8 may. 2009

XX. Historias del siglo veinte chileno | Fernando Purcell


Tal como en la exitosa aventura histórica referida al siglo XIX (XIX. Historias del siglo diecinueve chileno), estos siete «cazadores de sombras» nos invitan nuevamente a sumergirnos en diversas historias, esta vez del siglo XX. Destaco el plural, porque este  libro no pretende dar cuenta de «una» historia, sino de múltiples acontecimientos que, cual mosaico multicolor, le dieron vida a la centuria que hace tan poco dejamos partir. Lo que se propone aquí no es un trabajo de grandes pretensiones historiográficas, sino una invitación a fijar nuestra atención en ciertos episodios y procesos significativos que forman parte del transcurrir histórico de un siglo. 

El libro es una suerte de composición pictórica en que los autores, mediante trazos ágiles y dinámicos, con pinceladas cargadas de óleo espeso, fueron capaces de plasmar siete paisajes históricos en sus telas. Cada cual aportó con su propio estilo escogiendo pinceles, colores y texturas diferentes para sus retratos. 

A diferencia de XIX. Historias del siglo diecinueve chileno, que incluyó a figuras emblemáticas de la historia de Chile como Portales, Bilbao o Balmaceda, varios de los protagonistas de XX. Historias del siglo veinte chileno serán menos familiares para algunos lectores, aunque terminarán siendo cercanos tras haber compartido con ellos experiencias de vida en torno a acontecimientos como la reforma agraria, las revueltas universitarias de fines de los sesenta o las protestas y cacerolazos de 1983. La proximidad también se hará evidente gracias a que, individual o colectivamente, muchos lectores habrán mantenido latente la memoria de episodios un poco más lejanos en el tiempo, como la matanza del Seguro Obrero en 1938, el intento de golpe de Estado de Ariosto Herrera en 1939 o la llegada del «Cristo de Elqui» a Santiago.
 
Más allá de la cercanía cronológica con los eventos relatados, destaco la contribución de este equipo de historiadores para la valoración de un fragmento reciente de la historia de Chile que ha sido recurrentemente opacado por períodos anteriores, sobre los que tradicionalmente se ha levantado la matriz histórica de la identidad nacional. A diferencia de lo que muchos piensan o pretenden, nuestra identidad histórica no terminó de forjarse con la Guerra del Pacífico. El proceso ha continuado vigente y cobra especial relevancia hoy día a propósito de las celebraciones del Bicentenario y sus inherentes esfuerzos retrospectivos. Este libro nace por tanto en una coyuntura favorable, en la que es pertinente reexaminar nuestra identidad histórica, incorporando a protagonistas inéditos o subvalorados y episodios que sirvan de referentes identitarios que complementen los ya existentes.
 
Pero el mérito de la obra no descansa solamente en su oportunidad sino en la frescura de plumas ágiles que nunca dejan de lado aspectos cotidianos de la experiencia humana. En conjunto, los autores brindan un complemento a aquellos libros de investigación dura, cuyos resultados suelen ser leídos solo por historiadores. Aquí hay un notable esfuerzo por la divulgación histórica, sin renunciar por ello al rigor investigativo. XX. Historias del siglo veinte chileno invita a la lectura no solo al erudito y al especialista sino a un público variopinto; y si esto ha sido posible es porque estos siete jóvenes historiadores logran resolver la inquietud de muchos de sus pares, entre ellos Claudio Rolle, quien nos recuerda que si la vida no es aburrida la narración histórica tampoco debiera serlo: «… ha sido la historiografía la que se ha vuelto “pesada” y “aburrida”, tediosa, traicionando así la misión de dar cuenta de la vida del pasado con toda su riqueza de colores y sonidos y aun de matices –dentro de ellos– con toda la confusión e incertidumbreque proyecta el conocimiento fragmentario de fenómenos únicos e irrepetibles». Así, las historias del siglo XX chileno que recoge este ejemplar no conducen al hastío porque los autores privilegiaron deliberadamente el colorido de la experiencia humana por sobre la fría estructura interpretativa desvinculada del hombre de carne y hueso.
 
