18 ago. 2010

O'Higgins y Carrera: la reconciliación ecuestre | Nicolás Ocaranza


Frases como ‹‹unidad nacional›› y  palabras como ‹‹reconciliación›› han sido las más utilizadas por los políticos chilenos en el largo proceso de ‹‹transición›› a la democracia. Tomada del catolicismo, la palabra ‹‹reconciliación›› refiere al perdón de los pecados y a la expiación de la culpa. Sin embargo, desde el ámbito privado de la fe, la palabra se ha vuelto un comodín del discurso político y jurídico para exculpar las responsabilidades penales vinculadas a la violación sistemática de los Derechos Humanos durante la dictadura militar, y olvidar las responsabilidades políticas de aquellos civiles y militares que dejaron suspendidas las libertades políticas y civiles durante diecisiete años. 

Como si esa historia no fuera en sí misma desoladora y contradictoria, resulta que ahora, en pleno siglo XXI, la palabra ‹‹reconciliación›› vuelve a aparecer con un afán redentor. El problema es que ahora el gobierno de turno intenta utilizarla para resolver la consabida rivalidad entre dos personajes de la Independencia de Chile. La innovadora propuesta pretende juntar en la Plaza de la Ciudadanía, ubicada frente al Palacio de Gobierno, las estatuas ecuestres de José Miguel Carrera y de Bernando O’Higgins, hombres catalogados como próceres, héroes y prohombres de nuestra historia.

La disputa entre Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera tiene muchas aristas,  pero la trama de esta historia quedó reflejada en sus diferencias políticas frente al proyecto emancipador, en la divergente visión estratégica sobre las campañas militares, como también en la evidente intromisión del general argentino José de San Martín en el affaire, y en los afanes personales de ambos liderazgos político-militares. El desenlace de sus desencuentros trajo como consecuencia la acusación de los hermanos Carrera, tachados como traidores a la patria y conspiradores del proyecto de liberación encabezado por San Martín, y su posterior detención y fusilamiento en el Río de la Plata.

El triunfo político que obtuvo O’Higgins al deshacerse de sus principales opositores políticos no significó la tranquilidad de su gobierno, sino todo lo contrario,  puesto que varias de las acusaciones que se imputaron al gobierno de José Miguel Carrera con justa razón -intervención directa o indirecta en el Congreso, uso de prácticas despóticas más propias de un  tirano que de un gobierno republicano, anulación de la disidencia política- se devolvieron como un boomerang para censurar las decisiones tomadas durante el gobierno o’higginiano.

Con el paso de los años, luego de haberse consolidado miltar y políticamente la Independencia, la vieja rivalidad se traspasó a la arena política y a la historiográfica, espacios que durante el siglo XIX y gran parte del XX fueron terrenos fértiles para continuar estas rencillas. La vinculación de los o’higginistas con el peluconismo (conservadurismo) y su defensa de un poder presidencial fuerte, sentó las bases para que algunos historiadores más cercanos a los sectores liberales idealizaran a Carrera como figura ejemplar del republicanismo criollo, pasando por alto sus intervenciones directas en el Congreso Nacional y olvidando su tentativa de crear una monarquía constitucional.

Si bien es comprensible que las apropiaciones y deformaciones del legado político de ambos personajes respondan a motivaciones ideológicas y a posicionamientos pasionales de los ciudadanos respecto a la historia de Chile, resulta inexplicable utilizar la excusa del Bicentenario para ‹‹reconciliar›› oficialmente a dos figuras públicas que en el pasado fueron antagónicas.

El Bicentenario y la ‹‹unidad nacional›› son dos imbunches de una retórica facilista que fermenta por estos días, pero si la palabra ‹‹reconciliación›› será la moneda de cambio para que la historia, tal como la política y la justicia de nuestra otrora fértil provincia, sea utilizada para ambigüedades discursivas, para encubrir diferencias y para camuflar contradicciones, es mejor que paremos la fiesta y nos  retiremos en silencio a nuestras casas. En lugar de perder el tiempo intentando que las estatutas hablen, sería más oportuno que el gobierno se ocupara de limpiar las heces de las palomas que se paran sobre ellas. Así, al menos contribuiría al aseo de los espacios públicos y dejaría de jugar a ser ventrílocuo de estos títeres de hierro.

De lo contrario, juntemos también las estatuas de Salvador Allende y Pinochet, de Bilbao y Mariano Egaña, de Orlando Letelier y Manuel Contreras, de Lautaro y Pedro de Valdivia. Tal vez así nos abrazaremos todos juntos –como cantaban Los Jaivas- como buenos compatriotas, y se haga por fin realidad el sueño piadoso de la falsa ‹‹reconciliación››. A fin de cuentas, ¿qué es Chile sino un imbunche? En este extraño país de los consensos, hasta los personajes del pasado se reconcilian sin antes haber limado sus asperezas.

Nicolás Ocaranza

1 comentario:

césar troncoso dijo...

A mí me parece bien que junto a la estatua de O'Higgins, se haya puesto otra de José Miguel Carrera. No por un afán de reconciliar a ambos (un imposible a todas luces), sino para que nosotros no olvidemos que en nuestro deseo de lograr un mejor porvenir para Chile, bien podemos caer en que "el fin justifica los medios". No está de más que tengamos presente que ambos lograron aciertos y cometieron errores, para emular aquellos y evitar estos.