18 may. 2012

No nos salvarán con viejos métodos | Timothy Garton Ash


Hace unos días hablé ante un público formado sobre todo por jóvenes europeos en una pequeña, antigua y deliciosa ciudad holandesa que está empezando a sentir cierta inquietud por el sitio que ocupará en los libros de historia. Se trata de Maastricht.
Al repasar la historia de cómo se negoció el Tratado de Maastricht que desembocó en la eurozona actual, me encuentro con una lección fundamental. El marco de las políticas económicas europeas ha cambiado por completo en los últimos 20 años, pero la manera de decidir esas políticas, no.

Hoy, como entonces, los acuerdos más importantes los negocian unos cuantos dirigentes nacionales y sus asesores a puerta cerrada, a menudo mientras degustan una rica comida y un buen vino. Entonces fueron el presidente francés François Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl, más el importante papel que desempeñó el primer ministro italiano Giulio Andreotti. En esta ocasión será François Hollande, el primer presidente socialista de Francia desde Mitterrand, quien haga su peregrinación inicial a ver a Angela Merkel en Berlín, y habrá un papel destacado para el actual primer ministro italiano, Mario Monti. De un François a otro: plus ça change, plus c’est la meme chose.
Hoy, con la ayuda de los documentos publicados y las investigaciones periodísticas y académicas, podemos saber con exactitud cómo se coció el pastel de Maastricht. O, mejor dicho, como se quedó a medio cocer: es decir, con una unión monetaria pero sin la unión fiscal necesaria para sostenerla. He aquí, por ejemplo, lo que escribió Mitterrand a Kohl en diciembre de 1989: «Bajo las presidencias de Irlanda e Italia, los ministros de Economía y Finanzas pueden refinar las sugerencias para la coordinación de los presupuestos». ¡La coordinación de los presupuestos nacionales! Tomen fuerzas y ríanse a carcajadas, porque es para llorar.
Y ahora fijémonos en aquellos dos viejos zorros, Andreotti y Mitterrand, cuando se reunieron en un hotel a las afueras de Maastricht, la tarde anterior a la cumbre de diciembre de 1991, para resolver, mientras cenaban, cómo convencer a Kohl de que aceptara un calendario para la unión monetaria cuya intención evidente era sujetar a la Alemania recién unificada (cosa que les tenía alarmados) a un marco europeo más estricto. Respuesta: haciendo que la entrada fuera automática, siempre que se cumpliesen ciertos requisitos rigurosos y germánicos, como unos déficits inferiores al 3% del PIB y una deuda pública por debajo del 60%. Vuelvan a reír para no llorar.
Espero vivir lo suficiente para leer las actas oficiales redactadas por franceses y alemanes sobre la conversación de dentro de unos días entre Hollande y Merkel en Berlín, además de los relatos de primera mano de los comensales presentes en la negociación. Los líderes europeos conseguirán, mediante los métodos de siempre, alcanzar un acuerdo que consistirá con toda probabilidad en el Pacto de Crecimiento de Hollande, bajado de tono y luego adornado, para complementar el Pacto Fiscal de Merkel, con los fondos europeos, los bancos y los llamados mecanismos como elemento añadido de estímulo.
No recuerdo si en 1991 la gente hacía bromas sobre Kohlrrand oMitterohl, como hace todo el mundo hoy sobre Merklande, que va a suceder a Merkozy. Pero habrían podido hacerse, aunque, para ser exactos, entonces deberían haber hablado de Kohlrrandeotti, igual que hoy quizás habría que decir Merkhollti (la competencia de Monti como economista, su integridad y su aparente influencia en la canciller alemana merecen que se incluyan al menos una o dos letras).
Pasando a cosas más serias, el aspecto político esencial de este proceso de toma de decisiones no ha cambiado. Desde Maastricht, el Parlamento Europeo ha adquirido más poderes, pero eso no ha hecho que la política europea determine la economía europea. Estamos hablando, hoy como entonces, de líderes nacionales, que defienden unos intereses nacionales definidos por sus propias clases dirigentes nacionales y justifican su conducta ante unos de medios de comunicación que siguen siendo mayoritariamente nacionales. Las elecciones importantes son las nacionales, como las recientes en Francia y Grecia. Incluso algunas de ámbito subnacional —como las de Renania del Norte-Westfalia-— pueden ser más importantes que las europeas.
Sin embargo, lo que sí ha cambiado desde los tiempos de Maastricht es la voz de los pueblos de Europa. Siempre hubo una pizca de verdad en la crítica de que la UE se había construido gracias a una "conspiración de las élites", pero solo una pizca, porque, en la mayoría de los países, esas élites podían apoyar sus políticas proeuropeas en un sólido consenso, aunque fuera pasivo, en el seno de sus respectivas poblaciones. Ya no es así. El pueblo griego acaba de gritar "basta ya". Corremos peligro de que, como consecuencia, la eurozona sufra una desintegración caótica.
Si, gracias a una actuación eficaz de Merkhollti, no ocurre tal cosa, aun así habrá que convencer a los ciudadanos europeos de que seguir adelante con la integración merece la pena. Incluso en la firmemente proeuropea Polonia, donde ahora me encuentro, existen cada vez más dudas. Y eso me lleva de nuevo a los jóvenes europeos con los que hablé el otro día en Maastricht. Uno de ellos se me acercó al terminar y me dijo, más o menos: "Estoy de acuerdo con casi todo lo que ha dicho usted, pero cómo voy a convencer a mi padre, un trabajador de una pequeña ciudad alemana, que no entiende por qué tiene que pagar dinero para rescatar a unos griegos irresponsables". Una respuesta es: si piensas que Europa es una causa digna, tienes la obligación de convencer a tu padre. Y, más difícil todavía, de convencer a ese uno de cada dos jóvenes españoles que está hoy en el paro.
A la hora de la verdad, las políticas para salvar la eurozona y, con ella, el proyecto europeo, seguirá elaborándolas un puñado de dirigentes nacionales durante una cena. Ahora bien, para que tengan éxito, necesitamos la participación de millones de europeos, en sus propias lenguas, sus propios medios de comunicación y su propia política nacional, en sus pubs, sus bares y sus cafés. Sin eso -—y de momento no se ven demasiados indicios de ello-—, el rescate fracasará y el nombre de Maastricht ocupará un lugar desdichado en los libros de historia.

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