8 may. 2012

Tony Judt (1948–2010) | Timothy Garton Ash


El poeta Paul Celan dijo acerca de su nativa Chernivtsi que era un lugar donde las personas y los libros solían vivir. Tony Judt fue un hombre para quien los libros vivían, igual que las personas. Su mente, como su departamento en Washington Square, estaba repleta de libros: éstos caminaron con él, discutiendo, hasta el momento final.


Crítico como era de los intelectuales franceses, compartía con ellos la convicción de que las ideas importaban. Siendo inglés, pensaba que los hechos también importaban. Como historiador, uno de sus logros más importantes fue la unificación de la historia intelectual y política del siglo veinte europeo, revelando las múltiples -y a veces no buscadas- interacciones en el tiempo entre ideas y realidades, pensamientos, gestos, libros y personas.


En Postwar (2005), una historia de la postguerra europea concebida cuando la Guerra Fría continental se venía abajo, realizó otra gran integración. Mientras las dos mitades de la dividida Europa estaban siendo cosidas política y económicamente en los años posteriores a 1989, él integró sus historias. Su 1968, por ejemplo, no fue sólo París y no sólo Praga, sino el complejo todo de sus simultaneidades, contradicciones y malentendidos. La suya fue la primera historia mayor de la Europa contemporánea en analizar las historias del Este y Oeste de Europa con rigor equitativo, con detalles y matices locales, pero también como parte de un único y gran todo.

Como ensayista y comentarista político, continuó con la gran tradición del spectateur engagé, el intelectual crítico independiente políticamente comprometido. Una fina selección de sus ensayos fue publicado como Reappraisals: Reflections on the Forgotten Twentieth Century (2008). Sus comentarios y reseñas de libros fueron a menudo duramente golpeadores. Prominentes escritores siguen magullados hasta el día de hoy. Noto que la palabra “polémico” sigue viva en sus obituarios. A él no le habría molestado. En uno de los últimos e-mails que me envió, discutiendo el tema de una conferencia a la que me había invitado a dar, escribió —dictó desde su silla de ruedas: “No veo ningún daño en que vayas por el argumento ad hóminem en este caso”. Puedo escuchar sus palabras ahora mismo. Es importante entender cuál era su versión del argumento ad hóminem.

Existen, en líneas generales, dos tipos de polemistas intelectuales. Están aquellos para quienes la participación en la controversia es primordialmente un asunto de lucimiento personal, de posicionamiento en una facción o una camarilla, de una agenda oculta, ajustes de cuentas o de revisionismos serios, viscerales. Y están aquellos que, no sin una motivación personal o motivaciones privadas, están fundamentalmente preocupados de buscar la verdad. Tony Judt era de estos últimos.

Su pluma podía ser ácida e hiriente, pero su obra siempre trató de buscar la verdad de la mejor manera posible, con todas las herramientas de búsqueda posibles: desde el mondadientes del empirismo angloestadounidense hasta el faro de la exageración francesa. Contrariamente al otro tipo de intelectuales, siempre usó la buena fe. Y siempre iba en serio. No monótonamente serio (disfrutaba las acrobacias intelectuales como otros disfrutan del béisbol), sino moralmente serio. Esto era igualmente cierto en la conversación privada como en el discurso público. En lo que decía o escribía, siempre había una orilla moral. Le pesaba lo que él mismo llamó, en un estudio sobre tres intelectuales políticos franceses, la carga de la responsabilidad.

Cada etapa de su biografía fue agregando ingredientes a su mezcla cosmopolita. Estados Unidos fue su último destino, el más largo y el que más disfrutó, pero tal vez no su influencia más profunda. Se deleitaba con esa mega Chernivtsi que es Nueva York. The New York Review of Books y la New York University, en particular, le proveyeron compañía y espacios en los cuales un talento largamente formado pudo expandirse y florecer. Sus personales descubrimientos de Europa Central y de Europa del Este, hechos mientras enseñaba en Oxford en la década de 1980, fueron apasionados y formativos. Antes de eso, era un europeísta del oeste, especialista en la historia intelectual y política de Francia, especialmente de la izquierda francesa. A esto dedicó no menos de cinco libros académicos, desde la versión publicada de su tesis doctoral sobre el socialismo en la Provenza a Past Imperfect (1992), un cuidadosamente documentado y mordaz recuento con el que observó el fracaso de la mayoría de los intelectuales franceses de la postguerra.

Y mientras le gustaba contrastar la responsabilidad política y moral de intelectuales de Europa del Este como Václav Havel o Czesław Miłosz con la irresponsabilidad política de Jean-Paul Sartre o Maurice Merleau-Ponty (especialmente en relación con los horrores del estalinismo), la verdad es que en Francia encontró, también, un ejemplar altamente positivo, Raymond Aron, y la influencia francesa en su manera de pensar fue profunda. Su estilo controversial, con sus frecuentes usos de paradojas o semiparadojas del estilo “esto es al mismo tiempo X e Y”, a veces lo hacía parecer una traducción de los franceses.

Enseñó en Oxford durante ocho años, donde se le valoró por su compromiso mundial con la política y por su ansiado retorno. En contraste, un año sabático en que volvió a Cambridge lo dejó con poco apetito para más. Y sin embargo, fue Cambridge el lugar que lo había formado, específicamente el King’s College, donde estudió su pregrado y su postgrado. Siempre retuvo algo de la gran seriedad de aquellos fríos pantanos. Una profunda conciencia de su herencia judío-europea lo llevó a su más temprano y apasionado compromiso, por y para Israel, y tal vez a su más profunda desilusión, y a sus más controversiales pronunciamientos en la última década de su vida.

