Palestina, Darfur…). Entonces, obtener una enseñanza universal del genocidio nazi supone en primer lugar esforzarse por comprender mejor los factores de ese vuelco hacia la barbarie. Además, la omnipresencia de la Shoah erigida como mal único hace que las víctimas entren en competencia con ella. A la inversa, el análisis del judeocidio que serviría para descifrar todos los procesos del genocidio incita a la convergencia.

Lejos de reflexionar sobre el problema del mal, en los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los europeos decidieron desviar su pensamiento. En la actualidad esto nos parece difícil de comprender, pero la verdad es que durante muchos años la Shoah –el genocidio de los judíos de Europa– no constituyó de ninguna manera una cuestión fundamental en la vida intelectual de la posguerra, ni en Europa ni en Estados Unidos. En efecto, la mayoría de la gente, tanto los intelectuales como el resto, hizo todo lo posible por ignorarla. ¿Por qué? En Europa del Este hubo cuatro razones.

En primer lugar, durante la guerra fue allí donde se cometieron los peores crímenes contra los judíos, y aunque esos crímenes fueron ordenados por los alemanes, en las naciones ocupadas abundaron los colaboradores: polacos, ucranianos, letones, croatas y demás. En muchos países se hizo evidente una imperiosa necesidad de olvidar lo ocurrido, de arrojar un velo sobre los peores horrores.

En segundo lugar, muchos europeos del Este no judíos fueron víctimas de atrocidades (a manos de alemanes, rusos y otros) y, cuando rememoraron la guerra, en general no pensaron en el sufrimiento de sus vecinos judíos, sino en su propio dolor y sus propias pérdidas.

En tercer lugar, en 1948 una gran parte de Europa central y oriental estuvo sometida al control soviético. Los soviéticos hablaron de forma oficial de guerra antifascista o, en su país, de “Gran Guerra Patriótica”. Para Moscú, Hitler era ante todo un fascista y un nacionalista. Su racismo tenía menos importancia. Por supuesto, los millones de judíos provenientes de los territorios soviéticos que murieron fueron contabilizados como pérdidas soviéticas, pero en los libros de historia y las conmemoraciones oficiales su judaísmo fue minimizado, incluso ignorado. Y por último, tras algunos años de gobierno comunista, a la memoria de la ocupación alemana le sucedió la de la opresión soviética. El exterminio de judíos fue relegado a un lejano segundo plano (1).

Aunque en Europa occidental las circunstancias fueron muy diferentes, se produjo un fenómeno de olvido paralelo. La Ocupación –en Francia, Bélgica, los Países Bajos y después de 1943 en Italia– representó una humillación, por lo que los gobiernos de posguerra prefirieron olvidar la colaboración y otros ultrajes, y celebrar en cambio los heroicos movimientos de resistencia, los levantamientos nacionales, la liberación y a los mártires. Asimismo, en la Alemania de posguerra la tendencia nacional fue en primer lugar compadecerse del sufrimiento de los propios alemanes. Con el advenimiento de la Guerra Fría y el cambio de enemigos resultó inoportuno evocar los crímenes que habían cometido los actuales aliados en el pasado.

Por esta razón, para citar un ejemplo célebre, cuando en 1946 Primo Levi sometió al gran editor italiano Einaudi su texto en memoria de Auschwitz Se questo è un uomo (Si esto es un hombre), le fue rechazado de entrada. En esa época y en los años que siguieron no era Auschwitz sino Bergen-Belsen y Dachau lo que encarnaba el horror del nazismo, los deportados políticos y no los raciales. El libro de Primo Levi terminó por ser publicado, pero con apenas 2.500 ejemplares y en una pequeña imprenta local. Tuvo muy pocos compradores; almacenados en un depósito de Florencia, las grandes inundaciones de 1966 destruyeron los ejemplares restantes.

