Para dimensionar la magnitud sin precedentes que el Estado democrático moderno ha alcanzado en Europa, es necesario recordar el parentesco histórico entre dos movimientos que surgieron junto con tal Estado: el liberalismo clásico y el anarquismo. Ambos movimientos estaban motivados por la hipótesis errónea de que el mundo se dirigía hacia una era de debilitamiento del Estado. Mientras que el liberalismo quería un Estado mínimo que guiara a los ciudadanos de un modo casi imperceptible —permitiéndoles dedicarse a sus negocios en paz—, el anarquismo propendía la muerte total del Estado. Impulsaba a ambos movimientos una esperanza típica del siglo XIX europeo: que el saqueo del hombre por el hombre no tardaría en llegar a su fin. En el primer caso, esto resultaría de la eliminación de la explotación por parte de las clases improductivas, es decir, la abolición de la nobleza y el clero. En el segundo caso, la clave era reorganizar las clases sociales tradicionales en grupos pequeños que consumirían lo que ellas mismas producirían. Pero la historia política del siglo XX —y no sólo en sus extremos totalitarios—, resultó desagradable tanto para el liberalismo clásico como también para el anarquismo. El Estado democrático moderno se transformó gradualmente en un estado deudor, dentro del espacio de un siglo en que hizo metástasis, para terminar convirtiéndose en un colosal monstruo- uno que respira y escupe dinero.
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5 sept 2012
La mano que agarra | Peter Sloterdijk
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8 may 2012
Un thriller político chino que puede desembocar en reformas | Timothy Garton Ash
¿Qué está sucediendo en China? Esta es probablemente la pregunta política más interesante que se puede hacer hoy en el mundo, y la más difícil de responder. El caso de Bo Xilai, por lo que han reconocido oficialmente o por datos a los que otros testimonios dotan de bastante verosimilitud, es digno de un thriller político de los que el público devora. Sin embargo, sus causas profundas están relacionadas con el extraño sistema sin precedentes de capitalismo leninista surgido en China durante los últimos 30 años. Los cambios posibles que puede generar en ese sistema —o quizá, algún día, del sistema entero— influirán más en el mundo del siglo XXI que todo lo que pasa hoy en Washington, Moscú, Nueva Delhi o Bruselas. Tras los muros del complejo en el que se encierra la dirección del Partido Comunista, junto a la antigua ciudad prohibida, el espectro de Hegel se ha mezclado, por alguna razón, con Robert Ludlum.
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