2 ene. 2012

La ciudad y las palabras | Alvaro Matus


Desde los famosos encuentros de escritores organizados por Gonzalo Rojas a principios de los 60 en Concepción, no se había desarrollado en nuestro país un programa cultural con tan altos estándares de calidad como La ciudad y las palabras, el seminario que el doctorado de Arquitectura de la Universidad Católica viene realizando hace ya cinco años.

Se trata de un proyecto abierto a la comunidad, que ha apostado por la exploración libre de distintas realidades o conflictos del hombre contemporáneo, con invitados capaces de transmitir el entusiasmo que su trabajo les provoca. Julian Barnes, Javier Marías, Michel Houellebecq, Rodolfo Fogwill y Ian McEwan se cuentan entre las visitas más celebradas. Este año el encargado de abrir los fuegos fue Jonathan Franzen, el autor de Libertad y Las correcciones; Ricardo Piglia dictó una serie de conferencias sobre Borges de las que podría salir un libro soberbio; y además se contó con la presencia de tres premios Nobel: Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee y Orhan Pamuk.
Este último cerró el ciclo la tarde del lunes en una conversación limpia, sugerente y aguda. El narrador turco viene como anillo al dedo al programa, pues en sus novelas la ciudad es de verdad un "personaje" tan relevante como el poeta que investiga la ola de suicidios en Nieve o el joven italiano que en El castillo blanco es vendido a un sabio turco para conocer los avances científicos de Occidente. Pamuk se define como un escritor visual, alguien que le da suma importancia a los objetos, a las habitaciones y al entorno que rodea a sus personajes. De esas descripciones surge el "paisaje" de la novela, que es en gran medida lo que uno recuerda de los libros.

Exagerando un poco, Pamuk plantea que los escritores se dividen en visuales y verbales. Tolstoi sería de los primeros: comprendemos que Ana Karenina es infeliz en su matrimonio por la descripción que el autor hace del baile con el joven militar en Moscú o por los detalles que la rodean en el tren, cuando va rumbo a casa: la nieve espesa que cae afuera, la distribución del compartimento, el inspector que corta los boletos y la novela que ella posa sobre sus piernas y en la que no se puede concentrar. Al revés, Pamuk sugiere que la fuerza y profundidad de Dostoievski radica en la palabra.

En su último libro llegado a Chile, El novelista ingenuo y el sentimental, Pamuk también realiza una defensa admirable de la novela. Por su elasticidad y riqueza, el género es comparable a la filosofía o la religión en su capacidad para preguntarse sobre el sentido de la vida humana. Obras como Madame Bovary, Crimen y castigo o Viaje al fin de la noche contribuyen a formar nuestra sensibilidad, pero además permiten que conozcamos al otro, que accedamos a culturas muy distintas y comprendamos la fragilidad en la que vivimos. Más que juzgar, los grandes novelistas invitan a entender, a sentir compasión por sus personajes, incluso a identificarnos con ellos. Como dice Pamuk, mientras leemos "nos liberamos, nos convertimos en otra persona y por una vez vemos el mundo con los ojos de otro". No sé si exista una manera más intensa, laica e imaginativa de formar espíritus tolerantes. 

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