Si repasamos los relatos que componen el libro nos encontraremos con ejemplos de lo anterior en todos y cada uno de ellos. En «CHILE EN 1910. EL CENTENARIO DE LA MUERTE», Andrés Baeza nos invita a visitar el hito de un Centenario que estuvo marcado no solo por las celebraciones y el balance de los ensayistas críticos, sino por la superstición y la muerte. La superstición derivada del paso del cometa Halley en 1910, que para muchos constituyó una señal del apocalipsis, y la muerte, que, más allá de ser habitual y esperable en aquellos años, no lo era tanto para Pedro Montt, Presidente de la República fallecido en Alemania a un mes del Centenario. El capítulo rescata la dimensión humana del suceso al narrar, entre otras cosas, las circunstancias del regreso a Chile con los restos embalsamados de quien estaba llamado a presidir las celebraciones de septiembre de 1910. El deceso fulminante de Elías Fernández, sucesor interino de Montt, pocos días después, constituye el epílogo de una serie de hechos trágicos que explican por qué fue Emiliano Figueroa quien terminó encabezando la celebración oficial del Centenario.
 
Andrés Estefane nos relata en «CRÓNICA DE LA PRIMERA VENIDA DEL CRISTO DE ELQUI» una de esas tantas historias mundanas que, a pesar de romper la rutina del acontecer cotidiano e incrustarse en la memoria colectiva, suelen quedar ausentes de los grandes relatos históricos. Se trata de la historia de Domingo Zárate Vega, un predicador estrafalario conocido como el «Cristo de Elqui», quien saltó a la fama a inicios de la década de 1930 por sus prédicas y carácter místico. Parte de su fama tuvo que ver con un milagro muchas veces ensayado que consistía en volar desde los árboles, «entregándose confiadamente a los vientos». Solo acumuló una saga de costalazos que, lejos de desanimar a sus seguidores, convenció a muchos de la necesidad de redoblar su fe para hacer posible el milagro. De largo peregrinar por el país, su trayectoria fue lo suficientemente atractiva para cautivar a escritores de la talla de Nicanor Parra, quien lo inmortalizó desde la literatura. Estefane contribuye hoy a su inmortalización desde la historia. 

Juan Luis Ossa, por su parte, rescata uno de los numerosos episodios sangrientos de la historia de Chile del siglo XX. En su «AUGE Y CAÍDA DE UNA ILUSIÓN MESIÁNICA» se hace cargo del «nacismo» con «c», versión chilensis. A partir del protagonismo de Jorge González von Marées, Ossa logra dar cuenta de las múltiples tensiones originadas a partir del complejo escenario preelectoral de 1937, que terminaría por consagrar al Frente Popular chileno con Pedro Aguirre Cerda a la cabeza. Se logra aquí un buen balance entre historias mínimas, como el temprano y oculto uso de grabaciones registradas en discos de acetato para su uso político, y grandes episodios como la matanza del Seguro Obrero el 5 de septiembre de 1938. Es aquí donde se concentra la atención de un capítulo que describe muy bien el ambiente político e ideológico de la época, así como el drama humano detrás de la masacre de 59 jóvenes del Movimiento Nacional Socialista chileno, hecho que condenó de muerte al «nacismo a la chilena».

