21 ene. 2013

El largo camino al Sahara Occidental | Pablo Riquelme Richeda


Km 0, Marrakech. 

Son las cinco de la tarde y el termómetro frente a la estación de trenes de Marrakech registra 45 grados Celsius. El viento caliente parece un secador de pelo abriéndose paso desde las montañas. Mi lengua es una lija, mi cuerpo necesita agua. En el frontis, dos niños juegan a mojar a la gente con las mismas botellas con pulverizador que los peluqueros usan para humedecer cabelleras. Al pasar, entre risas, me tiran agua.


La estación de trenes queda frente al Teatro Municipal, en el Guéliz, barrio de palmeras, edificios y tiendas de ropa exclusivas, adyacente a la ciudad amurallada. Refaccionada completamente en 2008, tiene wifi gratis, un McDonald's y un Kentucky Fried Chicken, entre otros cafés y restaurantes, y a diferencia del centro de la ciudad, aquí se puede tomar cerveza sin restricciones. En un pasillo frente al baño de hombres hay una pieza con la puerta abierta y varios pares de zapatos ordenados en la entrada. Un cartel dice "Sala de oraciones" en árabe y francés, y muestra la imagen de un hombre de rodillas sobre una pequeña alfombra realizando una plegaria.
Las líneas de tren que conectan el norte de Marruecos llegan hasta aquí. Antiguamente, los viajeros seguían hacia el sur en camello. Yo iré en un bus de Supratours, empresa que es una extensión de ONCF, la compañía nacional de ferrocarriles. Supratours cubre las rutas donde no llega el tren: hacia las montañas del interior, el sur de Marruecos (Agadir, Tan Tan, Tarfaya) y también al Sahara Occidental, hasta Dajla, lugar donde me dirijo.

A diferencia del norte de Marruecos, que está lleno de turistas, esta zona es apenas conocida. Recuerdo una cita de Paul Bowles: "Nadie que haya permanecido en el Sahara por algún tiempo sigue siendo la misma persona que cuando fue allí". Y no hay Sahara más genuino que éste. Las guías de viaje no tienen buena información sobre el Sahara Occidental, y la ruta no está exenta de riesgos debido a la tensión política y social. Esta zona es el único lugar de África donde el proceso de descolonización realmente no ha terminado;.Según la ONU, es territorio en disputa, ocupado por Marruecos. Este paño de desierto y costa -tres veces la Región de Aysén- es reclamado por la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). La ONU espera -hace dos décadas- un referendo de autodeterminación que zanje la soberanía. Yo espero el bus.

El chofer tiene unos 50 años y fuma cigarros mientras lee el diario apoyado en nuestro transporte: un bus marca Irizar, que es una empresa carrozera española con sede productiva en Marruecos, lo cual comienza a dar pistas sobre los estrechos vínculos e intereses comerciales que unen a ambos países. La máquina tiene capacidad para 40 pasajeros y no tiene baño. Los pasajeros somos cinco residentes y cinco turistas -dos jubilados andaluces, dos veinteañeras francesas y yo.

Km 726, llegando a Tarfaya. 

Comienza a clarear: una señalética indica que faltan 17 kilómetros para Tarfaya. Ahora soy el único turista en un bus copado de marroquíes. Los andaluces y las francesas se bajaron en Agadir.Durante la tarde anterior cruzamos el Alto Atlas, donde fue rodada la escena en que Cate Blanchett recibe un balazo en la película Babel. En el cabeceo, la imagen de una bala perdida entre las frías colinas resultó inquietante: ¿qué podríamos hacer a bordo con un herido a bala?

Bajando las curvas de las montañas el sol se escondió tras el Atlántico y a las 10 de la noche llegamos a Agadir, donde hicimos una escala de tres horas. Hubo tiempo para comer, rezar y caminar.Agadir es conocida como la "Miami" de Marruecos. Con sus playas, palmeras y resorts, Agadir es el centro del turismo y motor económico del sur marroquí, su puerto principal y, además, la última ciudad con más de 200 mil habitantes hasta Nuakchot, la capital mauritana, 1.700 kilómetros hacia el sur.

Fui el último en regresar al bus, que esperaba con el motor encendido para dejar Agadir atrás. En mi lugar encontré a una señora envuelta en un colorido velo conversando con otra señora. Sin tiempo para recobrar mi asiento, me ubiqué en el único vacío, la ventana tras las dos señoras. A poco de partir, las mujeres reclinaron sus respaldos a más no poder y roncaron el resto de la noche mientras el bus bordeaba el Atlántico bajo la noche norafricana. Nadie en el bus parecía interesado en el paisaje excepto yo.

