10 ene. 2012

Irse por las ramas | Leonardo Sanhueza

Los eufemismos tienen una mala fama que me parece injusta. Actualmente se les considera un defecto retórico, un error impresentable. Por el solo hecho de usarlos, alguien puede figurar como pusilánime, latero, simplón e incluso siniestro; nada bueno, en todo caso. Se ha instalado el lugar común de que decir una cosa por otra, suavizando el efecto de las palabras, es sinónimo de ocultar intenciones o no tener coraje para expresar ideas peliagudas. En contrapartida, las lenguas directas y francas son acreedoras de todos los aplausos. Recuérdese el caso de Gladys Marín, cuyo discurso, que era transparente y cortante como un vidrio quebrado, fue celebrado y admirado póstumamente incluso por quienes, en otro tiempo, desearon para ella la persecución y aun la muerte.

Y, sin embargo, todo eso ocurre de la boca para afuera. De la boca para adentro no somos tan hipócritas y los discursos directos ya no nos parecen mejores que los oblicuos, tangenciales, opacos. En el ámbito de los insultos, por ejemplo, un buen eufemismo casi siempre es más efectivo que un apóstrofe literal. Ésa es justamente una de las gracias del castellano de Chile, cuyas volteretas a menudo son más punzantes y veloces que la planicie ecuménica del habla. El humor ladino puede reventar su objeto con dos o tres palabras, mientras que el chiste llano apenas alcanza a tocarlo.

En fin, no creo que sea un valor en sí mismo “decir las cosas como son”. De hecho, llamar al pan pan y al vino vino generalmente conduce a elaborar textos gritones pero inocuos, peroratas que nunca logran transmitir la indignación o la pasión que las inspira. Por el contrario, muchas veces, por no decir siempre, se llega más rápido y más hondo yéndose por las ramas. Uno puede ser amable diciendo “sí”, pero es probable que lo sea mucho más diciendo “cómo no”.

Desde luego, los eufemismos y en general las formas oblicuas están al alcance de todos, para bien y para mal: son como las armas. El eufemismo “régimen militar” no es espinudo porque maquille la verdad, sino justamente porque no es la verdad lo que está bajo ese maquillaje, sino la mentira y la omisión. En estricto rigor no es un eufemismo, sino un cuento chino. Que se sepa, la Constitución del 80, la invención de las AFP, el desguace de la Universidad de Chile, la desintegración social, las privatizaciones oscuras, etcétera, no salieron de los regimientos, sino de cabezas civiles parapetadas tras la fuerza militar.

El problema de los eufemismos no son ellos mismos, sino su uso impuesto u obligatorio. Ya sea por la moda, el poder o las teorías, la dictadura de los eufemismos es una peste peor que la de las langostas. Lo pestilente no es que haya tutankamones que digan “pronunciamiento militar”, sino que alguien se atreviera hoy a imponer ese uso por decreto. Del mismo modo, está perfecto que haya gente de buen corazón que diga “capacidades diferentes”, “situación de calle” o “no videntes”, pero obligar a un país a enarbolar esas banderitas bien pensantes es espantoso. El lenguaje no tiene la culpa de la discriminación, del poder siniestro o de la violencia con que algunos lo usan.


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