5 sept. 2012

Una nación entre muchas. Entrevista al historiador Thomas Bender | Andrés Hax


A los estadounidenses les encanta el béisbol. Y les encanta, además, mirar el béisbol como un repositorio de sus mitos y valores. Pero podemos dar vuelta el espejo y usar el béisbol para entender también, desde afuera, a los estadounidenses. Hay un punto específico que ilustra su aislamiento existencial del resto del mundo. En octubre de cada año se juega el final del campeonato de las grandes ligas. Se llama The World Series, o, La serie mundial. Y el equipo que gana se designa como el campeón del mundo. O sea, de un deporte marginal, mundialmente hablando, y de un campeonato local, se corona un Campeón del Mundo. Este misma mentalidad, llevada a un plano nacionalista e historiográfico, ha creado la idea del excepcionalismo norteamericano. En síntesis esta teoría afirma que los Estados Unidos es completamente distinto de todas las otras naciones del planeta; que la revolución de 1776 creó un país con características que nunca se habían visto en la civilización humana. Un libro de Thomas Bender –un historiador de la Universidad de Nueva York– recien publicado en la Argentina reescribe la historia de los Estados Unidos en contra de la idea del excepcionalismo. A pesar de su tesis revisionista, Historia de los Estados Unidos, una nación entre naciones sirve como una muy buena introducción general a la historia de los EE.UU. Bender nos atendió por teléfono desde Nueva York. En la desgrabación de sus respuestas hemos dejado las palabras “americanos” y “América” para designar a los estadounidenses y su país, ya que son las palabras que usó el profesor.