Con posterioridad a la década de 1960 todo empezó a cambiar, debido a múltiples razones: el tiempo había pasado, una nueva generación manifestaba su curiosidad y también se aflojaban las tensiones internacionales (2). En los años ’80 la historia de la destrucción de los judíos europeos que evocaban los libros, el cine y la televisión pasó a ser conocida por un público cada vez más amplio. Desde los años ’90 y el fin de la Europa dividida los arrepentimientos oficiales, los sitios y monumentos nacionales conmemorativos, los museos, pasaron a ser cosas comunes.

Hoy en día la Shoah es una referencia universal. En los programas de enseñanza secundaria de todas partes es obligatorio estudiar la historia de la “solución final”, del nazismo o de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en Estados Unidos e incluso en el Reino Unido hay escuelas en las que es el único aspecto de la historia europea moderna que se enseña. En la actualidad existen innumerables testimonios, relatos y estudios sobre el exterminio de los judíos de Europa durante la guerra: monografías locales, ensayos filosóficos, encuestas sociológicas y psicológicas, memorias, novelas, filmes, archivos de entrevistas y muchas otras cosas. 

No todo está bien 

¿Entonces, actualmente todo está bien? ¿Ahora que examinamos hasta el pasado más oscuro, que lo llamamos por su nombre y juramos que nunca más debería repetirse? No es tan así. La preocupación de nuestra época por la Shoah, que todos los escolares denominan hoy “Holocausto”, plantea cinco problemas.

El primero concierne al dilema de las memorias incompatibles. En la actualidad la mirada que Europa occidental arroja sobre la “solución final” es universal. Pero con la desaparición de la Unión Soviética y la consecuente libertad para estudiar y debatir los crímenes y fracasos del comunismo, aumentó la atención sobre los sufrimientos que la mitad oriental de Europa padeció en manos tanto de alemanes como de soviéticos. En ese contexto, la insistencia de Europa occidental y Estados Unidos sobre las víctimas judías y Auschwitz a veces provoca una reacción de irritación. Por ejemplo, en Polonia y Rumania se preguntan –se trata de una audiencia instruida y cosmopolita– por qué los intelectuales occidentales se muestran tan sensibles al exterminio de judíos. ¿Qué decir de las millones de víctimas no judías del nazismo y del estalinismo? ¿Por qué la Shoah es tan particular?

Un segundo problema se refiere a la exactitud histórica y los riesgos de sobrecompensación. Durante muchos años los europeos del Oeste prefirieron no pensar en los sufrimientos de los judíos durante la guerra. Hoy día nos alientan a hacerlo todo el tiempo. Lo mismo sucede en términos morales: “Auschwitz” es la cuestión ética central de la Segunda Guerra Mundial. Pero eso induce a error a los historiadores. Ya que la triste verdad es que durante la propia guerra muchos ignoraban la suerte de los judíos, y aun conociéndola, su preocupación no hubiera sido mayor. Sólo hubo dos grupos para los cuales la Segunda Guerra Mundial fue ante todo un proyecto que apuntaba a eliminar a los judíos: los nazis y los propios judíos. Para el resto, la guerra tuvo prácticamente sentidos muy diferentes: todos tenían sus propios problemas.

Es difícil aceptar el hecho de que el Holocausto juega un papel más importante en nuestra vida actual que el que tuvo durante la guerra en las naciones ocupadas. Pero si deseamos comprender el verdadero sentido del mal, hay que recordar que lo realmente horrible del extermino de judíos no reside en que haya tenido tanta importancia, sino en que haya tenido tan poca.

El tercer problema se refiere al propio concepto del “mal”, que desde hace mucho tiempo suscita malestar en la secular sociedad moderna. Preferimos las definiciones más racionales y jurídicas de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto, del crimen y el castigo. Pero en estos últimos años el término se fue reinsertando lentamente en el discurso moral y aun político. Dicho esto, ahora que el concepto del “mal” reintegró nuestro lenguaje público, no sabemos qué hacer con él. Nuestras ideas se tornaron confusas.

