8 oct. 2012

La democracia contra la democracia | Nicolás Ocaranza

La democracia es una noción compleja, polisémica, que se redefine constantemente según el devenir de la historia. Sin embargo, desde sus primeros vestigios atenienses hasta su reinvención bolivariana en Venezuela, no ha estado exenta de algunos monolíticos intentos de apropiación por parte de sus promotores.

Desde del siglo XVIII, existe en Europa, y particularmente en Francia, una tradición intelectual que se ha ocupado de analizar los desafíos democráticos en los diferentes contextos de cambio y continuidad en que se sitúan. Los enemigos íntimos de la democracia, obra de Tzvetan Todorov recientemente traducida al español, se inscribe en esta tradición crítica del pensamiento político conformada por autores franceses como Tocqueville, Aron, Furet, Lefort y Pierre Rosanvallon. 

Siguiendo la exigencia de moderación liberal defendida por Tocqueville, Todorov invita a repensar los problemas asociados a una noción de democracia que, aunque fundada sobre la base del pluralismo político, es incapaz de evitar la aparición de una serie de fanatismos que ejercen un monopolio sobre la definición del bien común. Con el fin de evitar el surgimiento de extremos irreconciliables, el autor plantea que se debe inculcar una cultura de debate democrático sustentada en un humanismo que participe simultáneamente del voluntarismo y la moderación. 

Todorov considera que la democracia moderna es capaz de admitir reinterpretaciones y redefiniciones sin dejar de lado su principio fundamental: ser el gobierno del pueblo. Sin embargo, aunque este axioma parece incuestionable desde el prisma de la filosofía política y la historia intelectual, los acontecimientos políticos y sociales que han marcado el fin del siglo XX y los inicios de la centuria presente indican que la democracia está enferma de su propia desmesura: la libertad deviene tiranía, el pueblo se convierte en una masa fácilmente manipulable y el deseo de promover el progreso se transforma en un espíritu de ciega cruzada. La democracia, entonces, produce enemigos internos que, amparándose en su espíritu pluralista y apariencia de legitimidad, terminan por amenazarla.

Actualmente, las grandes amenazas para la democracia ya no provienen de los rivales exteriores que marcaron las últimas décadas del siglo XX –fascismo, comunismo, islamismo y terrorismo- sino de coacciones de orden político y económico que ella misma produce y que difícilmente pueden regularse sin los mecanismos legales adecuados. Las guerras preventivas y ofensivas, la xenofobia, la desregulación de los mercados, los movimientos de indignados en Europa, y el retorno de los populismos, son los síntomas –según Todorov- de la entrada en una nueva fase de la historia en donde la democracia se encuentra, paradojalmente, amenazada por ella misma.

El primer enemigo es una forma de exceso que el autor compara con los avatares de la vieja hybris de los griegos. Habiendo vencido a sus oponentes ideológicos, algunos defensores de la democracia liberal se han embriagado en su propio éxito: tan sólo unas pocas décadas después de la descolonización, se dio inicio a una serie de nuevas cruzadas –cuyo fundamento es la expansión de la democracia- justificadas por la exportación de los beneficios de la civilización hacia aquellos pueblos que se encuentran privados de ellos. De acuerdo a Todorov, la comunidad internacional olvida demasiado pronto que las “bombas e intervenciones humanitarias” matan en la misma escala que las “bombas terroristas”, y que los valores democráticos también son pisoteados cuando se utilizan para justificar empresas civilizatorias bajo la excusa de una guerra justa contra ejércitos dirigidos por dictadores, al mismo tiempo que se encubren los abusos cometidos en su nombre en prisiones como Guantánamo o Abu Ghraib.

El segundo enemigo es fruto de una extraña filiación entre las ideologías universalistas. Para Todorov, hay un curioso efecto de continuidad entre el mesianismo europeo decimonónico que abrió el camino a las colonizaciones, el comunismo y el neoliberalismo contemporáneo. Estas doctrinas, revolucionarias en diversos sentidos, tuvieron como principal objetivo establecer un nuevo orden mundial, pero utilizaron el pernicioso método del fin justifica los medios. Existe, entonces, una gran distancia entre la creencia en la universalidad de los valores y su imposición bajo una violencia oculta, pero real, sin tomar en consideración a pueblos que pronto devienen objetos de las decisiones de los combatientes de la libertad.

De acuerdo a la idea hobbesiana que plantea que el hombre es un lobo para el hombre, el tercer enemigo de la democracia es la tiranía de los individuos. La doctrina original de protección de las libertades se encuentra hipertrofiada hasta el punto de producir un inmenso pastel a repartir entre un grupo de poderosos que se arrogan el privilegio de apropiarse no solamente de las riquezas, sino también del poder político y la influencia pública. De esta manera, los predicadores de la democracia universal se apropian de todos los espacios de poder, gozando tranquilamente de la libertad de los zorros en un gallinero.

Si bien el diagnóstico trazado es convincente, este libro no está libre de generalizaciones que hacen tambalear algunas de sus premisas. Por ello, resulta interesante observar cuáles son las soluciones que contribuirían a inmunizar el futuro de la democracia y la libertad frente a sus enemigos íntimos. El desenlace es incierto, puesto que más que una revolución política o tecnológica, Todorov propone nuevos equilibrios para la libertad y sus barreras como también para la tolerancia y la responsabilidad cívica, además de un balance adecuado de los contrapoderes que operan en la sociedad. Todo ello permitiría reencontrar el sentido del proyecto democrático equilibrando de una mejor manera sus grandes principios: poder del pueblo, fe en el progreso, libertades individuales, economía de mercado, derechos naturales y sacralización de lo humano. Aunque nada de esto es nuevo si se revisan los clásicos textos de Montaigne, Rousseau, Montesquieu o Constant, de quienes Todorov ha escrito y se declara un ferviente seguidor, siempre es importante recordar que solo gracias a un sutil equilibrio de poderes es posible contener las fuerzas contradictorias que mueven a los individuos y las corporaciones, y que a pesar de sus inestabilidades, la democracia puede ser algo más que una simple farsa política.



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