5 sept. 2012

Las desagradables verdades de un intelectual: Tony Judt y su última mirada al siglo XX | Pablo Moscoso


"Bueno, ya sabes, la reputación de Casandra es bastante conocida. No es tan malo luchar hasta el final para contar una verdad desagradable". Esta frase, que Tony Judt estampa en las últimas páginas, ayuda a entender el sentido de este libro improbable pero fantástico. En efecto, Pensar el siglo XX, es un libro extraño, difícil de catalogar. Mezcla "de historia, una biografía y un tratado de ética" –sí, esa cosa de la que ya pocos hablan–, discurre en forma de diálogo entre dos historiadores, Tony Judt y Timothy Snyder, académico de Yale especialista en Europa del Este. Probablemente hoy en día Tony Judt –un calvo de gafas que en la foto de la solapa se lo ve de lo más sonriente–, deba su fama más a la enfermedad neurológica degenerativa que lo paralizó hasta causarle la muerte, que a Postguerra, su obra monumental y definitiva.

Y es que en el breve lapso de dos años, desde su diagnóstico hasta su muerte, Judt escribe tres libros de una lucidez que acaso solo la proximidad de la muerte logra aportar. Pensar el siglo XX, el último en publicarse, profita de esa sensibilidad. Elaborado en ese formato particular de una larga conversación, los mejores momentos del libro son los retazos autobiográficos con los que Judt nos introduce al relato histórico. Esas pequeñas piezas biográficas, que van desde la infancia londinense del autor hasta sus años de consagración intelectual en Nueva York, son las que nos permiten adentrarnos en el siglo XX. Para Judt, no se trata solo del siglo de los desastres y extremos, sino también de una época en que se "asistió a importantes mejoras en la condición humana en general".

Es ahí, en esa narrativa que conjuga el horror con la esperanza, que nos lanza sus verdades desagradables.

¿Cuáles son esas verdades que esta Casandra del siglo XX cantó? En un libro como este, enjundioso y lleno de intuiciones, no encontramos un único argumento que lo atraviesa de principio a fin. Las verdades desagradables de Judt son múltiples. En la primera mitad del libro cobra relevancia el problema judío –tanto en la revisión del holocausto como en su experiencia sionista en un kibutz– y el marxismo; a ambos adscribió en su juventud, y a ambos, en su vida adulta, los criticó agudamente. Lo notable de su crítica es que es la de un insider que por criticar, se convierte en outsider, rol en el que "siempre se ha encontrado seguro, hasta cómodo".

Sin embargo, la verdad más molesta con la que nos enfrenta tiene que ver con la de nuestro tiempo. Cierto que su crítica al marxismo, de tan fina y aguda, es una delicia leerla. Pero también es cierto que esta ideología, no obstante los esfuerzos del reputado Hobsbawm por vendernos un marxismo para el siglo XXI, hace rato que huele a cadáver.

De ahí, entonces, que haya que poner el ojo en la crítica a la suficiencia neoliberal de nuestros días y a lo que el autor describe como "nuestro culto actual a la privatización: la impresión de que lo privado, lo que se paga, es de alguna manera mejor precisamente por esta razón". Para Judt, esta lógica que impera desde los años 80 representa una inversión de un supuesto que dominó durante casi toda la centuria pasada: "el de que ciertos bienes solo podían suministrares adecuadamente a través de un sistema colectivo o público y eso precisamente los hacía mejores". Durante este largo período, que incluye el boom de la socialdemocracia de la postguerra, el dilema que por entonces se enfrentaba decía relación con el cuándo era correcto a un gobierno determinar que un bien o servicio debía ser público. Hoy, la pregunta es la inversa: "¿por qué deberían existir monopolios públicos? Este es el recelo visceral con el que vivimos, o llevamos viviendo, los últimos veinticinco años".

A contracorriente, Judt rescata incansablemente una ética liberal que aboga por lo público; por cierto, una ética que se contrapone a la privatización desatada de hoy y que "le quita al Estado la capacidad y la responsabilidad para reparar las deficiencias de la vida de la gente" y que lo reemplaza por "un impulso caritativo derivado de un sentimiento individual de culpa hacia las personas que sufren". El problema de este juego de privatizaciones, no obstante pueda ser exitosa económicamente –cosa de la que Judt duda–, es que "sigue constituyendo una catástrofe moral en potencia".

Tony Judt vuelve una y otra vez, casi como una obsesión, a la socialdemocracia. Y es que algo de razón tiene cuando apunta que estas "se encuentran entre las sociedades más ricas del mundo, y ni una de ellas ha tomado ni remotamente una dirección que suponga una vuelta al autoritarismo alemán que Hayek consideraba el precio que había que pagar por entregarle la iniciativa al Estado". Dicho de otro modo, los dos argumentos con que se pretende descartar un Estado de bienestar –que son disfuncionales económicamente y que conducen a dictaduras– "son, sencillamente, erróneos", sentencia Judt.

De ahí que su incómoda verdad nos pone en guardia y nos llama a ver el siglo XX desde otra perspectiva. Cierto, en la versión de Judt no se reduce solo a la batalla dialéctica entre democracia y fascismo, libertad contra totalitarismo. No, su percepción va por otro lado. Para el autor, lo que atraviesa el siglo es el debate en torno a la pregunta de qué tipo de Estado se quería. Y es, desde  este ángulo, que para Judt "los grandes vencedores del siglo XX fueron los liberales del XIX, cuyos sucesores crearon el Estado del bienestar en todas sus posibles formas". Se trata de Estados que forjaron mecanismos democráticos y constitucionales que permitían "abarcar a sociedades de masas complejas sin necesidad de recurrir a la violencia". Por eso, ya hacia el final, nos advierte: "seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a este legado". En esto, Tony Judt, al parecer las hace de Casandra.

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