7 may. 2011

En su ley | Alfredo Jocelyn-Holt

Cuesta imaginarse una película sobre Osama Bin Laden. No se precisa, está hecha, ya la vimos. Desde el comienzo de esta historia, adivinable o no su final, el estreno tenía todos los auspicios propios de la megaproducción, taquilla garantizada, que prometía. Para empezar, un kill shot sorpresivo, perfecto (ni que lo hubiesen mandado a hacer), seguido de suspenso, efectos especiales, extras (quizás un exceso de extras). Banda sonora del mismísimo Stockhausen, un desatinado, pero no despreciable publicista, bueno para el mercado europeo ("Es la mayor obra de arte jamás realizada: el hecho de que unos seres se preparen como locos para un solo acto durante años y lo ejecuten una vez y mueran en la ejecución hace que sea la mayor obra de arte jamás realizada"). El casting también de película. "Gerónimo" hasta más exótico que Harry Belafonte u Omar Sharif en sus años mozos. "Jr." y Condoleezza, Obama y Hillary (ella toda una diva: "Fueron los 38 minutos más intensos de mi vida"), un equilibrio black and white políticamente correctísimo en el reparto, casi como para pensar que fue por exigencia del otrora racista y ahora arrepentido Screen Actors Guild; una pena, eso sí, que Ronald, expresidente del sindicato hollywoodense, no pudiese estar para la función de gala.

Destacables también los guiños a producciones anteriores, como si hubiesen saqueado y rebobinado todo lo que encontraron en la filmoteca: el King Kong versión 1933 con ese extraordinario cameo del entonces edificio "top" (seudo Empire State), el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana en 1937, el Guernica de Picasso dos meses después, la transmisión radial de Orson Welles anunciando la llegada de extraterrestres a Nueva Jersey el 38, el Blitz londinense el año 40, Dresde-Tokio-Hiroshima-Nagasaki el 45, Hanói y Haiphong en la navidad del 72, Santiago de Chile ese otro martes 9-11, Beirut, Sarajevo, Kabul… Déjà vus para todos los gustos, un blockbuster seguro. Mejor villano, mejor fotografía, mejor montaje… insuperable producción.


Pero, curioso, no así una película de verdad. Filmar a Osama es como filmar la caída del Imperio Romano o a Proust; ni Amenábar en Agora, ni Raúl Ruiz en Le temps retrouvé, lo logran. Es todo un mundo, una formidable psicosis colectiva que habría que registrar, y ni la más gigante y a "tiempo real" de nuestras pantallas se la puede. Corey Robin recuerda el efecto que Osama introdujo: "Los ricos que pasaban horas agonizantes decidiendo qué grifo Moen combinaría con el fregadero de cobre de la cocina de su casa de campo, de repente se preocupaban porque el agua que salía de las tuberías estuviera envenenada. Las personas que en Bloomingdales anhelan un bolso de Prada, repentinamente se asustan con una bolsa olvidada en el aeropuerto" (El miedo. Historia de una idea política, México, Fondo de Cultura Económica, 2009).


¿Cómo representar lo que Claudio Magris llama "el mal absoluto"? El Mal con mayúscula entre nosotros, sostiene, "ejerce una seducción vulgar, como una telenovela en tecnicolor". Ante tanto horror, nuestra "literatura" actual, a diferencia de los clásicos de otro tiempo, "no deja correr sangre, sino jugo de tomate y bajo la ostentosa matanza no hace más que profesar buenos sentimientos". Bin Laden murió por televisión.

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