5 sept. 2012

El desinfle del año después | Alfredo Jocelyn-Holt

¿Por qué fracasan o terminan diluyéndose los llamados movimientos sociales? La literatura especializada avanza algunas pistas. Lo más obvio es que se les reprima, aunque no es recomendable (es torpe, es seguirles su propio juego), amén de sucio y de consecuencias insospechadas. Puede que incluso tengan cierto éxito, pero pierdan novedad a costa de ello mismo, o basta que se les “coopte”; sea que sus dirigentes se “aguatonen”, fraccionen o no falte quién los compre (todo en este mundo tiene su precio, plata hay). A menudo, simplemente, se diluyen; entre tanta moda bien pensante, políticamente correcta (sobran las “víctimas”), puede que terminen por cansar. El tiempo, además, siempre hace lo suyo (olvida), y en épocas “light” como la nuestra es posible que se les deseche o “liquide”. En efecto, no es implausible que “modelo” y “establishment” gocen de mejor salud que lo que se presume.


Tampoco ayuda el que la izquierda seria no crea en los movimientos sociales y menos en su supuesto espontaneísmo autónomo. En su momento, Marx arremetió en contra de Blanqui y los socialistas utópicos. No se le escapó tampoco que la chacota pudiera terminar en comedia populista o bonapartista (nadie sabe para quién trabaja). Lenin fue brutal con el ultrismo: “Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquier otra institución reaccionaria, estáis obligados a actuar en el seno de dichas instituciones… De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes” (La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920). Conforme ese mismo criterio, desde sus inicios, el Partido Comunista Chileno desechó las huelgas y protestas masivas como único medio de lucha, culminaban en matanzas (antes del PC, las hubo varias), y se optó por la sensatez: aceptó integrarse al sistema-¡ay-qué-asco!-liberal-burgués. Mientras éste duró, el PC no lo hizo mal; en plena UP frenó al Mapu y al MIR.

El desastre de la “Nueva Izquierda” de los años 1960 y 70 confirmó que los movimientos político-sociales fracasan y desembocan en cualquier cosa. El Mayo 68 francés retardó en 13 años la llegada de los socialistas al poder. En Praga la cosa se puso fea. En Alemania e Italia se terminó en bandas terroristas. Las protestas universitarias norteamericanas no impidieron que Nixon llegara a la Casa Blanca, al contrario. Tlatelolco llevó a Luis Echeverría (quien ordenó la matanza) a la Silla del Aguila, luego se volvió más izquierdoso: protegió a exiliados chilenos que, años después, retornaron menos “termocéfalos” (hoy por hoy, “capitalistas reformadores”). Ni digamos lo ocurrido en Argentina con el peronismo, también un movimiento social.

¿Y qué hay de la revolución vía Twitter? Según Malcolm Gladwell, en "Small Change. Why the revolution will not be tweeted" (The New Yorker, 2010), cuya lectura recomiendo, las redes sociales movilizan, pero no se comparan con el movimiento a favor de los derechos civiles de negros. Entonces, los comprometidos eran organizados y jerárquicos, se la jugaban; hoy por hoy, el infantilismo revolucionario prorratea el riesgo y diluye el efecto. Por eso los encapuchados y la violencia (mejor organizados) se imponen. Y, por lo visto, en Chile, el anarcoviolentismo se las lleva fácil.


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