Ahora, unos pocos kilómetros antes de Tarfaya observo pequeños campamentos con jaimas, las tiendas usadas por los nómades del desierto. Bidones de plástico amontonados y basura acumulada por meses dan la sensación de que la vida allí es más bien sedentaria. Al salir el sol, los camioneros detienen sus máquinas y rezan en pleno desierto, al borde de la carretera.

Km 743, Tarfaya.

El bus se detiene en Tarfaya por un problema con el motor. La aparición de un mecánico recién despertado da tiempo para dar una vuelta por las deshabitadas calles del pueblo. El lugar es una caleta de pescadores de cuatro mil almas enclavada en la soledad del Cabo Juby. Unos 100 kilómetros mar adentro se encuentra Fuerteventura, la isla más próxima de Canarias. Pero a pesar de la cercanía física, el tráfico con el archipiélago español está prácticamente cortado: en 2007, la Naviera Armas comenzó a explotar comercialmente la ruta, pero el proyecto fracasó en 2008 con el accidente del Assalama, uno de sus barcos, que encalló algunos kilómetros al sur de Tarfaya, víctima de los vientos que gobiernan la zona. La empresa se declaró en quiebra antes de pagar el remolque del naufragio. Hoy la única manera de conectar con Canarias es en avioneta, mediante vuelos chárter.

Desde el pequeño puerto se aprecian, adentrados en el agua, restos de un edificio hecho de piedras. Tiene dos pisos, ventanas y parece un castillo medieval en ruinas. Es la Casamar, único vestigio de Puerto Victoria, factoría establecida por capitales ingleses en 1879, en plena carrera colonialista europea. El lugar sería comprado dos décadas después por el abuelo de Mohamed VI, actual rey de Marruecos. Administrativamente, desde entonces, Tarfaya se convirtió en la posesión más austral del reino. La frontera sur. Aquí conviene aclarar algunas cosas. A comienzos del siglo veinte Marruecos fue repartido entre potencias: norte para Francia y sur para España. Hacia 1916, Tarfaya pasó a llamarse Villa Bens y se transformó en la frontera norte del Sahara Español, que incluía todo el Sahara Occidental, hasta la frontera con otra colonia francesa, Mauritania. La región a la que nos dirigimos fue habitada anteriormente por fenicios y desde el siglo doce por un pueblo nómade que llegó desde el norte, escapando de los bereberes: los saharauis.

En la solitaria playa el silencio es interrumpido por las gaviotas y las olas. Desde el pueblo se acerca un adolescente flaco y curtido por el sol que viste la camiseta del Real Madrid. Se presenta como Hamsa y quiere ser mi guía a cambio de unos dírhams. Me lleva hasta la pequeña estatua de un Breguet 14, biplano de cabina abierta y fabricación francesa, en honor al aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry, que a mediados de los años 20 usó Villa Bens como escala en su ruta hacia Senegal. El francés y otros pilotos volaban para la Compañía General Aeropostal, con sede en Toulouse y pionera en el transporte aéreo de correo entre Europa, África y América. Stacy Schiff, biógrafa del escritor galo, cuenta que en 1927 Saint-Exupéry se instaló a vivir aquí (junto a "la pista aérea más desolada del planeta") con el objetivo de establecer vínculos con las autoridades militares españolas y "procurar el rescate de cualquier aviador en peligro", ya que era común que éstos fueran secuestrados por los autóctonos para cobrar rescate o se estrellaran en medio de la nada. Aquí, según la biógrafa, Saint-Exupéry escribió su segunda novela, Correo Sur, y concibió El Principito.

Hamsa me pide que lo siga hasta el centro del pueblo, donde hay un museo que lleva el nombre del escritor. De pronto escucho los bocinazos del bus y el rugido del motor.Km 772, frontera con el Sahara OccidentalEl bus se detiene frente a un control militar. En el techo de una caseta flamea una deshilachada bandera marroquí. Dos soldados con ametralladoras suben y piden identificaciones.

A fines de 1975, mientras Franco y su régimen agonizaban en Madrid, el rey Hasán II de Marruecos -padre de Mohamed VI, actual soberano- movilizó 50 mil militares y 400 mil civiles desde Tarfaya para ocupar El Aaiún, la capital del Sahara español. La llamada Marcha Verde produjo la decisión del régimen franquista de abandonar instalaciones y "renunciar" a un territorio generoso en fosfato, bancos de peces y quizás gas y petróleo. El vacío político dejado por España precipitó una carnicería de 15 años entre Marruecos, Mauritania, Argelia y el Frente Polisario, brazo político-militar de los saharauis. Marruecos ganó la guerra y miles de saharauis se desperdigaron por el desierto. El Frente Polisario instaló el centro de su república temporalmente en Tinduf, territorio argelino.

