5 sept. 2012

La mano que agarra | Peter Sloterdijk

Para dimensionar la magnitud sin precedentes que el Estado democrático moderno ha alcanzado en Europa, es necesario recordar el parentesco histórico entre dos movimientos que surgieron junto con tal Estado: el liberalismo clásico y el anarquismo. Ambos movimientos estaban motivados por la hipótesis errónea de que el mundo se dirigía hacia una era de debilitamiento del Estado. Mientras que el liberalismo quería un Estado mínimo que guiara a los ciudadanos de un modo casi imperceptible —permitiéndoles dedicarse a sus negocios en paz—, el anarquismo propendía la muerte total del Estado. Impulsaba a ambos movimientos una esperanza típica del siglo XIX europeo: que el saqueo del hombre por el hombre no tardaría en llegar a su fin. En el primer caso, esto resultaría de la eliminación de la explotación por parte de las clases improductivas, es decir, la abolición de la nobleza y el clero. En el segundo caso, la clave era reorganizar las clases sociales tradicionales en grupos pequeños que consumirían lo que ellas mismas producirían. Pero la historia política del siglo XX —y no sólo en sus extremos totalitarios—, resultó desagradable tanto para el liberalismo clásico como también para el anarquismo. El Estado democrático moderno se transformó gradualmente en un estado deudor, dentro del espacio de un siglo en que hizo metástasis, para terminar convirtiéndose en un colosal monstruo- uno que respira y escupe dinero. 



Tal metamorfosis ha resultado sobre todo en una prodigiosa ampliación de la base impositiva, con la introducción del impuesto progresivo a la renta como el caso más notable. Este impuesto no es sino el equivalente funcional de la expropiación socialista. Ofrece la ventaja notable de ser renovable anualmente, al menos en el caso de aquellos a los que no se ha desangrado el año anterior. (A propósito de esto, y para apreciar la tolerancia actual de los acaudalados ciudadanos, recordemos que cuando el impuesto sobre la renta se impuso en Inglaterra, a una tasa del 5%, la Reina Victoria se preocupó pues podía haber superado los límites de lo aceptable. Desde aquel día, nos hemos acostumbrado a que un puñado de ciudadanos productivos provea más de la mitad de los ingresos nacionales mediante impuesto a la renta.) 

Cuando este impuesto se combina con una larga lista de otros cargos e impuestos, la mayoría dirigidos a los consumidores, estamos ante un resultado sorprendente: cada año los estados modernos retienen la mitad de los ingresos económicos de las clases productivas, pasándoselos a los recaudadores de impuestos, y sin embargo, estas clases productivas no intentan remediar su situación con la reacción más obvia: una rebelión civil contra los impuestos. Esta sumisión es un tour de force político que hubiera hecho desmayar al ministro de finanzas de un monarca. 

Con dichas consideraciones en mente, podemos ver que la pregunta que muchos observadores europeos se están haciendo durante la actual crisis económica "¿Tiene el capitalismo futuro?", está equivocada. De hecho, no vivimos en un sistema capitalista, pero sí bajo una forma de semi-socialismo, al que los europeos, con mucho tacto, se refieren como una "economía social de mercado". La mano gubernamental que agarra libera sus recaudaciones, principalmente para el financiamiento de las interminables y tareas propias de Sísifo que le atañen en el nombre de la "justicia social” 

Por lo tanto, la explotación directa y egoísta propia de la época feudal ha devenido, con la era moderna, en un jurídicamente obligatorio y casi desinteresado estado de cleptocracia. Hoy en día, un ministro de finanzas es un Robin Hood que ha prestado un juramento constitucional. La capacidad que caracteriza a la Tesorería de capturar con la mas perfectamente clara conciencia se justifica, tanto en la teoría como en la práctica, por la innegable utilidad del Estado en lo que concierne al mantenimiento de la paz social, para no mencionar todos los otros beneficios que reporta. En todo esto, la corrupción sigue siendo un factor limitante. Para probar esta afirmación, basta con pensar en la Rusia postcomunista, lugar donde un común y corriente hombre de partido como Vladimir Putin ha sido capaz, en pocos años en su calidad de jefe de Estado, de amasar una fortuna personal de más de 20 mil millones de dólares. Los observadores. en el libre mercado. de este monstruo cleptocrático hacen bien en llamar la atención sobre sus peligros: la sobreregulación que obstruye la energía emprendedora; gravar en exceso, lo que castiga el éxito; y una deuda excesiva, resultado del paso de un rigor presupuestario a una frivolidad especulativa. 

Los autores del Libre Mercado también han demostrado cómo la situación actual invierte el significado tradicional de explotación dándolo vuelta al revés. Un día los ricos vivían a expensas de los pobres, directa e inequívocamente; en la economía moderna los ciudadanos improductivos viven cada vez más a expensas de los productivos, aunque de una manera equívoca, ya que se les dice y efectivamente creen que se encuentran en desventaja y que aún merecen más. Hoy en día, de hecho, una buena mitad de la población de cada nación moderna se compone de personas con poco o ningún ingreso, que están exentas de pagar impuestos y que viven, en gran medida, de la otra mitad de la población, que sí paga impuestos. Si tal situación se radicalizara, podría dar lugar a un masivo conflicto social. La eminentemente plausible tesis libremercadista de la explotación por los improductivos entonces prevalecería sobre la mucho menos prometedora tesis socialista de la explotación del trabajo por el capital. Este giro implicaría la llegada de la era post-democrática. 

En la actualidad, el principal peligro para el futuro del sistema implica el creciente endeudamiento de los estados intoxicados de keynesianismo. Discreta y ineludiblemente, nos estamos dirigiendo hacia una situación en la que los deudores crecientemente despojen a sus acreedores, como tantas veces ha ocurrido en la historia de los impuestos desde la época de los faraones a las reformas monetarias del siglo XX. Lo que sin embargo es nuevo, es la gigantesca escala de deuda pública de los estados. El nivel de las hipotecas, una posible insolvencia, alguna reforma monetaria, o la inflación, no importan: las próximas grandes expropiaciones vienen en camino. Hoy en día, la mano estatal que agarra incluso llega a los bolsillos de las generaciones que aún no han nacido. Ya hemos escrito el título del próximo capítulo de nuestra historia: "El saqueo del futuro por el presente”.

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