7 jul. 2012

La fuerza del anacronismo | Alfredo Jocelyn-Holt

¿Por qué de nuevo Pinochet? ¿No se suponía que la última imagen era la del ataúd en exposición (como Kim Jong II), el resto, hacia atrás, pura historia? La alternativa macabra es tentadora para los historiadores. Nos convierte en oficiantes pompo fúnebres. Simplifica el trabajo; basta que nos preocupemos del stock de velas, coronas florales, aceites y cosméticos, quizás algo de aserrín. El llanterío corre por cuenta de los deudos, las cuitas por la de los acreedores impagos. Negocio seguro, y en Chile aún más (se suele enterrar sucesivas veces).

Chiste cruel aparte, no se precisa ser “momio” para reparar en lo obvio: el pasado siempre pervive más allá de su cuota vital. No es llegar y deshacerse del ropero de la abuela aunque no quepa ni calce con nuestros nuevos gustos minimalistas de moda. Puede ser, también, que dicho pasado persista por lo mismo que no se le entienda y siga prefiriéndose la leyenda. Dícese de El Cid, aunque apócrifamente, que hasta cabalgó de muerto. Convertido el pasado en mito, a sus principales protagonistas se les vuelve fetiches o dioses inmortales ávidos de incienso (quizás habría que decir de bombas lacrimógenas), cuando no de alguna víctima humana propicia, ofrenda máxima. No es descartable tampoco que tanta resucitación es porque seguimos pegados a cierto catolicismo mórbido, barroco. Y pensar que si fuésemos orientales, ¿en qué se reencarnaría Pinochet? Mejor ni pasarse la película, qué susto, dejémoslo hasta ahí.



Aterricemos el asunto. ¿Por qué, entonces, Pinochet todo de nuevo? Porque, duro de matar, nunca ha dejado de estar con nosotros, nunca nos ha abandonado. Es/fue el copiloto de la transición, la cual, a su vez, fue/sigue siendo; sobre su fin aún no existe consenso ni político ni historiográfico. Su “legado”, es decir, la Constitución de 1980 y el modelo neoliberal, mantienen su efecto doble, tanto fáctico traumático como todavía molde o matriz (el “rayado de la cancha” de Jaime Guzmán) útil a moros y cristianos. ¿Qué hay que no había antes de la dictadura militar? ¿Qué sigue habiendo después que no la haga perdurar o “proyectar” ex post facto? ¿Qué nueva refundación viene a terminar con la refundación radical (por lo extrema como por lo que arraiga) que significó el posgolpe del 73? ¿Cuántos años más tiene ese día? Estas siguen siendo las preguntas a las que hay que necesariamente remitirse si queremos entender de dónde venimos, dónde estamos y qué seguiremos reiterando históricamente.

Si uno lo piensa en frío, ni Pinochet ni su dictadura requieren defensores o detractores a estas alturas. Ambos hitos operan por mera presencia superviviente. Es el ropero de la abuela del que nadie ha podido deshacerse y en que, sin embargo, todos se han mirado al espejo alguna vez, reconociéndose o no. Y, ahora último, de nuevo devolviéndoles las mismas o nuevas extrañezas habiendo cambiado las circunstancias. No mucho, pero han cambiado. La Concertación es candidata a convertirse también en anacronismo. A su vez, el gobierno actualmente de turno, aunque de derecha, preguntándose si es o no el “quinto” de una misma serie tras la derrota de la Concertación. Se vuelve a Pinochet porque hay confusión y de volver a redefinir a este país será en torno a lo medular.


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