29 mar. 2012

No es el sueño del Tahrir | Timothy Garton Ash

Un año después, Egipto está dividido entre un aparato de seguridad aún muy atrincherado, unos islamistas en pleno ascenso político y unos revolucionarios que luchan para superar los problemas


"Muy bien, hablemos del pan", dice el parlamentario local Gamal al Ashri a los electores que llenan la sala. Es ya de noche. Delante del dilapidado edificio de viviendas en el que se celebra la reunión, una mujer rebusca en un enorme montón de basura maloliente, al borde de una calle llena de polvo y de baches. Agarra algo y se apresura a meterlo en una bolsa de plástico. Carros llevados por caballos, viejas furgonetas Volkswagen de color blanco y pequeñas motocicletas negras de tres ruedas (llamadas tuk tuk) compiten con los peatones en el caos atronador que constituye una calle egipcia. Estamos en un barrio pobre de Giza, a pocos kilómetros de las pirámides, pero fuera de cualquier itinerario turístico.

Lo que pasa con el pan es que no hay suficiente pan del barato, el que está subvencionado por el Estado. Junto a este edificio hay una panadería privada, muy iluminada, que vende aromáticos panes y pasteles, pero los pobres no pueden comprarlos. El congresista explica lo insensato que es un Estado corrupto que ha reducido a Egipto a depender del trigo importado. Después surgen las preguntas sobre cuestiones como la basura en las calles, el crimen y los transportes locales.

De pronto, un hombre de mediana edad, elegantemente vestido, con chaqueta, camisa negra y corbata, se levanta y pregunta: “¿Pero por qué tenemos mujeres en el Parlamento?”. Está claro que no le gusta. Y, según me traducen, añade que “los Hermanos Musulmanes están interesados en tener mujeres. Yo, no. Quiero que las mujeres vuelvan a casa”.

El parlamentario pertenece al Partido Libertad y Justicia (PLJ), el brazo político de los Hermanos Musulmanes, que fue el gran vencedor en las elecciones parlamentarias, relativamente libres, celebradas en el país y, casi con toda certeza, dominará el próximo Gobierno. Aguardo su respuesta con curiosidad. (Que yo sepa, no sabe que hay un extranjero al fondo de la sala.) “No”, dice. Queremos libertad para todos. Egipto solo se puede reconstruir si participa todo el mundo. Las mujeres pueden ayudarnos a afrontar muchos problemas, como las drogas y la educación.

Entonces, en una sala en su mayoría ocupada por hombres, una mujer muy enfadada se levanta y pregunta, no sobre la posición a propósito de las mujeres, sino sobre otro parlamentario que ha acusado al que pudo haber sido candidato presidencial, Mohammed el Baradei, de ser un agente extranjero.

Bienvenidos al Egipto real. En Occidente hay dos clichés, dos imágenes opuestas, sobre la revolución egipcia y, más en general, la Primavera Árabe. Una es la de las bellas y jóvenes revolucionarias, usuarias de Facebook y Twitter, que explican en perfecto inglés sus inmaculados objetivos laicos y liberales. La otra es la de los hombres islamistas, morenos y barbudos, que aprovechan un breve instante de semidemocracia para imponer su represión violenta, teocrática y misógina. La primavera árabe y el otoño árabe.

Como ocurre tantas veces, los clichés tienen una base de verdad. Hay en Egipto jóvenes, tanto hombres como mujeres, fantásticos, valientes e inteligentes, que han hecho frente a tremendas intimidaciones de todo tipo (desde balas de la policía hasta acoso sexual) y merecen que les demos toda nuestra solidaridad y todo nuestro apoyo sin escatimarlos. Y, desde luego, existen algunos monstruos islamistas. Pero los clichés ignoran dos verdades más amplias e importantes.