Por una parte el exterminio de judíos llevado a cabo por los nazis se presenta como un crimen singular, un mal que ni antes ni después tuvo su paralelo, un ejemplo y una advertencia. “¡Nie wieder!” “¡Nunca más!” Pero por la otra hoy invocamos ese mismo mal (“único”) en muchos casos distintos que están lejos de ser únicos. Estos últimos años tanto hombres políticos como historiadores y periodistas utilizaron la palabra “mal” para designar crímenes masivos y genocidios perpetrados en todo el mundo: de Camboya a Ruanda y de Chechenia a Sudán. A menudo se evoca al propio Hitler para designar la naturaleza y las intenciones de dictadores modernos que competen al “mal”: se nos dice que en todas partes hay otros tantos “Hitler”.

Y lo que es más, si Hitler, Auschwitz y el genocidio judío encarnan un mal único, ¿por qué se nos advierte constantemente contra el hecho de que esos crímenes podrían repetirse en cualquier lugar, o que están a punto de repetirse? Cada vez que en las paredes de una sinagoga francesa aparecen graffitis antisemitas se nos advierte que ese “mal único” está de nuevo entre nosotros, que regresamos a 1938. Perdemos la capacidad de distinguir entre pecados y estupideces normales de la especie humana –imbecilidad, prejuicios, oportunismo, demagogia y fanatismo– y el mal auténtico. Actualmente hablamos todo el tiempo del “mal”, pero con la misma consecuencia, ya que diluimos su sentido.

La cuarta preocupación concierne al riesgo de invertir toda nuestra energía emocional y moral en un único problema, por más grave que sea. El costo de este tipo de visión a través de un túnel reaparece en forma trágica en la obsesión de la Casa Blanca por los males del terrorismo, en su “guerra global contra el terror”. La cuestión no es saber si el terrorismo existe: por supuesto, existe. Ya no se trata de saber si hay que combatir el terrorismo y a los terroristas: por supuesto, hay que combatirlos. La cuestión es saber qué otros males vamos a descuidar, o crear, al concentrarnos exclusivamente en un solo enemigo y usarlo para justificar los cientos de crímenes menores que cometemos nosotros mismos.

El abuso político

Este argumento vale también para nuestra moderna fascinación respecto del problema del antisemitismo y nuestra insistencia acerca de su importancia única. A semejanza del terrorismo, el antisemitismo es un problema de vieja data. Y con el terrorismo sucede lo mismo que con el antisemitismo: la más mínima manifestación nos recuerda las consecuencias que en el pasado tuvo no tomar la amenaza en serio. Pero el antisemitismo, así como el terrorismo, no es el único mal mundial y no tiene que servir de excusa para ignorar tantos otros crímenes y sufrimientos. Abstraer el “terrorismo” o el antisemitismo de su contexto –colocarlos sobre un pedestal para que representen la mayor amenaza contra la civilización occidental, o la democracia, o “nuestro modo de vida”, y hacer de sus autores el blanco de una guerra indefinida– crea un riesgo: ignorar los otros muchos desafíos de nuestra época.

En la era de la Guerra Fría el “totalitarismo”, así como actualmente el terrorismo y el antisemitismo, amenazaba con convertirse en una preocupación obsesiva entre los intelectuales y los hombres políticos de Occidente, excluyendo todo el resto. Y contra esto Hannah Arendt, muy consciente de la amenaza que ese fenómeno representaba para las sociedades abiertas, lanzó una advertencia que sigue siendo actual.

El mayor peligro de considerar que el totalitarismo es la maldición del siglo sería convertirlo en una obsesión hasta el punto de no ver los múltiples males, pequeños y no tanto, que pavimentan el infierno (3).