«EL ARIOSTAZO: LA POLÍTICA POR OTROS MEDIOS» es también una historia fascinante, en la que Joaquín Fernández pone de manifiesto que el intento golpista de Ariosto Herrera, el 25 de agosto de 1939, fue el resultado no solo del descontento militar sino del vínculo entre parte de la oficialidad militar y sectores políticos desplazados, temerosos del ascenso al poder del Frente Popular. Como parte de la puesta en escena aparecen episodios palpitantes, como la negativa de casi todos los parlamentarios conservadores a asistir a la ceremonia de transmisión del mando de Pedro Aguirre Cerda, el enojo del general Herrera con un manifestante que flameó un «trapo rojo» colgado de una ventana de La Moneda, y las operaciones de inteligencia del gobierno radical que permitieron la detención de conspiradores mientras jugaban al póquer. Finalmente, el relato se concentra en los interesantes pormenores de la organización de un fallido golpe de Estado que culminó con la congregación de más de veinte mil personas frente a La Moneda, para defender la institucionalidad del gobierno de Aguirre Cerda.

En «DE PIJES A REVOLUCIONARIOS», Cristóbal García-Huidobro contribuye con un minucioso relato de la famosa toma de la Universidad Católica propiciada por el movimiento estudiantil reformista en 1967. A través de la narración se dejan entrever interesantes entretelones de la toma, como las circunstancias en las que se colgó el famoso cartel en el frontis de la Universidad, ese que decía: «Chileno: El Mercurio miente». Junto a lo anterior hay también un análisis profundo del contexto nacional en el que se gestó el episodio, y los efectos de un movimiento estudiantil que logró cambios importantes dentro del plantel, incluido el cambio de autoridades. 

Lo que propone Nicolás Ocaranza en «RANGUE: DEL LATIFUNDIO AL CHILE POSDICTATORIAL» es una historia de largo aliento, porque su artículo abarca desde 1599 hasta nuestros días. Sin embargo, se sitúa prioritariamente en los años de la reforma agraria, entre los esfuerzos de la Iglesia Católica de 1962 y la «reforma agraria del macetero» de Alessandri, y en lo acontecido con la propiedad agrícola en los períodos de Frei, Allende y Pinochet. El valor del artículo está en su análisis de un microcosmos como el de Rangue, en las cercanías de la laguna de Aculeo, zona rural que vivió de modo particular las disputas ideológicas de las décadas de 1960 y 1970, así como el terror de las muertes y detenciones durante la dictadura militar. Con una metodología que incorpora testimonios orales, el capítulo logra cautivar al lector, quien penetra desde las vicisitudes del proceso de reforma agraria en las fauces de uno de los períodos más turbulentos de nuestra historia. 

Cerrando el siglo aparece el trabajo de Pablo Moscoso, «1983. HISTORIA DE UN AÑO DE PROTESTA», que nos transporta al invierno de 1983 destacando los pormenores que dieron forma a una cadena de protestas iniciadas el 11 de mayo de aquel año, día en que, como nos dice el autor, Meteorología pronosticaba 18 grados de temperatura máxima y cielos parcialmente nublados. Con un estilo que reconstruye muy bien las sensaciones y sucesos de aquellos meses, el autor pasa revista a los condimentos esenciales de un año turbulento, aquel que marca la llegada del otoño del régimen militar. Luego vendrían las intensas negociaciones políticas y el protagonismo cada vez mayor de los reconfigurados partidos políticos de cara al plebiscito de 1988.
 
Nada de lo descrito hubiese sido posible sin la influencia de elementos inspiradores que catapultasen a los autores al deslumbrante mundo de los libros, documentos, imágenes y testimonios sobre los que se construyeron estas historias del siglo XX. Experiencias personales y recuerdos de juventud, relatos que pululan en la memoria colectiva, así como ese espíritu de búsqueda insaciable del historiador que se fascina a diario con mundos pretéritos que se cruzan frente a sus ojos, motivaron a estos autores a compenetrarse con estas mínimas y grandes historias de un siglo XX cuyos protagonistas cobran cada día más interés en nuestra sociedad. No queda más que comenzar la lectura agradeciendo el esfuerzo de sus autores y su renovado compromiso con el oficio del historiador.

Fernando Purcell
© Ediciones B Chile S.A., 2008