7 jul. 2012

Una década sin nombre: historia del siglo XXI | Pablo Riquelme Richeda


La “historia del presente” es un género híbrido que combina la erudición histórica con la agilidad periodística y consiste en escribir sobre algún acontecimiento internacional en calidad de espectador, ojalá “en el propio sitio, en el momento mismo, con el ordenador portátil encendido”. El historiador inglés Timothy Garton Ash comenzó a practicarlo en 1989 con Los frutos de la adversidad, reporteando el colapso de los regímenes comunistas europeos durante los años 80, y continuó el año 2000, con La historia del presente: ensayos, retratos y crónicas de la Europa de los 90, cubriendo la unificación continental posterior a la caída del Muro de Berlín.


Ahora, Garton Ash -académico en Oxford y autor también de La linterna mágica (1990) y El expediente (1997), fundamentales para entender el final de la Guerra Fría- prosigue su camino con Los hechos son subversivos: ideas y personajes para una década sin nombre, editado originalmente en 2009 y últimamente aparecido en castellano. El libro es una compilación de sus mejores artículos publicados en The Guardian y New York Review of Books entre 2000 y 2009, que versan sobre lo acontecido en aquella “década sin nombre” (llamada así por la disparidad de acontecimientos que la marcaron), que duró “poco más de siete años”.

Se trata de lo sucedido entre el ataque a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001 (“el verdadero comienzo del siglo XXI”), y la elección de Barack Obama, en noviembre de 2008 (“el momento con el que había soñado el doctor King”). El autor sostiene que en los primeros meses de su mandato, George W. Bush apuntaba a China como el rival a vencer en la competencia global -no Irak ni Afganistán-, pero las circunstancias del 11-S ofrecieron a su administración el relato que la definiría: la “Guerra Global contra el Terrorismo”. Siete años después, sin embargo, la elección de Barack Obama enfrentaba al país (y a Occidente en general) con otros desafíos: el ascenso económico de potencias no occidentales, precisamente con China a la cabeza; el calentamiento global (el huracán Katrina fue otro 11-S para Estados Unidos) y, más urgentemente, la crisis general del capitalismo. De modo que con la épica impuesta por Obama (Yes we can!), la cruzada militarista de Bush concluyó “casi antes de haber comenzado”.

¿Sobreestima Garton Ash la importancia de Estados Unidos en la historia del siglo XXI? Según él, no, pues durante aquel decenio las políticas estadounidenses afectaron al planeta tanto como en cualquier otra década anterior desde “los determinantes años cuarenta”, sólo que ahora “para peor”. Su tesis, sin embargo, es que producto de sus dificultades financieras y del poder cimentado por otras potencias (China, Rusia, Irán), Estados Unidos ya no será “capaz de modelar la próxima década”.

Por cierto, las reflexiones sobre Estados Unidos ocupan sólo una parte de este libro. Otros reportajes analíticos están dedicados a Inglaterra (“¿Es europea Gran Bretaña?”), Europa (“nuestra influencia continuará disminuyendo en los años que se avecinan”) y a zonas que “sin mayores matizaciones denominamos ‘Asia’ y ‘el mundo musulmán’”. Así, Garton viaja a sitios tan disímiles como la “anárquica” Teherán de Ahmadineyad, Hong Kong (“punto de encuentro entre Oriente y Occidente”), las favelas brasileñas, el Egipto del “faraón” Mubarak, Tirapsol (capital del para-Estado de Transdniéster, una escisión de Moldavia) y Birmania, donde un “grotesco” Estado-ejército gobierna con el budismo como ideología oficial.

En cada lugar, Garton Ash observa, entrevista y relaciona, estableciendo vínculos entre lo que presencia y procesos históricos de alcance mayor (se nota el influjo del fallecido Tony Judt, de quien fue amigo). Así, la Revolución Naranja ucraniana de 2004 -la noche en que los ucranianos derrocaron a la “gangsterocracia” de Leonid Kuchma- se encuadra en el proceso de revoluciones democráticas, comenzado con las “revoluciones de terciopelo” centroeuropeas en los años 80, las cuales no usaron la violencia para acceder al poder (a diferencia de los modelos revolucionarios jacobino y bolchevique de 1789 y 1917). Así, también, la caída de Milosevic en Serbia, el año 2000, es enmarcada en “el bicentenario proceso, demorado y largo tiempo interrumpido, de la formación de los Estados-nación europeos modernos a partir de las ruinas del imperio otomano”.

El autor reserva un capítulo especial para las ideas, para él tan importantes y revolucionarias como los hechos (de ahí el título del libro). Aquí reflexiona sobre la película La vida de los otros, la Stasi, el “carácter torturado y laberíntico de la memoria alemana”, su profesor Isaiah Berlin, la vigencia de George Orwell (“el escritor político más influyente del siglo XX”) y la publicación, en 2006, de Pelando la cebolla, las memorias en las que Günter Grass reconoció abiertamente haber pertenecido a las SS nazis.

En las páginas finales, Garton Ash se ocupa de desafíos y problemas que en el futuro “podrían empujar a la humanidad hacia atrás”. Un capitalismo que ha ganado, pero que en modo alguno está a salvo de una gran caída, se ha vuelto insostenible y debe replantearse, dice. Para él, la gran conclusión que dejó el huracán Katrina fue que nuestra vida “organizada y civilizada” es frágil y que sólo bastan unas horas para regresar a un “estado de naturaleza hobbesiano”, la “guerra de todos contra todos”. La deducción del autor es pesimista: tal vez, “en algún momento en torno al año 2000”, nuestra civilización haya llegado a un punto demasiado alto, “hacia el cual puede que las generaciones futuras miren con nostalgia y envidia”.

No hay comentarios: