10 may. 2012

Las democracias pueden detener a los depredadores financieros: Argentina y Bolivia están mostrando cómo | Richard Drayton

Mientras Europa fuerza todavía más privatizaciones en Grecia y España bajo el orwelliano nombre de "liberalización", en 2012 América Latina está desafiando la visión ortodoxa de que lo privado es siempre mejor que lo público. El 1 de mayo Bolivia confiscó la compañía española que controlaba su red eléctrica, poco después de que Argentina, el 14 de abril, renacionalizó de facto YPF, su principal compañía petrolera, expropiando el 51% de propiedad de la empresa española Repsol. Tanto los críticos como los seguidores han entendido las acciones de Cristina Fernández de Kirchner y Evo Morales en términos de nacionalismo energético y demagogia populista. Pero deberíamos ver ambos casos como respuestas a las fallas de las privatizaciones y sus tóxicas conexiones con las complejas formas de la especulación financiera.

Bolivia y Argentina han demostrado que las empresas privadas estaban invirtiendo menos, no más, que sus predecesoras públicas. Morales señaló que sólo 81 millones de dólares habían sido invertidos en la red de electricidad boliviana desde su privatización en 1997. En la década de 1990, YPF perforó tres veces más pozos exploratorios en la Argentina que los perforados por Repsol durante la década de 2000. Las extracciones de petróleo y gas argentinos estaban cayendo, y no se estaban encontrando nuevas reservas para reemplazar los depósitos explotados.

En ambos casos, las multinacionales españolas habían priorizado la repatriación de dividendos por sobre la inversión. Esta forma indirecta de liquidación de activos fue conducida según las prioridades de banqueros en Londres y Nueva York. Lo que estaba detrás del affaire Repsol-YPF, en particular, era algo muy cercano al enfermo capitalismo que generó la crisis de 2008: activos de alto riesgo y alto rendimiento, rebanados y cortados mediante derivados complejos. 

Repsol, al igual que todas las compañías de petróleo, tiene una doble vida. Por un lado hace dinero a través de la producción, transporte, refinado y comercialización de petróleo y gas. Por otra parte, es un representante que apuesta con el petróleo como mercancía y, a través de derivados, especula sobre esa especulación. Los bancos de inversión están igualmente divididos en sus prioridades. A veces invierten, aunque más frecuentemente se hacen ricos moviendo el dinero que piden prestado a bajos intereses hacia lugares donde obtienen mayores rendimientos.

Mientras los altos rendimientos casi siempre significan mayores riesgos, hay una ficción de control sobre estos riesgos a través de los derivados, en particular los contratos de seguros llamados "swaps".

En el turbio mundo de los derivados, sin embargo, el mismo grupo de un banco puede indirectamente garantizar sus propios riesgos, y el comercio de riesgos se convierte en algo más grande que la inversión real. La pirámide completa se levanta tan alto como haya algo en el mundo real que la pague, en teoría, un rendimiento alto y constante, ya sea las hipotecas o la alta rentabilidad de un activo de aceite.

España privatizó Repsol entre 1989 y 1997, justo en el momento en que la "desregulación" en Estados Unidos y Gran Bretaña convirtió a los bancos de inversores en jugadores de altas apuestas. Desde una diminuta empresa española de refinería y marketing que avanzaba con la corriente, Repsol creció y se convirtió en la decimoquinta mayor compañía petrolífera del mundo, con operaciones en todos los continentes. Se especializó en negocios donde las empresas angloamericanas temían entrar, como Irán, como el gas submarino de la Venezuela de Chávez y como el petróleo submarino de Cuba, disfrutando de saltos en su precio y valoración mientras nominalmente adquirió acceso a las reservas.

En 1999, Repsol compró su activo internacional más importantes: YPF. Durante la década pasada, el principal valor de YPF, en lo que a Repsol le concernía, no fue el petróleo o gas producido y vendido, sino su valor como garantía sobre la base de que se podría hacer compraventa de la deuda.

Bajo Repsol, YPF pagó unos extraordinariamente altos dividendos a sus dueños extranjeros -cerca de 9% en 2011- por el endeudamiento. Así, mientras las deudas de YPF subieron y el petróleo argentino quedó sin ser perforado, tanto las ganancias como el capital argentino de Repsol se invirtió en otra parte de su estructura corporativa. Como la agencia de calificación Standard & Poor comentó el 19 de abril: “Repsol no garantiza nada de la deuda en YPF”. Madrid se quedó con el jugo, pero todos las responsabilidades cayeron en Buenos Aires.

Los altos dividendos también permitieron a Repsol sacar en efectivo el 25% de su holding YPF vendiéndoselo a la familia Eskenazi, con capitales procedentes de Credit Suisse, Goldman Sachs, BNP Paribas, Standard Chartered y Citibank, bancos que hicieron dinero comprando y vendiendo contratos derivados de la deuda de Repsol e YPF.

España ha amenazado a Argentina con represalias, respaldada rápidamente por la UE, Gran Bretaña y Estados Unidos. El enojo en Madrid y Bruselas es de un estilo anticuado: Argentina se niega a entregar a España el dinero de su bolsillo, el de hoy y el de mañana, y además reducir los activos globales de Europa.

Pero la furia de las páginas del Financial Times y el Wall Street Journal no se debe, en última instancia, al petróleo o sus beneficios, ni siquiera al mal precedente que podría establecerse para futuras expropiaciones en otros lugares. Por el contrario, es provocada porque Argentina ha interrumpido una cadena de titulización anclada en el mundo real a su petróleo en un extremo, pero con los bancos de inversión en Londres y Nueva York, los titulares de intercambio y de otros pasivos derivados sobre la deuda de Repsol y de YPF, en el otro.

Con la nacionalización, Argentina mostró que un gobierno democrático puede hacerle frente a los depredadores financieros. Y eso no ha asustado a nuevos inversores: Talisman, ConocoPhillips, Chevron y empresas chinas ya están buscando acceso a las exquisitas reservas de petróleo de Argentina, las terceras más grandes del mundo.


Richard Drayton
Rhodes Professor of Imperial History 
at King's College London


Traducción de Nicolás Ocaranza y Pablo Riquelme Richeda

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