14 may. 2011

Un viejo nuevo relato | Alfredo Jocelyn-Holt

Según una antigua leyenda griega, Zeus y Hermes premiaron a Filemón y a Baucis por haberlos atendido en su casa, cuando viajaban de incógnito en Frigia. Vengativos los dioses: la comarca entera que antes les había denegado hospitalidad fue inundada por un diluvio terrible, salvándose sólo la pareja de ancianos. A su cabaña la convirtieron en templo, y a los dos venerables árboles próximos al santuario (una encina y un tilo abrazados para siempre), en sombras acogedoras para peregrinos (Ovidio, Metamorfosis, VIII).

Terribles los dioses, pero el mensaje se entiende claro como el agua (de torrente, no de embalse o pozo grande), y más claro que la luz eléctrica que gastamos (ésa que dejamos prendida más de la cuenta o de que nos "colgamos" sin pagar). Hermes es mensajero de los dioses. Zeus, dios del cielo y del trueno, es quien manda y pone las cosas en su justo lugar. Lo que es el mundo natural que nos rodea podrá mudarse, metamorfosearse, tantas veces como quieran los dioses, no los hombres: es lo que dice Ovidio. A éstos, si son hospitalarios y agradecidos, no orgullosos o ávidos, se les perdonará lo suyo, "la casa del hombre" -su cielo, sus ríos, sus aguas, fuego y luz-, para que en vida, en mero usufructo, la sigan haciendo propia y posible.

Así los griegos, así muchos otros que nos precedieron, pero no nosotros. En el Fausto de Goethe (segunda parte, acto V), varios siglos y un par de civilizaciones después, ya en plena modernidad, volvemos a toparnos con Filemón y Baucis. Están más viejos que nunca y algo intranquilos. Un vecino poderoso, amparado por el emperador, se ha instalado en esos parajes, ha levantado un palacio fastuoso y otras obras que arrasan con todo. Al vecino -Fausto-, un impío, le molesta la choza de los dos ancianos, le ensucian la vista, le meten bulla, le impiden apreciar sus grandes canales y construcciones ingenieriles, lo tienen fuera de sí ("Los viejos de allí arriba debieran marcharse. Aquellos pocos árboles que no son míos me desbaratan la posesión del mundo… quisiera abrir a la mirada un vasto campo para ver todo cuanto hice, y abarcar con una sola ojeada la obra maestra del ingenio humano").

El arbitrio del hombre todopoderoso se estrella contra estos dos míseros estorbos. A lo cual, Mefistófeles le responde: "Quien tiene la fuerza, tiene también el derecho. Se pregunta qué y no cómo". Tras un incendio, Filemón y Baucis mueren y desaparecen para siempre. También los dioses y sus afines -las plantas, los animales, los hombres-, y eso que alguna vez se supuso que todos eran infinitos e inmortales.

No hay que ser "terrorista de la ecología" (el término se ha escuchado en estos días) para temer de paisajes inundados y la prepotencia fáustica que los inspira, o de progresistas de todos los colores a espaldas de dioses, sus formas, mesura y respeto por el "genio" del lugar. Basta pegarse una vuelta por el Embalse Puclaro, en el Valle del Elqui, o por Colbún. Se podrán practicar todo tipo de deportes (windsurfing, kitesurfing, kiteboarding) o pasar largas temporadas de verano a sus orillas. Sus especies más amenazadas se podrán replantar en otros lugares. Podremos seguir prendiendo las luces de nuestros computadores. Pero ese algo artificial y fingido no lo borrará nadie.

Alfredo Jocelyn-Holt
Historiador
Profesor de las Facultades de Derecho y Filosofía y Humanidades
de la Universidad de Chile

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