7 jun. 2011

El dilema entre Oriente y Occidente en la identidad cultural rusa | Pablo Moscoso

Cuando el año 1945 parecía llegar a su fin y el otoño caía sobre las ruinas aún humeantes del Viejo Continente, un discreto funcionario del Ministerio de Exteriores británico se paseaba por las calles de la abatida Leningrado. Se trataba de Isaiah Berlin -uno de los intelectuales más destacados del siglo pasado-, quien tras reunirse con los pocos poetas y literatos que aún quedaban en ese páramo estaliniano, redactó un extenso informe sobre la cultura rusa en el que aprehendió uno de sus grandes dilemas: "Rusia ha vivido en cierta medida aislada del resto del mundo y nunca ha formado parte integral de la tradición occidental".


Medio siglo después, El baile de Natacha: una historia cultural de Rusia, de Orlando Figes, vuelve sobre las huellas que dejó Berlin. Figes, historiador británico, es autor de prestigiosas y premiadas obras sobre la historia de Rusia. El baile de Natacha, título poco afortunado que el autor extrae de una escena de La guerra y la paz de Tolstoi, es un libro tremendamente enjundioso cuyas 800 páginas son leídas con facilidad gracias a una narrativa que, sin deslumbrar, es amena y poco pretenciosa.

En este largo y enciclopédico excurso, Figes busca "explorar la cultura rusa de la misma manera en que Tolstoi presenta el baile de Natacha: como una serie de encuentros o actos sociales creativos que se ejecutaban y entendían de muchos modos distintos". Cual si fuese un museo, el autor nos sumerge en una galería en la que desfilan innumerables individuos, artistas y literatos, músicos y bailarines, políticos y parias que durante siglos, capa tras capa, fueron conformando la peculiar cultura rusa. Llena de anécdotas y erudición, la obra impresiona.


Sin embargo, la sola estampa anecdótica y cosista, como siempre, acaba por aburrir. No es ahí donde, finalmente, radica el mérito de esta obra. Tras esta extensa y variopinta galería de cuadros y acordes, vestimentas y costumbres, bailes y comidas, detalles ínfimos que conforman la esquiva pero omnipresente cultura de un país, se esconden ciertos motivos más o menos transversales. De igual modo que en una sinfonía, en la que resuenan violines por un lado y trompas por el otro, existe un motivo básico -uno que los legos en música podemos silbar- que en El baile de Natacha se traduce en un vacío sin respuesta: ¿Dónde se encontraba la verdadera Rusia? ¿En Europa o en Asia?


Para Figes, todas las manifestaciones culturales que analiza, en última instancia, son un intento de responder a estas "preguntas malditas", variaciones de un mismo tema, "a través de las cuales Rusia intentó entenderse a sí misma", y que, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, conoció cuatro grandes formulaciones artísticas o "imágenes ficticias del carácter nacional de Rusia". 


Desde luego, estaban los seguidores de Pedro el Grande que rendían culto a Occidente a través de San Petesburgo, ciudad quimera que "no era solamente la ventana a Europa sino una puerta abierta a través de la cual Europa entraba en Rusia y los rusos entraban en el mundo".


Junto a esta imagen occidentalizadora convivían los eslavófilos, de cuya matriz cristiana ortodoxa se desprendía el mito del alma rusa, la Rusia verdadera que yacía en la antigua Moscovia de santos eremitas barbones, y que, obviamente, se planteaba en términos mesiánicos. Sin ir más le- jos, autores como Dostoievsky concibieron "el alma rusa como la salvadora espiritual de un Occidente racionalista".


Paralelamente, emergió de las entrañas del país la figura del campesino como estandarte de la bondad y moralidad rusa, una especie de custodio anónimo de "la esencia del carácter nacional". Para la intelligentsia rusa, la vida y los anhelos más profundos se tornaron bucólicamente campesinos. La última pieza de esta búsqueda disconforme e inacabada de una identidad, corresponde a los "escitas" que, al redescubrir las raíces culturales y la renovación espiritual de Rusia en la estepa asiática, en ese mundo denostado como bárbaro, abrieron de nuevo la eterna (y quizás auténtica) interrogante de esta historia cultural: "Los rusos estaban inseguros respecto de su lugar en Europa (siguen estándolo hoy en día) y esa ambivalencia es una característica vital de su historia e identidad cultural. Al vivir en las márgenes del continente, jamás han estado completamente seguros de si su destino se encuentra realmente allí. ¿Son de Occidente o de Oriente?".


En efecto, el leit motiv que Figes traza para esta historia de Rusia refleja hasta en el más mínimo detalle las tensiones que provoca vivir "entre las fuerzas centrífugas" de estos orbes disímiles. Es en este encuadre de ambivalencias que, finalmente, 1917 aparece como la profunda factura con estos míticos relatos de la cultura rusa: "La revolución de febrero se había llevado consigo no sólo la monarquía, sino toda una civilización". Y es precisamente aquí, en la pérdida, que surge la última faceta del mito de Rusia que parece condenada a una existencia ilusoria, como un recuerdo de infancia que se ha esfumado. En efecto, fue lo que señaló Alexander Sokurov al cerrar El arca rusa: "Mire, el mar nos rodea. Estamos destinados a navegar por siempre, a vivir por siempre".

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