El último punto preocupante es la relación entre la memoria del Holocausto europeo y el Estado de Israel. Desde su nacimiento en 1948, el Estado de Israel mantiene complejas relaciones con la Shoah. Por un lado, el casi exterminio de los judíos de Europa justificaba el sionismo. Los judíos no podían sobrevivir ni prosperar en territorios no judíos, su integración y asimilación en otras naciones y culturas europeas eran una trágica ilusión, de donde surgía la necesidad de un Estado propio. Por el otro, la idea difundida entre los israelíes de que los judíos europeos habían contribuido a su propia pérdida, que como se dijo fueron “como corderos al matadero”, significaba que la identidad primaria de Israel consistía en rechazar el pasado judío y ver en la catástrofe que había golpeado a los judíos la prueba de una debilidad: debilidad que el destino de Israel tenía que superar, engendrando un nuevo tipo de judío (4).

Pero estos últimos años la relación entre Israel y el Holocausto cambió. En la actualidad, cuando los malos tratos a los palestinos y la ocupación de los territorios en 1967 reciben críticas internacionales, sus defensores prefieren anteponer la memoria de la Shoah. Si se critica con demasiado vigor a Israel, advierten que se van a despertar los demonios del antisemitismo. En realidad, insinúan que las críticas demasiado fuertes no hacen sino favorecer el antisemitismo. Son antisemitas. Y con el antisemitismo se abre la vía –para adelante o para atrás– hacia 1938, la Kristallnacht (Noche de los Cristales Rotos) y de allí a Treblinka y Auschwitz.

Entiendo las emociones que motivan tales afirmaciones. Pero son extremadamente peligrosas en sí mismas. Cuando alguien nos reprocha, a mí y a otros, que critiquemos a Israel con demasiada violencia temiendo que hagamos revivir el fantasma de los prejuicios raciales, les respondo que invirtieron por completo el problema. Es precisamente ese tabú el que corre el riesgo de atizar el antisemitismo. Ya hace muchos años que doy conferencias en colegios secundarios, en Estados Unidos y otros países, sobre la historia de la Europa de posguerra y la memoria de la Shoah. También enseño esas materias en la universidad. Y puedo dar cuenta de lo que constaté.

Los alumnos no necesitan que se les recuerde el genocidio judío, las consecuencias históricas del antisemitismo o el problema del mal. Conocen bien la cuestión, como nunca la habían conocido sus padres. Y así debe ser. Pero en los últimos tiempos me asombra la recurrencia de nuevas preguntas: “¿Por qué nos focalizamos tanto en el Holocausto?” “¿Por qué en algunos países se prohíbe negar la existencia de la Shoah, pero no la de otros genocidios?” “¿No se exagera la amenaza de antisemitismo?”, y cada vez más: “¿El genocidio nazi no le sirve de excusa a Israel?”. Son preguntas que no recuerdo haber escuchado en el pasado.

Temo que se hayan producido dos cosas. Al destacar el carácter histórico único del Holocausto y al mismo tiempo invocar constantemente problemas actuales, sembramos la confusión en la mente de los jóvenes. Y al gritar “antisemitismo” cada vez que alguien ataca a Israel o defiende a los palestinos, fabricamos cínicos. Dado que lo cierto es que hoy la existencia de Israel no se ve amenazada. Y que en Occidente los judíos actuales no se ven confrontados a ninguna amenaza o a prejuicios comparables a los del pasado, o incluso a aquellos de los cuales son víctimas otras minorías en la actualidad.

Hagámonos la siguiente pregunta: ¿Nos sentiríamos hoy en día seguros, aceptados, bienvenidos si fuéramos musulmanes o “inmigrantes ilegales” en Estados Unidos? ¿Como “paqui” (paquistaníes) en el Reino Unido? ¿Marroquíes en los Países Bajos? ¿Árabes en Francia? ¿Negros en Suiza? ¿Extranjeros en Dinamarca? ¿Rumanos en Italia? ¿Rom (gitanos) en cualquier lugar de Europa? ¿No nos sentiríamos más seguros, más integrados, más aceptados si fuésemos judíos? Pienso que todos conocemos la respuesta a esta pregunta. Ya sea en los Países Bajos, Francia, Estados Unidos, por no mencionar a Alemania, los judíos están fuertemente representados en el mundo de los negocios, los medios de comunicación y las artes. Y en ninguno de esos países son estigmatizados, amenazados o excluidos.

