7 ago. 2012

Teherán y la ‘Primavera árabe’ | Ramin Jahanbegloo

Un fantasma recorre Oriente Próximo: es el fantasma del cambio democrático. Los poderes que representan las viejas ideas y al Oriente Próximo autoritario han formado una alianza diabólica para deshacerse de este fantasma, pero los vientos del cambio soplan ya por toda la región, y es difícil suponer que van a disiparse en un futuro inmediato.

Durante medio siglo, todo el mundo acusó a los ciudadanos árabes, turcos e iraníes de que no mostraban suficiente interés en conquistar las libertades democráticas ni luchaban verdaderamente para liberarse de sus gobernantes autoritarios. En los últimos tiempos, sin embargo, millones de egipcios, tunecinos, iraníes, yemeníes, sirios y bahreiníes han demostrado que esa acusación no era cierta al llevar a cabo unas movilizaciones cada vez más amplias contra los tiranos. Si los levantamientos en Oriente Próximo culminan con la caída de los regímenes iraní y sirio, sus efectos en la región serán más poderosos que todas las repercusiones que han podido tener las guerras entre árabes e israelíes durante los últimos 60 años.
Muchos comentaristas occidentales han dado a las rebeliones que están recorriendo Oriente Próximo y el Magreb el nombre de Primavera árabe. Es indudable que el modelo en el que se mira la Primavera árabe es la Primavera de Praga de 1968, el breve intervalo de reformas democráticas que vivió Checoslovaquia antes de que los carros de combate de la Unión Soviética invadieran el país. La verdad es que las protestas que se han extendido por todo Oriente Próximo tienen poco que ver con la Primavera de Praga, aunque, como ocurrió en el caso de los movimientos civiles en el este de Europa, los recientes despertares democráticos en el mundo árabe han vuelto a dejar claro que la sociedad civil puede ayudar a proporcionar el espacio independiente necesario —por utilizar la famosa distinción de Isaiah Berlin— para las libertades “negativas”, más que para las “positivas”. Lo que unió a tunecinos, egipcios e iraníes en sus levantamientos democráticos, así como a los pueblos de Yemen y Siria en la actualidad, fue la voluntad de permanecer libres de toda injerencia y la lucha contra la concentración de poder arbitrario. En todas y cada una de esas revueltas hemos visto, día a día, a jóvenes dispuestos a arriesgar sus vidas para derrocar a un Gobierno corrupto que no podía o no quería crear un futuro libre y próspero para ellos.
En realidad, para ser exactos, si nos fijamos con más detalle en los jóvenes que pusieron en marcha estas demandas democráticas en Oriente Próximo, podemos ver sin lugar a dudas que la Primavera árabe empezó en Irán en junio de 2009. Es decir, la Primavera árabe tuvo un comienzo nada árabe, con el Movimiento Verde iraní y lo que se llamó la Revolución del twitter de los jóvenes iraníes. Muchos consideran que el Movimiento Cívico Iraní de esas fechas constituyó un momento crucial en la historia moderna de Irán. Al principio, las revueltas nacieron para protestar por la manipulación de las elecciones presidenciales y la reelección de Mahmud Ahmadineyad, pero pronto se convirtieron en una lucha masiva en favor de las libertades civiles y la expulsión del régimen teocrático de Irán. Las manifestaciones no fueron solo una forma de reaccionar contra unos resultados electorales injustos, sino que tenían sus raíces en años de frustraciones, insatisfacción e ira acumuladas contra el Gobierno represor de la República Islámica. Ahora bien, la gran pregunta que no tiene aún respuesta es: si la Primavera árabe comenzó en Irán, en 2009, ¿por qué ahora les está costando tanto volver a dar a luz un nuevo movimiento democrático?
A la hora de la verdad, lo que diferencia la situación iraní de los casos de Túnez y Egipto es el hecho de que el régimen iraní cuenta con una base ideológica, mientras que, tanto en el régimen de Túnez como en el de Egipto, la ideología era muy débil o incluso inexistente. Ben Ali y Hosni Mubarak, además de ser los auténticos centros de poder, representaban la propia identidad de los regímenes de sus respectivos países, por lo que las protestas tenían un blanco muy claro y preciso.
En Irán, el Líder Supremo, Ali Jamenei, es una figura muy poderosa, pero no es indispensable para el régimen, que es una especie de “oligarquía plural”, con varios actores y centros de toma de decisiones políticas y económicas. También existen otras diferencias. En primer lugar, el régimen iraní es más implacable y sistemático en la represión de sus opositores de lo que jamás lo fueran los regímenes de Ben Ali y Mubarak. En segundo lugar, gran parte de su atractivo internacional procede del hecho de que es una respuesta islámica digna a los regímenes corruptos de la región. Y, por último, la Marea Verde de 2009 en Irán era un movimiento político que no exigía más que reformas democráticas. En Egipto, por el contrario, las protestas no han sido exclusivamente de tipo político, y los ciudadanos que abarrotaban la plaza de Tahrir reclamaban asimismo derechos sociales y económicos, mientras los obreros organizaban huelgas en todo el país para acompañar las protestas. También hubo, tanto en Túnez como en Egipto, un recurso muy explícito al problema de la corrupción en los llamamientos y las movilizaciones, y no así en Irán, a pesar de que el régimen iraní no se queda atrás en ese aspecto. Todos estos elementos hacen pensar que las protestas y revueltas iraníes, aunque forman ya una corriente irreversible, tardarán mucho más en dar fruto y sufrirán muchas más penalidades.
Si nos centramos en lo que sucedió en Egipto y Túnez en el año 2011, podemos decir que las revueltas en esos dos países triunfaron porque en ambos casos las fuerzas armadas tomaron la decisión de no compartir la suerte de sus respectivos dictadores y se negaron a disparar contra la gente. En cambio, el Movimiento Verde estaba muy limitado desde el punto de vista táctico cuando se encontraba frente a frente con la terrible violencia del Estado islámico, y las manifestaciones callejeras acabaron siendo la principal arma del movimiento.
Muchos observadores opinan que el Movimiento Verde perdió su unidad y su impulso debido a las violentas represalias ejercidas por el régimen iraní. Otros dicen que el Movimiento Verde tenía la capacidad y la posibilidad de conseguir lo que deseara y que, si se contuvo y, al final, se quedó sin alcanzar los objetivos, fue por culpa de lo que era su punto más débil: su dirección.
Hoy es imposible hablar de Irán sin mencionar Egipto, Túnez y los demás países musulmanes en los que soplan vientos de cambio. Sin embargo, aunque las demandas de democracia sean las mismas, las vías para alcanzarla serán muy distintas. En Egipto y Túnez, la expulsión de los dictadores y la celebración de elecciones libres fueron las señales de que había llegado el “comienzo de la política”. En Irán, por el contrario, la política no comenzará con el fin de los dictadores, sino que será la propia política la que conduzca a esa meta. Como ya se ha dicho, Egipto fue un sprint, mientras que Irán será una maratón.
La pregunta que queda por responder es: si el sistema político iraní no puede reformarse de manera pacífica y no violenta, a través de las urnas, porque no es capaz de prestar atención a las demandas populares de cambio, ¿qué queda entonces del sueño democrático iraní? Si eso ocurre, tal vez los iraníes tengan que esperar a otra generación para que ese sueño se haga realidad. En cualquier caso, suceda lo que suceda, el futuro de la lucha por la democracia en Irán ejercerá una influencia determinante en el rumbo que seguirá Oriente Próximo durante la segunda década del siglo XXI.

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