1 nov. 2011

El fantástico éxito de ‹‹Occupy Wall Street›› | Immanuel Wallerstein

El movimiento Ocupa Wall Street —hasta ahora es un movimiento— es el acontecimiento político más importante ocurrido en Estados Unidos desde las revueltas de 1968; es descendiente directo o continuador de esas revueltas.
  
Por qué empezó en Estados Unidos en el momento que empezó —y no tres días, tres meses, tres años antes o después— nunca lo sabremos a ciencia cierta. Las condiciones estaban ahí: crecientes penurias económicas no sólo para los verdaderamente asolados por la pobreza sino también para un segmento cada vez mayor de trabajadores pobres (alguna vez conocidos como “clase media”); exageraciones increíbles (explotación y codicia) del 1% más rico de la población estadounidense (“Wall Street”); y el ejemplo de furibundas manifestaciones alrededor del mundo (la “Primavera Árabe”, los indignados españoles, los estudiantes chilenos, los sindicatos de Wisconsin y una larga lista de otros). No importa realmente cuál fue la chispa que inició el fuego, sino que ha comenzado.
En la etapa uno —los primeros días— el movimiento era unas cuantas personas audaces, mayoritariamente jóvenes, tratando de manifestarse. La prensa los ignoró completamente. Luego algunos estúpidos capitanes de policía pensaron que una dosis de brutalidad terminaría con las manifestaciones. Fueron captados en un video y el video se convirtió en un viral en YouTube. 
 
Eso nos lleva a la etapa dos: publicidad. La prensa no pudo seguir ignorando a los manifestantes, y entonces los miró en menos. ¿Qué saben unos jóvenes tontitos e ignorantes (y algunas señoras mayores) de economía? ¿Tienen algún programa que ofrecer? ¿Son “disciplinados”? Las manifestaciones, se nos dijo, pronto se esfumarían. La prensa y los poderes no contaban (parecen nunca darse cuenta) que el tema de las protestas resonó ampliamente en la sociedad y rápidamente agarró vuelo. Ciudad tras ciudad comenzaron “ocupaciones” similares. Empezaron a unirse desempleados de 50 años. Y también las celebridades. También los sindicatos, incluyendo nada menos que al presidente de la Federación Americana del Trabajo y del Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO). La prensa internacional comenzó a cubrir los eventos. Al preguntarles qué querían, los manifestantes respondieron: “justicia”. Esto comenzó a parecerle una respuesta convincente a más y más gente.

Esto nos lleva a la etapa tres: legitimación. Académicos de cierta reputación empezaron a sugerir que los ataques a “Wall Street” tenían cierto asidero. De repente, la voz cantante de la respetabilidad centrista, The New York Times, publicó una editorial el 8 de octubre en la cual dijo que las protestas tenían, en efecto, “un mensaje claro y propuestas políticas específicas”, y que el movimiento era “más que una revuelta juvenil”. The Times continuaba: “La extrema desigualdad es el sello de una economía disfuncional, dominada por un sector financiero guiado por la especulación, el cálculo y el apoyo del gobierno como inversor productivo”. Fuertes palabras para el Times. Y luego el Comité de Campaña para el Congreso del Partido Demócrata hizo circular entre sus miembros para que firmaran la declaración: “Yo apoyo las protestas de Ocupa Wall Street”.

El movimiento se volvió respetable. Y con la respetabilidad vino el peligro: la etapa cuatro. Un movimiento de protesta mayor como el que ha prendido usualmente enfrenta dos amenazas mayores. Una es la organización significativa de contramanifestaciones de derecha en las calles. Eric Hantor, el duro (y bastante astuto) líder republicano del Congreso, por cierto, ya las ha convocado. Estas contramanifestaciones pueden ser bastante violentas. El movimiento Ocupa Wall Street necesita estar preparado para esto y pensar cómo pretende manejarlas o contenerlas.

Pero el segundo peligro, el mayor, se origina en el gran éxito del movimiento. En la medida que atrae más apoyo, incrementa la diversidad de miradas entre los protestantes activos. Como siempre, el problema es cómo evitar ser la Escila de ser un culto acotado, que caería por su misma estrechez, y la Caridbis de perder coherencia política por ser muy amplio. No existe la fórmula simple para manejarse evitando ir hacia los extremos. Es dificil.


Para el futuro, puede ocurrir que el movimiento se fortalezca. Podría llegar a ser capaz de hacer dos cosas: forzar reestructuraciones de corto plazo en lo que el gobierno efectivamente hará para minimizar las penurias de la gente que a todas luces está pasando estrecheces; y  a largo plazo transformar el cómo grandes segmentos de la población estadounidense piensan acerca de las realidades de la crisis estructural del capitalismo y las enormes transformaciones geopolíticas, que están ocurriendo porque ahora vivimos en un mundo multipolar.

Incluso si el movimiento Ocupa Wall Street comenzara a extinguirse, por el cansancio o la represión, ya ha triunfado y dejará un legado duradero, tal como los levantamientos de 1968. Los Estados Unidos de Norteamérica habrán cambiado, y de una manera positiva. Como dice el refrán, “Roma no se construyó en un día”. Un nuevo y mejor sistema-mundo y un nuevo y mejor Estados Unidos es una tarea que requiere esfuerzo sostenido a largo de generaciones. Otro mundo es posible (aunque no es inevitable). Y podemos establecer la diferencia. Ocupa Wall Street está forjando una diferencia, una gran diferencia.


Traducción de Pablo Riquelme Richeda

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