26 feb. 2011

Algo va mal: las últimas reflexiones políticas de Tony Judt | Pablo Moscoso

En 1919, en medio de las ruinas de la Europa decimonónica, el historiador holandés Johan Huizinga supuso que "cada época suspira por un mundo mejor y que cuanto más profunda es la desesperación causada por el caótico presente, tanto más íntimo es ese suspirar". Hoy en día, sin embargo, este adagio probablemente esté frustrado por un presente que, para muchos, proyecta una imagen triunfal, omnímoda. 

A contrapelo de esta autocomplacencia, Tony Judt en Algo va mal se propone resucitar este acto en apariencia tan trivial de anhelar un mundo mejor, preguntándose "¿por qué nos resulta tan difícil imaginar otro tipo de sociedad?". Nacido en Inglaterra, Judt desarrolló su carrera profesional en Estados Unidos y es autor de Postguerra, sin ambages, uno de los libros de historia más descollantes que se han escrito en el último tiempo. Murió en agosto de 2010 víctima de una esclerosis que lo tenía totalmente paralizado.
Algo va mal, su última obra publicada en vida y escrita en condiciones infaustas, es una respuesta a esta complacencia, un intento desesperado y a ratos romántico por responder a quienes pretenden ponerle un candado a la historia y sentarse en sus laureles. En poco más de 200 páginas escritas con notable holgura, este historiador embiste contra nuestro tiempo, declarando de entrada que "hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy". Sin más, se lanza contra las dos últimas décadas de pax económica del libre mercado, contra la obsesión por la creación de riqueza, contra el culto a la privatización y el sector privado.

Su ensayo, una invectiva de disconformidad y crítica al "consenso de Washington" en torno al neoliberalismo, propone, a contrapelo, una reivindicación de ciertas nociones básicas de las socialdemocracias y del Estado del Bienestar, aunque, claro, sin caer en la estéril nostalgia del todo pasado fue mejor. En realidad, el texto está lleno de críticas a la izquierda y al socialismo, a su falta de relato e impotencia y, en última instancia, a su fracaso histórico. De ahí que nos cuestione: "¿Estamos condenados a dar bandazos eternamente entre un 'mercado libre' disfuncional y los tan publicitados horrores del 'socialismo'?"

Respensar el Estado

Entre estas dos caras de los fanatismos del siglo XX, Tony Judt plantea un ensayo lleno de intuiciones en el que, por sobre todo, se nos invita a revalorizar la idea de lo público, en el que se defiende el rol del Estado en áreas en las que hoy probablemente respingaríamos la nariz; ¿ferrocarriles, carreteras, pensiones, educación? Pues sí, Judt sugiere una y otra vez la "posibilidad y ventajas de la acción colectiva para el bien común", a sabiendas de que hay algo que se perdió.

En efecto, en esa pérdida que es el desmantelamiento de lo público y del Estado en pos de la no intervención y de una mayor "libertad", el autor intuye una paradoja que quizás desde Chile no sea tan difícil de comprender: a saber, que este proceso económico de repliegue estatal lejos de conllevar a una disminución del poder del Estado y su capacidad de abusar del individuo, ha implicado su fortalecimiento. "La pérdida de un propósito social articulado a través de los servicios públicos en realidad aumenta los poderes de un Estado todopoderoso", escribe. Ciertamente una paradoja que a los clásicos del liberalismo, De Tocqueville y Stuart Mill por ejemplo, ampliamente citados por Judt, de seguro rechazarían.

Sin embargo, como trasfondo a este diagnóstico crítico, Tony Judt desnuda las ironías de nuestro tiempo, las contradicciones de una época que se precia definitiva, abierta y privada, pero que se sustenta sobre un elemento que de tan obvio tendemos a olvidar: la historicidad de lo humano, sí, incluso de aquellas grandes obras e ideas que se suponen eternas pero que, tarde o temprano, sucumben al tiempo y las generaciones. Es lo que sucedió al "consenso keynesiano" del Estado de Bienestar, es lo que sucedió con la caída del comunismo, es lo que está sucediendo con el consenso en torno al neoliberalismo: "Así pues, ¿qué deberíamos haber aprendido de 1989? Quizás, sobre todo, que nada es necesario e inevitable".

Lo notable de esta perspectiva es que Judt remonta el tiempo para explicar de forma sintética la genealogía tanto de la socialdemocracia como de la economía de libre mercado, y describir el momento y condiciones históricas que posibilitaron que cada una emergiera. Y ambas, con todas sus diferencias, surgen como respuesta a las debacles políticas y económicas del período de entre guerras. 

Ante este panorama, Algo va mal plantea la pregunta que no puede eludir: qué hacer, qué ofrecer como alternativa a lo que él llama una época de pigmeos políticos. En definitiva, cómo erigir una nueva narrativa que reemplace el mantra valorativo de la privatización y el Estado mínimo, a sabiendas que la otrora exitosa fórmula socialdemócrata -para qué hablar del marxismo o socialismo a los que el autor les puso lápida-, ha caído en el descrédito.

Judt enseña una apuesta en la que busca repensar el Estado, renovar la conversación pública, reabrir la cuestión local y desarrollar una nueva narración moral que supere los vacíos éticos a los que nos hemos acostumbrado. Sin embargo, lo más meritorio de su respuesta al qué hacer, es la conjunción de dos actitudes que pueden sonar dispares: la disconformidad activa que clama por "personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria", puesto que "una democracia de consenso permanente no será una democracia mucho tiempo", con elementos de prudencia, defensa, cautela.

Desechando el reformismo radical que ha caracterizado a la izquierda desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, Tony Judt realiza un giro hacia una especie de conservadurismo en el que nos sugiere, apoyándose en Edmund Burke, acérrimo conservador inglés del siglo XVIII, que "todos los argumentos políticos deben empezar con una valoración de nuestra relación no sólo con los sueños de un futuro mejor, sino con los logros del pasado: los nuestros y los de quienes nos precedieron".

Apuesta sencilla pero audaz con la que, aparte de situar a la derecha en el torrente "modernista de destruir e innovar en nombre de un proyecto universal", da las claves para el replanteamiento de la izquierda: hacer el duelo del socialismo para revalorizar una socialdemocracia que, a pesar de no representar ni un futuro ni pasado idílico, sería, al menos para Tony Judt, "la mejor de las opciones que tenemos hoy".

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