En primer lugar, el mayor obstáculo a la libertad hoy en Egipto, el más inmediato, la fuerza que está verdaderamente tratando de deshacer la revolución, no son los Hermanos Musulmanes, sino los militares que dominan el aparato de seguridad del Estado, los que llevan 60 años en el poder y que ahora se conocen por las siglas CSFA, de Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Son ellos quienes mandaron construir, hace poco, dos espantosos muros provisionales de enormes bloques de cemento —que me recuerdan de forma inevitable a las fotos del Muro Berlín en sus primeros tiempos— para impedir el acceso a la Plaza de Tahrir y los edificios oficiales próximos.

Ellos han dirigido las legiones de espías, matones y torturadores que, durante decenios, han aterrorizado a partidarios del Estado laico, salafistas, cristianos coptos y personas corrientes. En los últimos tiempos han encerrado a blogueros que se habían atrevido a criticarlos. Controlan grandes partes de la economía; los cálculos varían entre el 10 y el 40%. En cualquier caso, suficiente para tener la capacidad, cuando las reservas del banco central se agotan, de darle 1.000 millones de dólares como si nada, “como si se lo hubieran encontrado detrás de los cojines del sofá”, en palabras de un observador. El CSFA es el que está peleando con el Parlamento elegido para conservar el control de los Ministerios de Interior y Defensa y evitar que el presupuesto de Defensa tenga que estar sometido a escrutinio. A pesar de recibir aproximadamente 1.300 millones de dólares de Washington en concepto de ayuda militar, ha mostrado una actitud increíblemente desafiante respecto a Estados Unidos al procesar a 43 activistas de ONG, entre ellos el hijo del actual ministro de Transportes estadounidense. En resumen, los militares son el mayor impedimento en la larga vía de Egipto hacia la libertad.

En segundo lugar, en la medida en que Egipto ha celebrado unas elecciones más o menos libres y más o menos limpias, los islamistas han ganado. El PLJ y el salafista Al Nour controlan, entre los dos, una amplia mayoría en las dos cámaras del Parlamento. Gusten o no, por ahora son ellos —no los jóvenes urbanos y con educación que encabezaron la revolución en la Plaza de Tahrir— quienes han obtenido la victoria política. No es extraño en una sociedad conservadora y de mayoría musulmana, en la que los Hermanos Musulmanes poseían ya una formidable organización clandestina. El PLJ hace concesiones y llega a acuerdos con el aparato militar y de seguridad, pero también intentará refrenarlo.

Todos esos a los que agrupamos bajo la etiqueta de islamistas son gente muy variada: gordos y delgados, duros y blandos, dogmáticos y pragmáticos. Algunos dan prioridad a la economía de libre mercado, otros al bienestar social, otros, al conservadurismo cultural y religioso. En todos los territorios de la Primavera Árabe, la situación es muy distinta según qué tipo de islamistas predomina, en qué contexto y con qué limitaciones internas y externas. Por ahora, las prioridades del PLJ en Egipto parecen claras: mostrar ciertas mejoras en la economía, el bienestar y la seguridad individual. Si no, saben que perderán popularidad y, por tanto, votos.

Un año después de la caída de Hosni Mubarak, esto no es con lo que soñaban los jóvenes revolucionarios de Tahrir. No es con lo que soñábamos los liberales de Occidente. No es otro 1989, con las consecuencias de aquel. Pero tampoco es 1979 en Irán, una revolución arcoiris que enseguida degeneró en una teocracia islamista represiva. Es Egipto y es 2012. Incluso mis amigos liberales y coptos dicen que un Gobierno islamista pragmático, que logre una reducción gradual del gigantesco aparato militar, burocrático y de seguridad del Estado, es quizá lo máximo a lo que pueden aspirar en un futuro próximo.

Si los que vivimos en países libres y más prósperos queremos contribuir a la transición en Egipto —y, seamos realistas, esa será una ayuda meramente marginal—, debemos empezar por comprender qué está sucediendo allí, con toda su complejidad, todo su polvo y todos sus baches. No tenemos nada que perder, más que nuestros clichés.


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