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10 abr 2013

El arte de la evasión en puntas de pie | Juan Forn


Cuando Chejov llegaba a su casa de campo en Melikhovo, ochenta kilómetros al sur de Moscú, hacía izar una bandera para que los campesinos de la zona supieran que estaba. Había comprado esa casa, donde tenía viviendo a toda su familia, con el dinero que ganó como escritor, pero había empezado a escribir sólo para pagarse la carrera de médico (de hecho, firmaba con seudónimo esas “bagatelas”, para no arruinarse el nombre). Cuando triunfó, casi sin proponérselo, y sin creerse nunca del todo su calidad como escritor, a los únicos pacientes que atendía los atendía gratis, a la hora en que le golpearan la puerta. Una noche, tarde, estaba en Melikhovo sentado frente al fuego con amigos cuando lo mandaron llamar de afuera. Se demoró en volver y cuando le preguntaron el motivo de la tardanza dijo secamente: “Era una consulta”. ¿Tan tarde? ¿Alguien conocido? Chejov contestó, mirando al fuego: “Era una campesina. No la había visto en mi vida. Necesitaba láudano”. No se lo habría dado sin más, dijeron sus amigos. Luego de un largo silencio, Chejov contestó: “Vi en sus ojos que había tomado una decisión. Hay un puente de piedra sobre el río, acá cerca. Si se tira, va a padecer horriblemente antes de morir. Con el láudano le será más fácil”. Y, para cambiar de tema, se puso a hablar de literatura (cuando hablaba de literatura también lo hacía con el filo de un bisturí: a cada aspirante a escritor que le mandaba sus manuscritos le daba el mismo consejo: “Corten, corten, corten donde mienten. A todo cuento que escriban córtenle el principio y el final, porque ésos son los lugares donde más mienten todos los escritores”).

8 oct 2012

El Presidente que volvió del frío | Pablo Riquelme Richeda



Fue su último mensaje: “Tumbado aquí, puedo sentir claramente la presencia del ángel de la muerte”. El 22 de noviembre de 2006, un día antes de entrar en coma y morir envenenado en un hospital londinense producto de una sustancia radiactiva llamada polonio 210 (sólo fabricada en Rusia), el disidente ruso y ex agente del KGB Alexánder Litvinenko –calvo, cadavérico e inmovilizado– acusó a quien consideraba responsable de su situación: “Puede que consiga callar a un hombre, pero el rumor de las protestas en todo el mundo reverberará en sus oídos, señor Putin, hasta el final de su vida. Que Dios le perdone lo que ha hecho, no sólo a mí sino a mi querida Rusia y a su pueblo”.

7 jun 2011

El dilema entre Oriente y Occidente en la identidad cultural rusa | Pablo Moscoso

Cuando el año 1945 parecía llegar a su fin y el otoño caía sobre las ruinas aún humeantes del Viejo Continente, un discreto funcionario del Ministerio de Exteriores británico se paseaba por las calles de la abatida Leningrado. Se trataba de Isaiah Berlin -uno de los intelectuales más destacados del siglo pasado-, quien tras reunirse con los pocos poetas y literatos que aún quedaban en ese páramo estaliniano, redactó un extenso informe sobre la cultura rusa en el que aprehendió uno de sus grandes dilemas: "Rusia ha vivido en cierta medida aislada del resto del mundo y nunca ha formado parte integral de la tradición occidental".


Medio siglo después, El baile de Natacha: una historia cultural de Rusia, de Orlando Figes, vuelve sobre las huellas que dejó Berlin. Figes, historiador británico, es autor de prestigiosas y premiadas obras sobre la historia de Rusia. El baile de Natacha, título poco afortunado que el autor extrae de una escena de La guerra y la paz de Tolstoi, es un libro tremendamente enjundioso cuyas 800 páginas son leídas con facilidad gracias a una narrativa que, sin deslumbrar, es amena y poco pretenciosa.