7 jun. 2011

Fordlandia: la utopía de Henry Ford que terminó en pesadilla | Pablo Moscoso

En la Navidad de 1931, cuando la Gran Depresión asolaba el mundo, un prestigioso diario norteamericano daba con un ejemplo que parecía romper con las infaustas tonalidades de aquel período: "Fordlandia, una ciudad con todas las comodidades modernas, se ha creado en medio de un páramo que no ha visto nada más pretencioso que una choza con techo de paja. El agua, completamente filtrada, es suministrada bajo presión y la luz eléctrica ilumina las casas en una región donde este tipo de invenciones son una prueba de la magia del hombre blanco". Más aún, agregó otro semanario, "Henry Ford ha trasplantado gran parte de la civilización del siglo XX hasta el Amazonas".

El episodio corre por la mente del historiador estadounidense Greg Grandin, académico de la Universidad de Nueva York y experto en historia latinoamericana. Con Fordlandia. The rise and fall of Henry Ford's forgotten jungle city, construye un libro cuya ágil narrativa, que envuelve de cabo a rabo, transporta a los lindes de la ilusión y la leyenda. Narra la historia de uno de los experimentos más excéntricos del creador de los populares modelos de auto Ford T y A: la adquisición de 13 mil km2 de selva brasileña con el fin de instalar una plantación de caucho, el oro blanco que se requería para fabricar neumáticos.

Esto, al menos en la epidermis. Grandin nos sumerge en una serie de acontecimientos en cuyo trasfondo resuena una melodía bastante más compleja y patética que la de una plantación de árboles. Y es que desde sus inicios en 1928, este asentamiento se pretendió como la encarnación de un ideal de progreso y civilización americanos en el Amazonas. En palabras del autor, Fordlandia emergió del desalentador diagnóstico "de que algo iba mal en EEUU".

El caso no deja de ser sintomático. Henry Ford, que al finalizar los años 20 sufría ante un presente que se antojaba cada vez más confuso, se volcó en busca de la ciudad ideal en que ser humano, naturaleza y máquinas pudieran convivir de forma armónica. Lo curioso es que fuese precisamente Ford, el principal impulsor de los tiempos modernos con la línea de ensamblaje que tanto acomplejó a Chaplin, el que sufriese esta suerte de depresión posparto. El magnate se había radicalizado en un puritanismo taciturno, en un antisemitismo militante y en una xenofobia creciente.

Bajo la óptica de Ford, "el Amazonas ofrecía un nuevo comienzo en un lugar que imaginaba libre de la corrupción de sindicatos, políticos, judíos, abogados, militares y los banqueros de Nueva York, la oportunidad de unir no sólo la fábrica y el campo, sino también la industria y la comunidad en una unión que daría, además de una mayor eficiencia, la realización plena del ser humano".

La caída 

Ford ofrecía la variable moderna y americana, con máquina e industria, de la antiquísima utopía del nuevo mundo, uno feliz y perfecto. De ahí que la historia que narra Grandin sea bastante más que el mero cuento anecdótico y frugal de una plantación de caucho. Mucho más revelador es el experimento social, "la pastoral americana" imbuida de puritanismo que intentó sembrarse en la selva.

Desde luego, varias imágenes metafóricas acompañan a Fordlandia. La más obvia; la película Fitzcarraldo, de Werner Herzog, sobre un hombre que intentó llevar la ópera a la verde bóveda de la jungla. También, del mismo director, viene a la memoria Aguirre, la ira de Dios y la búsqueda de El Dorado por parte de los conquistadores españoles, nuevamente, en algún rincón del Amazonas. Pero sobre todo, Fordlandia rememora al Fausto de Goethe que logró el sueño de la modernidad: construir un vasto imperio robándole terrenos al mar.

Sin embargo, en todas estas imágenes rebosantes de orgullo, al final resuenan los acordes de la ruina. Es el paso de la utopía a la distopía, hacia la dura realidad que nos asalta y, como suele suceder, acaba por sorprender más que cualquier ficción. De modo similar, Fordlandia acabó en el ignominioso fracaso. Desde sus apocalípticos inicios -en que la quema de miles de árboles convirtió el lugar en un páramo de humo, cenizas y lodo-, hasta el abandono definitivo del soñado pueblito americano en 1945, todo fue a contrapelo. Un cóctel de enfermedades, violencia, rebeliones y plagas por doquier, acabaron por doblegar el ideal de redención del fordismo.

¿Cómo entender este peculiar ensayo de civilización y progreso? Para Grandin, bien podría ser una parábola del obstinado orgullo humano. O leerse como otro capítulo de la lucha del hombre por conquistar la naturaleza. Ambas imágenes le quedan cortas. Lo de Ford suponía una apuesta más ambiciosa: "El hombre que en los inicios de la década de 1910 ayudó a liberar el poder del industrialismo para revolucionar las relaciones humanas, pasó la mayor parte del resto de su vida tratando de devolver el genio a la botella, de contener la disrupción en la que él mismo se dejó perder, sólo para ser continua e inevitablemente frustrado. Fordlandia representa en forma cristalina el utopismo que propició el fordismo -y por extensión el americanismo. Es, de hecho, una parábola de la arrogancia. La arrogancia, sin embargo, no es que Henry Ford pensó que podría dominar el Amazonas, sino que creyó que las fuerzas del capitalismo, una vez liberado, podrían ser contenidas".

1 comentario:

Anónimo dijo...

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MG