11 abr. 2012

Roma en el Potomac | Alfredo Jocelyn-Holt

Este año los cerezos en flor de Washington se adelantaron como nunca a causa del calor, uno de los inviernos más tibios que se recuerden. Se está a dos semanas de que todavía llegue la comitiva oficial japonesa que viene a celebrar los 100 años de la primera plantación, regalo de la ciudad de Tokio. Una pena. Lo de los cerezos es efímero -en blanco rosado sólo duran 14 días- y cuando estallan, como el fin de semana pasado, se convierten en felicísimo evento nacional: anuncian la llegada de la primavera, este año más estival que nunca.


No exagero con lo de nacional. Fácilmente un millón de personas, muchas de fuera de la capital y el país, se vuelcan a la avenida que bordea la laguna a los pies del Jefferson Memorial en callado paseo y asombro. Sacan sus fotos, inspeccionan las ramas y brotes, contemplan; desde aquí, además, en panorámicas vistas hacia los cuatro puntos cardinales. El monumento es una rotonda de purísimo mármol cuyo eje está perfectamente alineado con la Casa Blanca, de modo que Obama en su despacho, también oval, está a ojo a ojo con la estatua de Jefferson (5,8 metros de altura) a un poco más de un kilómetro sin mediar obstáculo alguno. Quienes diseñaron la ciudad (L'Enfant y Washington) eran agrimensores, y algo sabían de métrica poética; el diseño espacial no puede ser más limpio, rítmico y racional.

Artificioso, claro que también. El casco histórico de esta ciudad impresiona, pero como podría hacerlo una escenografía dieciochesca, utópica, como ni siquiera el siglo XVIII europeo la construyó, sólo la pudo imaginar. Los principales edificios, la mayoría ministerios y museos, datan de los siglos XIX y XX, y eso que evocan, en su grandiosidad y elegancia neoclásica, una Roma, a su vez, también imaginada. En fin, una "visión" de lo que habría de ser los EEUU y que algunos sectores, a favor de un propósito federal, imperial, han seguido promocionando. Washington ambicionando una ciudad magnífica, mientras que Jefferson contemplaba una aldea pequeña, sureña, para así no pasar a llevar a los poderes locales (los derechos de estados confederados), lo menos centralizadora posible. Por cierto, Washington terminó imponiéndose, y por eso la ciudad lleva su nombre.

El efecto que produce una ciudad como ésta es clásico, induce a pensar en decadencias. Pero, curiosamente, no pasa lo que le ocurriera a Gibbon y a Bolívar cuando ponderaban melancólicamente sobre Roma desde sus colinas. No se está frente a una civilización desaparecida. Uno entra a la National Gallery of Art o a la Biblioteca del Congreso y de inmediato se vuelve consciente de que estas instituciones custodian la cultura occidental. Uno camina por los parques, museos y monumentos y el orgullo cívico no termina por impactar. Y no sólo a causa del sentimiento de los políticos y arquitectos detrás de tan hábil diseño propagandístico, sino por los ciudadanos a pie que acuden en masa y peregrinan a esta Meca cívico-republicana. No sólo a ver los cerezos en flor, sino tras algo menos efímero: para reafirmarse en la creencia de que su país es el más poderoso todavía de la tierra. Quizá por eso los altos costos de mantención y problemas pendientes, también su indiscutible fuerza.


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