Al enterarse de que soy periodista los militares me bajan, hacen preguntas y controlan mi visa en el pasaporte. Al interior del control hay afiches con fotos y nombres de los terroristas más buscados, pertenecientes a la organización llamada Al Qaeda del Magreb Islámico, que opera en el interior del desierto y en octubre de 2011 secuestró a dos cooperantes españoles y uno italiano. Éstos fueron trasladados a Mali, a un sector del desierto que no controlaba el gobierno anterior ni controlan los militares que hace poco se hicieron del poder mediante un golpe de Estado. Los cooperantes fueron liberados en julio de este año tras intensas negociaciones.

Un teniente con bigotes canosos y dientes de conejo anota en una bitácora mi nombre, número de pasaporte y ocupación. Luego difunde los datos por una radio de onda corta, que comunica con otros controles del territorio, y espera que le confirmen o descarten algo sobre mí. En la espera pregunta cuál es mi interés en el Sahara. Interrumpe el teléfono. El teniente contesta a gritos y da órdenes en árabe. Pienso que mis días en Marruecos se han acabado. Los periodistas son enemigos del reino: hace algunos meses, por ejemplo, fue prohibida la distribución del diario español El País luego de que éste publicara extractos del libro El rey depredador, trabajo de dos periodistas galos que relata el irregular enriquecimiento y manejo económico del país por parte de Mohamed VI desde que asumió el poder en 1999. Por si acaso, se acaba de saber en 4 mil kilómetros a la redonda que ando dando vueltas por el Sahara. En los futuros controles me estarán esperando. Esto generará incomodidad y molestia en algunos pasajeros del bus, particularmente en un cuarentón con anteojos que, apuntando a su reloj, vociferará como un loco que llegaremos tarde por mi culpa.

Km 839, El Aaiún.

El bus entra a la ciudad desde el norte por un puente que cruza Saguía el Hamra, una laguna-río rodeada de palmeras que abastece al valle con agua dulce y refresca a los camellos sedientos que viajan desde el interior. Sin Marruecos presente, este oasis sería la capital política de la República Saharaui.

El Aaiún fue el centro de operaciones del Sahara Español desde 1938. Las primeras instalaciones militares se levantaron alrededor de una pequeña plaza de armas y una iglesia católica, con trazado en damero, igual que las ciudades chilenas. Parece el último bastión de la cristiandad en medio de la "marroquización" del territorio. El amo y señor de la ciudad es Mohamed VI. Su imagen es omnipresente: ferias, hoteles, restaurantes y peluquerías por igual cuelgan su foto enmarcada, a veces junto a su esposa e hijos. Todo billete o moneda de dírham circulante lleva su cara o la de su familia. En las calles hay paneles publicitarios gigantes con el soberano vestido de traje y la bandera de Marruecos de fondo. A sus casi 50 años, Mohamed VI parece querer presentarse ante sus súbditos como un rey cercano, tal vez un hermano mayor más que un padre: su elegancia y extremo cuidado con detalles como las uñas o la barba milimétricamente afeitada, sin embargo, delatan su vanidad, y por lo pronto no logran maquillar el inevitable paso de los años, con dos entradas de calvicie ascendente y algunos kilos de más.Según Al Jazeera, los primeros síntomas de la Primavera Árabe se manifestaron aquí, en esta aislada ciudad de 180 mil habitantes.

En noviembre de 2010, tres meses antes del estallido revolucionario en Túnez y Egipto, 20 mil saharahuis caminaron desde los campamentos del interior del desierto y pusieron sus jaimas en las afueras de El Aaiún. Exigieron trabajo, viviendas y el fin de la ocupación.Era la mayor protesta desde 1976; el ejército marroquí la redujo prendiendo fuego a las tiendas. Total: 2 mil detenidos, 20 muertos y 159 desaparecidos. Todo frente a los ojos de los funcionarios de la ONU, cuyo centro de operaciones está en el céntrico Hotel Nagjir. A la costa de El Aaiún se llega en colectivo. Son 30 kilómetros de una carretera a ratos ocupada por bancos de arena creados por el viento, que periódicamente deben ser removidos por maquinaria pesada. Según la BBC, el puerto abastece a Marruecos con el 40 por ciento de su consumo de productos del mar. Hace unos meses, la Eurocámara vetó la extensión del millonario acuerdo de explotación pesquero entre la Unión Europea y Marruecos -que beneficia principalmente a España- al considerarlo ilegal, pues legitima la ocupación marroquí. 

