9 oct. 2011

Torretti, Cordua | Joaquín Trujillo

La primera lectura filosófica de Roberto Torretti fue un segundo tomo de La decadencia de occidente de Spengler, que había en su casa. Tenía entonces 15 años. Antes, a los 3, había aprendido a leer por sí solo. Mientras, en el fundo de su padre ubicado en el Valle de Aconcagua, una niña, Carla Cordua, devoraba novelas de vaqueros, esas aventuras de los huasos del Lejano Oeste, y leía periódicos de punta a cabo.

Carla Cordua estudió filosofía en el antiguo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, hasta donde llegó Torretti, quien por esos tiempos cursaba tercer año de Derecho en la misma casa de estudios. Juan Gómez Millas había rescatado a Erwin Rüsch de los cerros de Valparaíso donde estaba cercado por una colonia alemana hostil y al profesor polaco Bogumil Jasinowski, sabios europeos que se quedaron a enseñar en Chile y a través de quienes Torretti y Cordua  pudieron ponerse en contacto con la alta cultura europea viva. Estos casos en la historia de Chile no han sido pocos, tampoco abundantes. Ocurrió, por ejemplo, a mediados del siglo XIX con Louis Antoine Vendel-Heyl -cercano a Saint-Simon-, quien habiendo naufragado en las costas de Chile, fue arrastrado a Santiago, por el informado Andrés Bello, lugar donde unos alumnos miserables del Instituto Nacional, los hermanos Amunátegui, pudieron nutrirse de sus conocimientos grecolatinos hasta el hartazgo.

Torretti y Cordua ya la habían experimentado gracias a la ardua lectura, los discos, los conciertos, el cine, es decir, gracias a todos aquellos soportes que han dado noticia entre los criollos de cuánto de la civilización se han perdido por persistir en la aventura americana, pero, hasta entonces, no habían tenido oportunidad de vivirla sin intermediarios.


Pasaron entonces a los estudios doctorales en una Alemania donde las ruinas dejadas por los bombardeos de la Segunda Guerra estaban todavía palpitantes. En aquel escenario gris, Torretti y Cordua se dedicaron de preferencia al estudio de las críticas de Kant. En la Universidad de Friburgo —donde Heidegger fuera rector en los primeros años del Tercer Reich— el antes proscrito sabio húngaro Wilhelm Szilasi dirigió la tesis doctoral de Torretti sobre Fichte y lo orientó hacia un estudio a fondo de Kant. Gracias a ello, Torretti pudo dar a conocer, años más tarde, su primera obra Manuel Kant: Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica (Santiago 1967). Acerca de ésta José Miguel Ibáñez Langlois escribió en El Mercurio: “cabe esperar justamente que la conciencia intelectual del medio se dilate y se haga digna de ellos [los libros como el de Torretti]”. Sin embargo, Torretti en aquellos años pretendía aplicarse al estudio de Hegel, filósofo al que finalmente Cordua  dedicaría muchos años de estudio cristalizados en cuatro de sus libros El concepto de arte en la estética de Hegel (su tesis doctoral), Idea y figura. El concepto hegeliano de arte, El mundo ético: ensayos sobre la esfera del hombre en la filosofía de Hegel y Explicación sucinta de la filosofía del derecho en Hegel.


Lo que sigue son décadas dedicadas a absorber el canon occidental. Torretti y Cordua vivieron en Nueva York, estuvieron hasta 1970 al frente del célebre Departamento de Humanidades de la facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, y desde ese año y hasta la década de los noventa, como profesores en la Universidad de Puerto Rico. En este tiempo, Torretti se moverá hacia las matemáticas y la física, y muy especialmente hacia una filosofía de la Teoría de la Relatividad de Einstein, cuya explicación y relación consciente con la tradición filosófica y geométrica occidental ha sido muy señalada. Ese mismo conocimiento acabado de Einstein lo llevará a escribir Inventar para entender (Creative Understanding), en la que postula una plástica filosofía de la inventiva científica. Por su parte, Cordua exploró interpretaciones de Wittgenstein, Kant, de Heidegger y recientemente Sloterdijk; ha mostrado una notable conexión espiritual con la obra de Kafka, Borges y el poeta chileno Juan Luis Martínez, y ha dado a la imprenta iluminaciones sin aparente conexión en esa tradición de Lichtenberg que va más allá de los meros aforismos.


¿Qué nos enseñan las vidas y la dedicación intelectual de Torretti y Cordua? Sus obras son filosofía de la nitidez, de la mejor pedagogía enciclopédica, pero también de la difícil ausencia de totalidades vacías. Siendo ellos progresistas sin reservas propias de la provincia, miraron con malos ojos desde temprano los defectos autóctonos de la Reforma Universitaria de los sesenta. Apoyando y poniendo todo de sí para el fortalecimiento de las instituciones del conocimiento y el conocimiento libre a secas, jamás adhirieron a aquella extendida dialéctica vulgar que tentó a tantos según la cual la realización de la civilización futura pasa necesariamente por el destrozo de la civilidad presente. Han mirado con suspicacia a los gurúes de turno y se han mantenido a resguardo de las modas frívolas y totalitarias de los siglos XX y XXI, pero no impulsados por la sospecha común al reaccionario defensor de la perpetuidad  y a aquel que simplemente no quiere ver devaluada la moda propia. Han sido profesores de filosofía en la más alta acepción, de aquellos profesores que sí impulsan a lanzar, pero otra clase de dardos. En pocas palabras: se han constituido no en la delgada línea, sino en la fina telaraña de un clasicismo poroso.


El jurado del premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales ha tenido la inteligencia de ver esta mutua imbricación y de premiarla con un galardón estatuido por la ley para un fin que a veces parece superfluo, pero que cumple con realizar el reconocimiento, ese que acontece en la civilización humana.

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