5 sept. 2012

El primer baile de las furias | Pablo Riquelme Richeda

En agosto de 1914, cinco semanas después del asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo, el coronel Edward House, de gira en Europa como enviado del Presidente estadounidense Woodrow Wilson, escribió al mandatario: “La situación es increíble. Hay un militarismo enloquecido. A menos que alguien que actúe en su nombre consiga traer otra manera de pensar, acabará produciéndose un terrible cataclismo. Hay demasiados odios y demasiados antagonismos”.

La explicación común para el estallido de la Primera Guerra Mundial describe a la Europa de comienzos del siglo XX como un polvorín de nacionalismos necesitado apenas de una chispa para explotar. Dance of the Furies. Europe and the Outbreak of World War I, de Michael Neiberg, propone otra manera de entender el origen de la Gran Guerra y es un fascinante cuestionamiento de los argumentos consabidos y heredados.
Basándose en la prensa y en centenares de cartas, telegramas, memorias y diarios de vida, Neiberg -profesor de la University of Southern Mississippi y autor de varios libros sobre la Gran Guerra- sostiene que los europeos comunes y corrientes, al contrario que sus líderes políticos y militares, no querían ni esperaban una guerra el fatídico verano de 1914. Y que lo que comenzó como una clásica guerra de gabinete, decidida entre cuatro paredes, pronto terminó arrastrando a millones de personas a pelear una “guerra de la gente” hasta el “amargo final”.
El relato abarca lo sucedido entre el asesinato en Sarajevo del heredero al trono austrohúngaro Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914 (“un inesperado trueno en mitad de un tranquilo día de verano”), y el 1 de enero de 1915, cuando las causas del conflicto armado habían sido ya largamente olvidadas y “Su Majestad, la Guerra”, siguiendo sus propias reglas, “controlaba el destino de la civilización europea”. Estos meses fueron los más salvajes y cruentos de toda la guerra (un millón de muertos por cada bando).
Neiberg afirma, en primer lugar, que la muerte de Francisco Fernando a manos de un agente serbio-bosnio partió como un acontecimiento localizado, que se magnificó por la mala gestión del sistema diplomático continental (que durante diez años había resuelto las crisis pacíficamente). El historiador rastrea los efectos del asesinato del archiduque por toda Europa para mostrar que, para la gran mayoría de los europeos, su muerte pareció “un evento menor e insignificante”. El Times de Londres, de hecho, incluyó el homicidio entre sus titulares del 29 de junio, pero al día siguiente la historia ya había pasado a la página 8, para luego desaparecer hasta mediados de julio, cuando resurgió en el marco de las compensaciones que recibiría Austria-Hungría de parte de Serbia. Salvo la extrema derecha austríaca, nadie esperaba reacciones mayores.
Por otra parte, Neiberg adhiere al consenso general de que el emperador austrohúngaro Francisco José y su estrecho círculo militar, en conjunto y consulta con el gobierno alemán del káiser Guillermo, fueron quienes propiciaron la guerra, cuando el 23 de julio entregaron a Serbia un ultimátum imposible de cumplir, “escrito con la intención de cambiar las reglas del juego” diplomático existente. El objetivo austrohúngaro era los Balcanes; el alemán, aprovechar la debilidad del ejército ruso, todavía herido de su derrota con Japón en 1904, para darle un golpe de gracia, pues la Rusia del zar Nicolás era la principal amenaza para la seguridad nacional germana. La sorpresiva movilización de soldados rusos a finales de julio revolucionó la crisis y la extendió por toda Europa, provocando la inmediata movilización alemana, que a su vez provocaría la francesa y finalmente la inglesa. La guerra local devino en continental.
Otro asesinato, el de Jean Jaurès, líder del socialismo europeo, tal vez el único que pudo haber liderado una huelga general continental que ralentizara la guerra, persuadió a muchos europeos (a Marc Bloch, entre ellos) de que la lucha era inevitable. Y, persuadidos de que sus naciones peleaban una guerra justa, defensiva y existencial contra una invasión bárbara (“para los franceses y los británicos los bárbaros eran los alemanes; para los alemanes y los austríacos, los rusos”), y convencidos de que la guerra sería corta y que estarían de vuelta para Navidad (Robert Graves esperaba que durara lo suficiente como para demorar su ingreso a Oxford, en octubre), los europeos confiaron en sus gobiernos y respondieron con determinación al llamado de las armas.
Esta determinación no debe confundirse con entusiasmo. Una vez iniciada la guerra, casi todas las memorias, diarios y cartas del período expresan impacto extremo, tristeza y miedo frente al estallido de la violencia (Romain Rolland anotó en su diario, el 3 de agosto: “Me quiero morir”). Neiberg es convincente al señalar que el rechazo a la guerra fue transversal en todo Europa. El rechazo traspasaba las fronteras nacionales.
Ya a finales de agosto, recién iniciada una guerra que sería muy larga, Europa y los europeos habían sufrido una crucial e inesperada transformación. El entusiasmo dio paso a la desilusión y el horror, producto de las atrocidades cometidas por cada bando y las inenarrables cifras de heridos, muertos y desaparecidos (329 mil franceses murieron entre agosto y septiembre; solo el 22 de agosto, Francia perdió 27 mil almas). En el frente, los soldados comprendieron los alcances de la guerra moderna y entendieron que, frente a la artillería, el viejo heroísmo ahora se limitaba a hacerse matar lo más tarde posible (los testimonios abundan en imágenes de caza).
La guerra también creó sus propios monstruos: el odio y la venganza. Estos sentimientos, generalmente ausentes en julio, se multiplican en los documentos a partir del 3 de agosto. Y mientras la guerra recrudecía y continuaba “como un diabólico baile de las furias”, estos sentimientos se profundizaron y crearon genuinas odiosidades que no existían antes de la conflagración. El odio, según Neiberg, fue el producto, no la causa de la guerra. El odio alimentó y perpetuaría la guerra largos años hasta la venganza total. Este odio sería, de hecho, el legado más duradero de la Gran Guerra para las siguientes tres décadas del continente europeo.

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