La amenaza que tendría que preocupar a los judíos –y a cada uno de nosotros– viene de otra dirección. Hemos anclado tanto la memoria del genocidio en la defensa de un único país, Israel, que corremos el riesgo de provincializar su significado moral. El problema del mal, del mal totalitario o del mal del genocidio, es un problema universal. Pero si se manipula en provecho de un país, lo que va a suceder (lo que ya sucedió) es que aquellos que guardan una cierta distancia de la memoria del crimen perpetrado en Europa –porque no son europeos, o son demasiado jóvenes para acordarse de su significado– no entenderán en qué esta memoria les concierne y dejarán de escucharnos cuando intentemos explicárselos.

Las admoniciones morales que provienen de Auschwitz y planean sobre la pantalla conmemorativa de los europeos son invisibles a los ojos de asiáticos o africanos. Y antes que nada, lo que parece evidente para la generación involucrada, quizás vaya perdiendo sentido para sus hijos y nietos.

Todos nuestros museos, monumentos conmemorativos y salidas escolares actuales tal vez no sean signo de que estamos preparados para recordar, sino de que pensamos haber hecho penitencia y ahora podemos empezar a ceder y olvidar, dejando que las estelas funerarias recuerden por nosotros. No sé: la última vez que visité en Berlín el monumento a la memoria del Holocausto observé a unos niños que durante una visita escolar jugaban a las escondidas entre las lápidas, para no aburrirse. Por el contrario, sé que si la historia debe cumplir con su tarea, que es preservar para siempre jamás la prueba de los crímenes pasados y todo el resto, más vale dejarla tranquila. Cuando hurgamos en el pasado para obtener un beneficio político –seleccionando los restos que pueden servirnos y encargando a la historia que dé lecciones de moral oportunistas– obtenemos a la vez una mala moralidad y una mala historia.

En el ser humano existe la banalidad tristemente célebre de la cual hablaba Hannah Arendt, el mal perturbador, normal, cercano, cotidiano. Pero existe otra banalidad: la del uso abusivo, el efecto que desinteresa, desensibiliza a fuerza de ver, decir o pensar lo mismo demasiadas veces, que embota a nuestro público y lo inmuniza contra el mal que evocamos. Hoy estamos confrontados a esta banalidad, o a esta “banalización”.

Inmediatamente después de 1945, la generación de nuestros padres dejó de lado el problema del mal porque para ella estaba cargado de sentido. El peligro que acecha a la próxima generación es descartarlo porque en la actualidad tiene muy poco sentido. ¿Cómo podemos impedirlo?

Referencias:

* ESTE ARTÍCULO FUE EXTRAÍDO DE UNA CONFERENCIA QUE PRONUNCIÓ EN BREMEN (ALEMANIA), EL 30 DE NOVIEMBRE DE 2007, CUANDO RECIBIÓ EL PREMIO HANNAH ARENDT.
(1) NDLR: El fenómeno se acentuó entre 1948 y 1953 cuando Stalin, en sus últimos días, desencadenó una violenta represión contra los judíos de la URSS, que culminó con el complot llamado de las “Blusas Blancas”. Ese decurso antisemita no le había impedido apoyar política y militarmente a las fuerzas judías en la guerra de 1948 contra los palestinos y el mundo árabe.
(2) NDLR: Es evidente que el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina y su proceso en Jerusalén, en 1960-1961, contribuyeron a esta toma de conciencia.
(3) Hannah Arendt, Essays in Understanding, 1930-1954, Harcourt Brace, Nueva York, 1994.
(4) Idith Zertal, Israel’s Holocaust and the Politics of Nationhood, Cambridge University Press, Nueva York, 2005, en especial el capítulo 1, “The Sacrificed and the Sanctified”.