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29 mar 2012

Entrevista a George Steiner | Juliette Cerf

Nietzsche, Heráclito y Dante son los héroes de su nuevo libro, Poésie de la pensée (Poesía del pensamiento) pero tendrán que esperar un poco. George Steiner nos recibe en su casa de Cambridge con una confidencia bromista, entre un trozo de panettone y un café: cuando comenzó a funcionar el Eurostar, proponía dar un chelín al primer niño que lograra ver un pez en el túnel bajo el Canal de la Mancha. "¡Los padres se quedaban pasmados!", nos cuenta riéndose el profesor de literatura comparada. Esta combinación de broma y de erudición, de inteligencia y de amabilidad es lo que caracteriza a George Steiner. Nacido en París en 1929, de madre vienesa y de padre checo que había presentido el horror nazi, este maestro de la lectura políglota descifró a Homero y a Cicerón desde su más tierna juventud, bajo la batuta de su progenitor, un gran intelectual judío, apasionado del arte y la música, que quiso despertar en él al profesor (el sentido literal de la palabra "rabino"). En 1940, la familia partió a Nueva York en el último barco que salió de Génova. Tras realizar estudios en Chicago y luego en Oxford, Steiner se unió en Londres a la redacción de The Economist. Volvió a cruzar el Atlántico para entrevistar a Oppenheimer, el inventor de la bomba atómica, que le hizo entrar en el instituto de Princeton. Fue el "momento crucial" de su vida. Además de publicar sus grandes libros, Tolstoi o Dostoyevski, Lenguaje y silencio, etc., en gran parte escritos a partir de la materia de sus clases, funda el Churchill College en Cambridge, se convierte en crítico literario del New Yorker y trabaja en la universidad de Ginebra. Una entrevista con un gran humanista europeo cuyo pensamiento ha dado la vuelta al mundo.


4 ene 2012

Las cosas por su nombre | Alfredo Jocelyn-Holt

Los gobiernos tienen la torpe costumbre de querer imponer su "visión" histórica. Tanto el ceremonial público (los homenajes y otras pérdidas de tiempo y recursos) como el currículo nacional son los principales instrumentos de ese accionar oficialista del cual los historiadores, con prudente razón, desconfiamos. Hace un año, fue tal el repudio de moros y cristianos que produjo el intento de rebajar las horas de historia en la programación curricular, que el Mineduc tuvo que echar pie atrás. Pero todo triunfo tiene sus costos, y ello desvió la atención de otras propuestas más discutibles que se han ido introduciendo. El ex ministro Bulnes, lo hemos visto, ha estado dedicado a parar ese otro extremismo: la marea estudiantil.

3 ene 2012

Pedagogos | Joaquín Trujillo



Entre las muchas distinciones ensayadas para entender a las grandes mentes que han dilatado nuestra percepción, hay una que a menudo implícita o explícitamente tenemos a la vista, pero que cierta pose desdeña con harta facilidad. Se trata de esa que distingue entre aquellas mentes que se dan a entender, que hacen un notorio y acaso natural esfuerzo por lograrlo, y aquellas otras que, a veces legítimamente, se contentan con hacer notar sus puntos sin agotarse en constatar si han sido anotados por su entorno. Es decir, se trata en suma de, por un lado, las mentes pedagógicas y, por el otro, las indiferentes a este pedimento.

Todos los grandes profetas de las grandes religiones o sabidurías fueron además portentosos pedagogos. Lo fueron Cristo, Buda, Mahoma y Zoroastro. Lo fueron Sócrates y Aristóteles. Lutero lo fue, como lo fueron Lessing, Schiller y especialmente Goethe. Los enciclopedistas franceses, y el solitario Jovellanos. Lo fue tanto Marx, como el didáctico Brecht. Bach fue un pedagogo de pedagogos en vida y —en la muerte— gracias a muchas de sus obras. El clavecín bien temperado es un ejemplo de la alta asignatura alcanzada por una manualística procedimental ideada para un instrumento entonces tan artificial. Las novelas de Balzac, Austen, Dickens y Víctor Hugo han sido obras de la más fina instrucción sociológica. Pero no es Joyce un pedagogo, ni lo es Virginia Woolf. No lo fue Hegel en sus momentos esotéricos, Rimbaud y Celan. No lo fue Wittgenstein, al menos no con la misma fuerza y preocupación que los anteriores. No lo fue Andy Warhol ni John Cage. pero sí Ezra Pound, en muchos de sus cantos por difíciles que sean, T.S. Eliot, con sus notas al pie que lo explicitaron y condenaron bajo una definición apresurada, Edith Stein como archivista de Husserl, profesora de tomismo y fenomenología; lo fue Arnold Schönberg con su escuela y su no-discípulo Hanns Eisler. Como la Cordelia del King Lear de Shakespeare, quienes carecen de pedagogía a veces adolecen de un exceso de genio. De ahí su incapacidad para explicitarse, para convencer e incluso para el fraseo. En cambio, el loco bufón de Lear, en su desparpajo, es capaz de convencer y domesticar a su errático amo.

2 ene 2012

Lecciones de los maestros | George Steiner

Después de pasar más de medio siglo dedicado a la enseñanza en numerosos países y sistemas de estudios superiores, me siento cada vez más inseguro en cuanto a la legitimidad, en cuanto a las verdades subyacentes a esta «profesión». Pongo esta palabra entre comillas para indicar sus complejas raíces religiosas e ideológicas. La profesión del «profesor» —este mismo un término algo opaco— abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación. Comprende numerosas tipologías que van desde el pedagogo destructor de almas hasta el Maestro carismático. Inmersos como estamos en unas formas de enseñanza casi innumerables —elemental, técnica, científica, humanística, moral y filosófica—, raras veces nos paramos a considerar las maravillas de la transmisión, los recursos de la falsedad, lo que yo llamaría —a falta de una definición más precisa y material— el misterio que le es inherente. ¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad? Por otra parte, ¿cuáles son los principales tipos de respuesta de los educados? Estas cuestiones desconcertaron a san Agustín y aparecen con toda su crudeza en el clima libertario de nuestra propia época.