21 abr. 2011

Los cuatro jinetes de la depresión | Pablo Moscoso

En uno de los últimos diálogos de la película El huevo de la serpiente, Ingmar Bergman lanzó, a través de la voz del profesor Vergérus, un fascista empedernido, su nefasta profecía sobre la Alemania nazi: "Y entonces habrá una revolución, y nuestro mundo se hundirá en sangre y fuego. En 10 años, no más". Amparado en la claridad que a veces otorga el transcurrir del tiempo, retrató de forma magistral la Europa del período de entreguerras, la década del 20.

Justamente sobre la historia de ese naufragio vuelve Los señores de las finanzas, de Liaquat Ahamed, un consultor de inversiones con una notable e inaudita disposición narrativa e historiográfica. El libro es el relato de lo que en su momento se consideró el apocalipsis de la sociedad occidental, la Gran Depresión. Manejando un marco temporal que discurre entre los inicios de la Primera Guerra Mundial y las postrimerías de la década del 40, Ahamed narra la historia de la Gran Depresión "por encima de los hombros" de aquellos individuos que dirigían los bancos centrales más importantes del mundo al momento de estallar la crisis.
Se trata del otrora "club más exclusivo del mundo", conformado por Montagu Norman, "neurótico y enigmático", a cargo del Banco de Inglaterra; el "xenófobo y desconfiado" Émile Moreau de la Banque de France; a la cabeza del Reichsbank, un "rígido y arrogante" Hjalmar Schacht; y, en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, Benjamin Strong, "bajo cuya apariencia enérgica y dinámica se ocultaba un hombre herido y abrumado".

Cuatro individuos que, empero, cargan hoy en día con una paradoja fundamental y, tal vez, un tanto irónica: "Hay algo muy conmovedor en el contraste entre el poder ejercido un día por estos cuatro hombres y su casi total desaparición de las páginas de la historia. Estos cuatro hombres quedaron sepultados bajo los escombros del tiempo y actualmente no significan nada para la mayoría".

Así, sumergiéndose en las sombras del olvido, Ahamed va rescatando las hebras más finas que conforman la vida de cada uno de estos individuos, hilachas que corren desde sus orígenes familiares hasta los líos de faldas y manías por doquier. De cierto modo, Los señores de las finanzas constituye una suerte de biografía escrita a cuatro bandas que, lentamente y casi a fuerza del destino, comienzan a confluir en un mismo relato, una misma década llena de contradicciones de auges y estrepitosas caídas. Así, como si se tratase de una caja de resonancia, los "hombros" de estos cuatro individuos van abriendo "la historia del paso de la atronadora prosperidad de los años 20 a la Gran Depresión".

Ahora bien, cabe reconocer que la interpretación de Ahamed para explicarnos la debacle de los años 20, ese doblete causal que pone el acento en el tratado de Versalles y el retorno al patrón oro, carece de novedad. Diversos historiadores han demostrado el punto. De ahí que corresponda preguntarse dónde reside la novedad y mérito de este libro que, por lo demás, fue premiado con el Pulitzer de historia 2010.

En primer término, se trata de una narrativa encomiable, capaz de generar esa ilusoria sensación, a ratos esquiva a los historiadores de academia, en la que el pasado queda suspendido para convertirse en una especie de presente que está siendo, abierto aún a sus múltiples posibilidades. Valiéndose de estos conspicuos personajes, cada uno a su manera abrió las múltiples dimensiones del devenir de aquella atribulada época.

Pero la apuesta de Ahamed resulta igualmente audaz en virtud de la distancia que toma de las historias anónimas, muy de nuestros tiempos, para mostrarnos una de individuos concretos y falibles. ¿Una nimiedad? No tanto. Nos hemos acostumbrado a una historia de grandes masas, estructuras y procesos en las que al ser humano, los individuos concretos, no les queda más que cumplir el rol de espectador y notario. Literalmente, las cosas pasan, suceden, estemos o no.

En esto, el contrapunto con Bergman es ilustrador: mientras el cineasta sueco utilizó a un demente perfectamente malvado y obvio para encarnar el aciago porvenir, Liaquat Ahamed recurrió a personajes simplemente humanos, sujetos de decisiones éticas que, en un tiempo dado, actuaron y erraron. En el caso particular de Los señores de las finanzas, fueron cuatro hombres los "que arruinaron el mundo". ¿Es posible que unos cuantos, no obstante su enorme poder y gloria, sean capaces de derribar los supuestamente incólumes cimientos de una sociedad? En definitiva, ¿puede depender el futuro de una sociedad de lo que decida un puñado de personas que contaríamos con las dos manos?

Ahamed, con solvencia, nos hace creer que sí, y apuesta firme a que fueron estos banqueros los que socavaron, a lo largo de una década, el andamiaje capitalista. Tal como reconoce al finalizar el libro, el tsunami de miseria que se propagó por el mundo no fue obra de "unas misteriosas e inexorables fuerzas tectónicas", mucho menos de una "contradicción arraigada en el capitalismo". Antes bien, la Gran Depresión fue el "resultado directo de una serie de juicios erróneos por parte de los responsables del establecimiento de la política económica (…) la más dramática serie de errores garrafales colectivos jamás cometida por los altos funcionarios financieros".

Así, pecando de ese dogmatismo religioso con que los economistas, de ayer y hoy, suelen recubrirse, estos personajes fueron los encargados de asumir la peor medida económica de todas: el regreso del patrón oro.

Justamente, esto es lo que acaba por inquietar con el libro; nos deja ante una ortodoxia que no es privativa de estos náufragos de la historia. Inside job, el documental que trata sobre la crisis de 2008 y que mereció un Oscar, va al mismo punto. Ambos, libro y película, atacan, desde distintas ópticas y tiempos, la ortodoxia de los economistas, aquellos principios que se plantean como verdades reveladas. Ayer fue con el patrón oro. La salmodia de hoy, creo, la conocemos: desregulación a ultranza. En definitiva, se trata de un libro escrito para narrar las arrogantes idioteces del pasado y que, sin embargo, sirve como antídoto, o al menos profilaxis, contra las del presente.

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