8 may. 2012

"Perón, Perón, qué grande sos" | Alfredo Jocelyn-Holt

Halperin Donghi en Argentina en el Callejón (un magnífico título, el libro es de 1964) culpa del estancamiento a la indigestión histórica, el que Argentina suela elegir “como objeto de sus ilusiones la imagen rediviva de un pasado que juzga mejor que su presente”.


Para muchos, la época de oro son los años 20. Tomás Eloy Martínez cuenta que aprendió a leer de unos inmensos tomos de una enciclopedia de su abuelo, en donde también se enteró del futuro que se le profetizaba a su país (corrían los años 30): “Por sus recursos naturales, por su posición geográfica, por la educación de sus habitantes, la Argentina está llamada a ser, en el año 2000, la única potencia capaz de competir con los Estados Unidos”. Otros a lo que vuelven es a la década del primer Perón, 1946-55. En 1948, desde luego, había más teléfonos que en Japón e Italia y más autos que en Francia. De entonces datan también las pretensiones nucleares del país vecino, con sabio austríaco incluido en la isla Huemul del lago Nahuel Huapi; así es, suena a guión, mezcla entre Our Man in Havana y Dr. Strangelove.


Tratándose de un país tempranamente alfabetizado gracias a gente como Sarmiento (nadie sabe para quién trabaja), el peronismo apostará por adoctrinar desde la más tierna e impresionable infancia. Por eso la insistencia en la “República de los Niños”, en que “los únicos privilegiados son los niños”, y vamos haciendo de La Razón de mi Vida (¿que los niños vengan a mí?) la autobiografía de Eva Perón, texto obligatorio de aula. Daniel Santoro, pintor actual que trabaja y parodia la iconografía justicialista (aunque alguna vez fue peronista como todo buen argentino), lo explica: “El peronismo es una ideología que vive en el pasado y tiene una promesa hacia el futuro. Es una ideología a la que uno quiere regresar. La idea de cualquier peronista o del pueblo peronista es eso” (Manual del Niño Peronista). En efecto, con textos así de didácticos fue que se aseguraron peronismo por varias generaciones más.

Tengo a la vista uno de estos libros de difusión. Un tomo de 800 páginas (Justa, libre, soberana, 1950) con todo tipo de ilustraciones y gráficos detallando logros y planes de gobierno, algunos vagamente estalinistas, otros de saneamiento higienista. Especialmente impactante es la página 346, titulada “Inmigrantes indeseables”, sobre desratización con cifras precisas de tramperas colocadas en vapores, número de fumigaciones, cuevas destruidas y ratas muertas, clasificadas según origen, sean “nacionales” o “extranjeras”. La imagen y el lenguaje son equívocos; cabe interpretarlos literal como metafóricamente, pudiendo querer aludir, quizás, a otras “plagas”.

Lo que no está en dudas es el capítulo sobre cómo materializar los planes -el “Comienzo imprescindible” como lo llama el libro-, consistente, en primer lugar, en “argentinizar el sistema bancario, atacar de frente a los monopolios y nacionalizar los servicios públicos”. Uno lee un texto así, hoy, y se pregunta cuánto le deberán Fidel y Hugo Chávez lo suyo a Perón. ¿Y no será que Cristina, a sabiendas que alguien ocupará el vacío que ellos están dejando, reclama sus pergaminos históricos “progresista populistas” y aspira a compensar la notoria pérdida de trascendencia continental de su país?


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