26 feb. 2011

Dictadores | Alfredo Jocelyn-Holt

Aunque paradójico, no hay nada más vulnerable que el poder, y eso porque, al final de cuentas, no significa nada. Puede que abuse, sea cruel, y despierte lo peor en quien cree que lo posee (esto de "poseer poder" es una tautología, un sin sentido), pero he ahí también su debilidad. No pasa de ser una creencia y además falsa, potente mientras dura (de nuevo un pleonasmo), pero que se hace nada en el aire cuando deja de fascinar, no se le teme, o cesa su necesidad.

Lo hemos visto estas semanas a raíz de lo que sucede en el Norte de Africa. Curiosamente, nada muy espectacular o dramático en términos convencionales: ningún asalto a mano armada a los palacios por turbas enfurecidas (el modelo "revolucionario" jacobino y bolchevique), ningún golpe de Estado por juntas militares (el modelo "gorila" latinoamericano), tampoco una gran conmoción con trasfondo religioso o seudo-religioso (las variables "mesiánicas" iraní y china). Parecido, quizás, al derrumbe de los ex países de la órbita soviética, aunque sea muy prematura la comparación.
Es que lo que ha sorprendido, esta vez, ha sido la debilidad de aquello que a la víspera parecía tan formidable, al punto de revelarse patético, cómico incluso. Apócrifo o no, el solo hecho de que se dijera que Mubarak y Ben Alí cayeron enfermos ("en coma") luego de que tuvieron que abandonar el poder, confirma el famoso axioma de Giulio Andreotti: "El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene". Y mejor prueba de ello no hay que la supuesta brutalidad de la mujer de Ben Alí para con su marido. Que al abordar el avión rumbo al exilio, le dijera "¡Sube, imbécil! ¡Toda mi vida tendré que soportar tus estupideces!", llevó a un agudo bloguero anónimo a calificar la anécdota de "maltrato animal".

El patetismo ha sido también desalmado. Gaddafi ordenando bombardear a su pueblo supera todos los límites imaginables. El terror aquí ni siquiera finge ser un medio de poder; es simplemente su demostración más extrema de la desesperación. O Yo el Supremo en el poder y con poder omnímodo (de nuevo la reiteración ad absurdum), o nadie: ese es el mensaje.

Basta mirar las fotos de Muammar Gaddafi, a lo largo de sus ¡41 años  de poder! para darse cuenta de que hasta el calificativo de dictador no le es enteramente apropiado. Los romanos consideraban magistraturas a las dictaduras; le asignaban al menos una fecha de término. Aun estirando el concepto, Napoleón, Juan Manuel de Rosas, Stalin, Franco, Pinochet, todos ellos son encarnaciones modernas de esa idea de dictadura. Mubarak, quizá, también lo fue, pero definitivamente Gaddafi y su degradación cínica calza en otra tipología, con lo que los antiguos definían muy bien y llamaban tiranía. No en el sentido de un "gobierno", sino de un abuso, de una pasión que arrastra el entendimiento y ejerce total dominio sobre la voluntad propia y ajena. Por eso a las dictaduras se les tiende a enjuiciar políticamente, mientras que a las tiranías sólo basta una condena moral.

No la manera patética, me temo, como censuramos últimamente. Recién anteayer el gobierno suizo, en una medida que parecía más calificación de riesgo país que censura, ordenó cancelar las posibles cuentas bancarias del líder libio en su país. Se hicieron los muy suizos: sólo ayer se enteraron.

1 comentario:

soleilaviv dijo...

Otro analisis a la situación en Libia

http://revistaoz.wordpress.com/2011/02/25/358/