Tras esto, y antes que todo, había una infancia marcadamente inglesa, pasada en los suburbios del sudoeste de Londres como Putney y Kingston, con sus pubs, pequeñas tiendas, buses rojos y verdes y chirriantes trenes locales. Durante su enfermedad final, me impresionó notar lo a menudo que enfatizaba que él, finalmente, era inglés. Fui testigo, por ejemplo, de los comentarios que hizo al comienzo de su última aparición pública, cuando aprovechó la Remarque Lecture de 2009 en la New York University para entregar un sentido argumento a favor de una reavivada y repensada socialdemocracia. Envuelto en una frazada en su larga silla de ruedas eléctrica, con un respirador automático amarrado a su cabeza, observó que algunos colegas habían sugerido que hablara de su enfermedad de manera edificante. “Nosotros, los ingleses, no hacemos ese tipo de cosas”, dijo.

Bajo todas aquellas capas cosmopolitas había, creo, una sólida base de empirismo inglés, de escepticismo inglés y de liberalismo inglés (usando esta palabra con “L” en su sentido verdadero, no en la corrompida acepción tan de moda en la actual política estadounidense). Fue en Putney, después de todo, en 1647, cuando los Estados Unidos de América era apenas un chispazo en los ojos de Dios, donde el coronel Thomas Rainsborough dijo: “En verdad creo que incluso el más pobre inglés tiene una vida para ser grande; y por lo tanto, honestamente, señores, pienso claramente que todo hombre que se someta a un gobierno debe primero por su propia cuenta consentir ponerse a las órdenes de ese gobierno”. 

Tony Judt como intelectual fue un hombre público, pero como persona fue un hombre privado. Tenía una rica y cercana vida familiar. En los últimos meses de enfermedad, su mujer, Jennifer Homans, y sus hijos, Daniel y Nicholas, armaron para él un protector de pantallas en el escritorio de su computadora. Además de los momentos felices pasados en las vacaciones familiares, mostraba varias imágenes de montañas (particularmente de los Alpes) y estaciones de trenes. Los trenes y las montañas eran dos de sus pasiones privadas.

Tony tenía un par de gestos característicos. Tenía un movimiento con la mano, como si la enfriara luego de tocar una olla caliente o agua hirviendo. Esto denotaba que algo era tonto o falso. Además, tenía una inclinación lateral de la cabeza, acompañada de un rápido alzamiento de una comisura de los labios y un posterior guiño del ojo. Esto lo usaba para muchas cosas, desde la sátira y la autocrítica hasta una actitud que inadecuadamente podría verbalizarse como “así es la vida”. En la medida que la enfermedad de la motoneurona fue implacable y lo inmovilizó, ya no fue capaz de realizar estos gestos característicos, aunque de alguna manera todavía se las arregló para transmitirlos con sus ojos.

Tony era un luchador, y peleó contra esta enfermedad con toda su fuerza y voluntad. No eran para él los consuelos de una eternidad imaginaria o las “aceptaciones” estilo Kübler-Ross. Nos reíamos de esa gran frase que el dramaturgo inglés John Mortimer señaló citando a su moribundo padre: “Siempre estoy molesto a la hora de morirme”. Era lúcido y sensato acerca de lo que le estaba ocurriendo y de lo que vendría o no vendría después. Menos de tres semanas antes de su muerte, dije algo así como que yo sabía que él estaba viviendo un infierno. “Sí”, me dijo con el equivalente en sus ojos de aquel ahora imposible gesto de su cabeza, “pero el infierno es una experiencia intransferible”. Y entonces mejor hablar de otras cosas: amigos, bestias negras, política, libros.

Con el dedicado apoyo de su familia, de sus leales estudiantes y de profesionales, encontró una manera de seguir haciendo lo que mejor hacía: pensar, hablar y escribir. De hecho, los años de su fatal enfermedad fueron la ocasión para un chaparrón creativo, con la Remarque Lecture sobre la socialdemocracia expandida y convertida en un pequeño libro (Ill Fares the Land, 2010); un puñado de ensayos y memorias, compuestos en su cabeza en esos largos períodos de solitaria inmovilidad, luego dictados y reunidos en The Memory Chalet; y un libro en el cual Tony habló de su planeada historia intelectual del siglo veinte, en conversaciones con Timothy Snyder. A través del e-mail —por única vez, una bendición sin dobleces— pudo continuar “hablando” con su vieja voz.

Probablemente sea inevitable que ahora su vida y su obra sean vistas, al menos por algún tiempo, bajo el prisma de su cruel enfermedad, y la manera pública en que la describió y combatió. Pero a la muerte no debería permitírsele definir la vida. Estos fueron, a la larga, dos años entre 62. Como el cabeza dura, no religioso y antinostálgico hombre que era, Tony habría saludado cualquier sentimentalismo que pudiera expresarse como “todavía sigues aquí” con un desdeñoso apretón de manos. Pero en un sentido importante, su Chernivtsi intelectual sigue viva. Y sus libros seguirán caminando y hablando mucho tiempo entre nosotros.

El texto original se encuentra en: New York Review of Books; 9/30/2010.
Traducción de Pablo Riquelme Richeda.

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