Su libro se publicó en 2006. ¿Como influyó el 11-S en él y en su manera de abordar la historia estadounidense?
Comencé a pensar sobre el libro a fines de los 90, y después del 11-S cambió mi enfoque. Antes mi pregunta central era puramente académica: ¿Podría alguien escribir una narrativa nacional que reconociera los dos fenómenos sobre los cuales se habló tanto en los 90? Uno era el multiculturalismo y el otro era la globalización. Pero una vez que comencé a escribir en serio, mucho había cambiado en el mundo y me sucedieron varias cosas. Una era que por mucho tiempo no me había preocupado por la idea del excepcionalismo norteamericano. Como estudiante en los 60 me parecía que el excepcionalismo era imposible después de todas las cosas que sucedieron en esa década. Pero volvió con gran fuerza con el 11-S y hasta antes con los neoconservadores. Entonces este libro se convirtió en una forma de abordar el excepcionalismo norteamericano. No de manera ideológica, sino a través de bases empíricas. Quise desafiar la idea del excepcionalismo –que literalmente significa “contra la norma” o sea que hay sólo una excepción en el mundo y mostrar que nuestra historia estuvo ligada a la historia del resto del mundo. Que algo que consideramos tan nuestro, como la Revolución americana, por ejemplo, fue meramente un episodio en una serie de eventos globales.
La otra cosa fue un nuevo sentido de urgencia de despertar a los americanos acerca de su ignorancia sobre su relación con el resto del mundo, históricamente hablando y en el presente. Y finalmente intenté no pensar en la historia americana como una narrativa progresiva. Tratar de salir de la tendencia de relatar eventos con un aura de inevitabilidad. El triunfo de Bush tanto en el plano doméstico como internacional destruyó la idea del proyecto liberal dentro de los estados Unidos que data desde el New Deal.
El primer público para su libro es estadounidense. ¿Cómo se imagina que leerá su libro un lector argentino?
Yo esperaba que fuera de interés para América Latina y también para Europa. Uno de los temas que tenía en mente era la pregunta ¿por qué es difícil que los intelectuales de otros países se interesen en la historia americana? ¿O en encontrar maneras de enseñarla? Hay muchas razones, pero una es que no hay un gancho. Hacía falta una historia americana que hiciera conexiones transnacionales.
Imagínese que alguien acá quiere leer su libro, pero necesita más material para ponerse al día con la historia de los Estados Unidos.¿Cuáles son los autores o los libros que recomendaría?
Uno tendría que leer el libro de Gordon Wood sobre la constitución; tendrían que leer algunos libros por Eric Foner –quien, en mi opinión, es el mejor historiador de mi generación–, en particular su trabajo sobre la reconstrucción [después de la guerra civil], pero también su libro sobre Abraham Lincoln y la esclavitud, que ha ganado todos los premios que hay; tendrían que leer a Daniel Rodgers. Estos para empezar.
¿Y en cuanto a documentos históricos?
La Declaración de Independencia es fundamental; los discursos de Abraham Lincoln; los escritos del partido populista del fin del siglo XIX; tendrían que leer algo por Samuel Gompers, que era un líder del movimiento de los sindicatos a principios del siglo XX; tendrían que leer algo de Susan B. Anthony sobre los derechos civiles; y tendrían que leer bastante de Woodrow Wilson y de Franklin Delano Roosevelt.
¿Qué le diría a una persona que demoniza a los EE.UU.?
Es muy difícil. Creo que la primera cosa que diría es que –y esto me recuerda un texto más, de la última pregunta, y es que tendrían que leer a Martin Luther King– tendrían que estudiar muchos de nuestros ideales; y tendrían que reconocer que episódicamente –desafortunadamente no consistentemente– los Estados Unidos tiene movimientos basados en esos ideales para intentar de arreglar las cosas. El mejor ejemplo en el siglo XX es el movimiento de los derechos civiles. Y no tendría que mirar a los Estados Unidos que hoy en día se presentan como un modelo para el mundo. En realidad es bastante paradójico que la gente que postula a los EE.UU. como un ejemplo democrático para el exterior sea la misma que cree en el excepcionalismo norteamericano. La paradoja es que dicen: “No nos parecemos en nada al resto del mundo y nuestra historia es completamente distinta que la del resto del mundo, pero sin embargo tienen que ser igual que nosotros. Y si tienes suerte lo serás.” Para mí este no es el modo. La gente debe observar la dinámica entre los tipos de ideales que han sido articulados durante nuestra historia por activistas y reformistas. Hay que reconocer que hemos fracasado tantas veces como hemos triunfado, pero estos movimientos siempre están resurgiendo. Esto no es remoto tampoco en la historia de la Argentina, Brasil o México. Estamos en la misma situación en la cual están los latinoamericanos. ¿Somos la única fuente de inspiración? Por supuesto que no. Somos co-partners , especialmente de la gente del llamado Nuevo Mundo. No somos los que nos fuimos de monarquías a sistemas parlamentarios democráticos; somos repúblicas. Compartimos una historia y todos podemos aprender de cada uno.
Otra cosa que compartimos los americanos es el hecho del genocidio: de haber exterminado las poblaciones originales por violencia. ¿Hay alguna manera de saldar esa deuda moral?
Es una deuda enorme. Es tan enorme que es imposible hacer nada con ella. No debería decir nada . Pero no se puede hacer nada en proporción a lo que debemos. Es la gran mancha y la mancha sobre la cual no pensamos mucho, porque hicimos invisibles a los americanos nativos.
De Tocqueville, en La democracia en América , tiene una sección breve sobre la esclavitud y los nativos americanos. Dice que los blancos y los negros están condenados a estar envueltos uno con el otro en una relación de conflicto, pero que el problema de los indios es que ellos simplemente desaparecerán. Y ciertamente han desaparecido de nuestra comprensión de la dinámica de nuestra historia. Ni se le ocurre a la gente que lo que llamamos eufemísticamente “el movimiento hacia el occidente” [The westward movement] fue genocidio y construcción de imperio. Es la misma invisibilidad que vi en la Argentina. Yo tenía mucha curiosidad por la gente que tenía rasgos de descendencia indígena en lugares pobres de Buenos Aires –en las estaciones de trenes y tales lugares– y la gente me respondía: “No, no, ellos no tienen nada que ver con nosotros. Son bolivianos.” Y puede ser cierto, pero es una manera de evitar el tema, de la misma manera que lo hacemos nosotros. Nacimos en pecado. Y este es uno de los pecados originales. El otro gran pecado fue la esclavitud. Pero también hay una forma en la cual estos dos países, estos dos continentes, son sociedades de colonizadores. Ese es un gran tema que afecta las Américas.
¿Se puede imaginar un futuro en el que los Estados Unidos sea un poder menor, ex imperial como España o Inglaterra?
Creo que el escenario más esperanzador –tanto para los Estados Unidos como para el resto del mundo– es la emergencia de un mundo multipolar. Creo que hay una posibilidad razonable de que eso ocurrirá. Pero la gran pregunta es si podemos desarrollar instituciones internacionales que puedan hacer lo que hicieron los Estados Unidos después del final de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, a veces muy bien y a veces muy mal… Pero si eso no existe estamos en peligro de tener un mundo lleno de conflictos con múltiples actores poderosos. Y esto es lo único más aterrador que el conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en la cúspide de la Guerra Fría. Un mundo multipolar con una fuerza internacional poderosa –tanto económica, como política y militar–, aunque no puedo imaginar cómo sería, desde mi punto de vista es el mejor escenario. El peor escenario es que otro poder ascendente sea igual, o peor, de lo que fueron los Estados Unidos. Hay un giro hacia la derecha en muchas partes del mundo. Un mundo inestable en el cual existiría un mundo multipolar pero sin una institución central para moderar los conflictos pacífica y equitativamente, uno podría imaginarse un futuro neofascista.

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