Por la noche, en una pequeña habitación del Hotel Jodesa (13 dólares, baño incluido) me duermo viendo en el canal estatal la alocución del Rey a sus súbditos. El rey de Marruecos no sólo es el líder religioso y jefe espiritual de los marroquíes, sino también un gran filántropo: entre muchas otras cosas, financió de su propio bolsillo la famosa mezquita de Coquimbo, que lleva su nombre.Al día siguiente, el bus a Dajla sale a las siete de la mañana, pero no aparece. Una resignada señora saharaui espera conmigo: habla perfectamente el castellano. Se ajusta el velo morado que la cubre entera (salvo la cara y las manos) y sigilosamente me enseña su cédula de identidad española. Se llama Marta. Cuenta que las cosas están mal, que su hija estudió literatura pero que hoy trabaja de cajera en un supermercado de Agadir. El Supratours llega al mediodía, cinco horas tarde. Nadie entrega una explicación por el retraso.

Km 1.020, última estación de bencina hasta Dajla. Cargamos combustible y estiramos piernas en la estación Sahara, rústica gasolinera en mitad de la nada, lo único que hay entre El Aaiún y Dajla. Es hora del rezo de la tarde: los pasajeros recogen agua con baldes de unos bidones, lavan sus pies y realizan plegarias en dirección a La Meca. Rezan en alfombras comunitarias donde caben hasta 20 personas. Los hombres oran sobre una alfombra y las mujeres sobre otra, siempre separados. Mientras, me alimento con los azucarados dátiles que me ofrece Marta.

Km 1.384, Dajla. 

La península Río de Oro es una franja de 40 kilómetros que se extiende paralela al continente africano. Allí está Dajla, que en árabe significa "la interior". En la medida que nos adentramos en la península y dejamos atrás el continente aparece el mar y la hermosa bahía.

El bus nos deja en la plaza central de la ciudad, donde las tapas metálicas del alcantarillado muestran el nombre que esta localidad tenía en tiempos españoles: Villa Cisneros. Igual que cientos de poblados castellanos, Dajla creció en torno a los campanazos de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, construida en 1955. Hoy el centro está frente a la hermosa mezquita nueva, hacia donde se trasladó el comercio. Hay restaurantes españoles (Agua Dulce, Boca Morena), aunque dominan los cafés y mercados árabes. El céntrico y exclusivo Hotel Sahara Regency se escapa de mi presupuesto y termino en una fresca y cómoda habitación del periférico Hotel Palais de Touareg (20 dólares la noche), con balcón y vista a la bahía y donde puedo ver el continente en la línea del horizonte. Vagando por el centro atravieso los bazares de la ciudad llenos de tiendas con dulces árabes, telas, menaje y baratijas electrónicas. Decido arrendar un auto. Es la mejor forma para ir a las playas. Está La Laguna, la tierra prometida del kitesurf, una especie de herradura cerrada ideal para los deportes acuáticos. Los turistas viajan a alojarse a unos campamentos que son verdaderos hoteles cinco estrellas camuflados entre las dunas del Sahara. La Lonely Planet bromea diciendo que, si el norte de Marruecos es para turistas, el sur es para viajeros. Falso: Dajla fue recientemente elegida por un sitio web londinense como la más cool para practicar windsurf y kitesurf. En avión está a sólo cinco horas de Europa, vía Casablanca.

En La Laguna conozco a Helmut y Astrid, dos alemanes de unos 40 años que viajan con sus tablas y velas en una Hummer negra con tracción, cama y cocina. Vienen desde Senegal y van de vuelta a su Hamburgo natal. Les explico que me gustaría cruzar los 400 kilómetros que faltan para Mauritania, imposibles de hacer si no es en auto con tracción, y tal vez visitar La Güera, última ciudad del Sahara Occidental. Helmut dice que la costa fronteriza entre Marruecos y Mauritania está repleta de barcos varados y minas antipersonales. Que La Güera fue abandonada, cubierta por la arena y ahora está controlada militarmente por Mauritania. Algunos nómades se han instalado a vivir allí, pero no hay nada. Tierra de nadie, comenta Astrid. Una ciudad fantasma, replica Helmut. No hay un Sahara más genuino que éste. Y la ruta no está exenta de riesgos.El camino que va hacia Tarfaya sirvió de locación para la película Babel. 

1 comentario:

Angelica dijo...

Para los que les gusta viajar debe ser interesante poder ir a un lugar como este, sin embargo si voy a ir a un sitio con calor, prefiero que haya playa para refrescarme, por eso quisiera obtener Vuelos a San Pablo