28 mar. 2012

El triunfo del mal | Alvaro Matus

El formato DVD ha hecho justicia con The wire, la excepcional serie de HBO que cuando se dio en el cable tuvo escaso éxito: no recibió grandes premios y su peak de audiencia fue apenas una tercera parte del de Los Sopranos. Hoy, sin embargo, son muchos los que la califican como la mejor serie de todos los tiempos, la más ambiciosa, subyugante y, también, la más atrevida a la hora de reflejar la eterna lucha entre el bien y el mal.


Ambientada en Baltimore, la serie muestra la descomposición que genera el tráfico de drogas ya no sólo en la población donde se mueve la heroína o el crack o las anfetaminas, sino en las escuelas, los sindicatos portuarios, la prensa, la municipalidad, los tribunales y, por supuesto, la policía. The wire se instala, con sus múltiples personajes, tramas y subtramas, como un dispositivo que permite ver la degradación de un sistema en el que las relaciones sociales están signadas por la hipocresía. Tommy Carcetti es un político bien intencionado hasta que llega a la alcaldía y se transforma en un cínico que sólo espera convertirse en gobernador; Clay Davis es el senador corrupto que cree más en el caciquismo que en la democracia; los comisarios Burrell y Rawls son auténticas hienas que prefieren un decomiso con cámaras de TV en vez de indagar a dónde llega finalmente el dinero del narcotráfico. Eso es lo que anhela el entrañable Jimmy McNulty, un detective capaz de saltarse las normas con tal de esclarecer los crímenes.

Para Mario Vargas Llosa, uno de los aspectos más inquietantes de la serie fue constatar que la justicia no pasa tanto por las instituciones como por las propias pandillas. En The wire, policías, políticos y gangsters comparten códigos de ética muy similares. De ahí que muchos de los supuestos "malos" resulten más queribles que los que representan la ley: Avon Barksdale, Bodies, D'Angelo, Hermano Mouzone, Bubbles y, por supuesto, Omar Little, una mezcla de Robin Hood y Llanero Solitario que les roba la droga a los propios narcos y va haciendo justicia con su propia mano (o rifle). 

Hoy puede extrañar una visión tan negativa, pero la idea de bondad y progreso social se impuso a partir del siglo XVIII; antes el hombre se miraba a sí mismo con menos complacencia y optimismo. De las Máximas de La Rochefoucauld, por ejemplo, se desprende que el ser humano es gobernado por el amor propio, el interés y el orgullo. "Todos quieren encontrar su placer y sus ventajas a expensas de los demás, y siempre se prefieren a sí mismos antes que a aquellos con los que se propone vivir", escribió el filósofo francés. Algo similar pensaba Pascal, quien señala que "el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí porque se sitúa en el centro de todo, y es incómodo a los demás, porque quiere someterlos, ya que cada yo es el enemigo y quisiera ser el tirano de todos los demás".

The wire no tiene nada que ver con las típicas historias de "auge, caída y redención". Aquí asistimos al triunfo absoluto del mal. Sin embargo, por negra que sea la visión del ser humano que transmite la serie, resulta más tranquilizador saber que el orden moral es una máscara antes que seguir viviendo, ingenuamente, en un orden dominado por las apariencias.

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