8 oct. 2012

11-09-73: Entre Brasilia y La Habana | Pablo Riquelme Richeda

“Por distante y pequeño que sea –señalaba en 1974 un informe clasificado de la embajada estadounidense en Santiago–, Chile ha sido considerado desde hace algún tiempo y de forma general como una zona para llevar a cabo experimentos económicos y sociales. Ahora el país se encuentra, en cierto sentido, en la primera línea del conflicto ideológico mundial”. El mensaje, cuyo destinatario era el secretario de Estado Henry Kissinger, sintetiza el lugar al que había llegado Chile en el contexto de la Guerra Fría desde septiembre de 1970, cuando Allende ganó las elecciones presidenciales con un programa revolucionario que echaba por la borda la noción de que el socialismo nunca sería compatible dentro de un sistema democrático y que ofrecía un modelo de desarrollo que desafiaba abiertamente al sistema norteamericano. 

¿Cuál fue el impacto que tuvieron los actores internacionales en la política chilena durante los mil días de la Unidad Popular? ¿Qué tan relevante fue la “vía chilena al socialismo” en el contexto mundial de esos años y específicamente en el continente americano? Son las principales preguntas que se hace Tanya Harmer en Allende’s Chile and the Inter-American Cold War (El Chile de Allende y la guerra fría interamericana), un libro que amplía nuestra comprensión al aportar nuevos datos sobre lo que ya sabemos (que Estados Unidos boicoteó sostenidamente a Allende) y al incorporar nuevos actores en el análisis, básicamente Brasil y Cuba. Ambos países fueron fundamentales en lo sucedido en Chile a partir de 1970 y representan las fuerzas de choque de un conflicto continental que se zanjó acá.

La tesis de Harmer –académica de la London School of Economics y especialista en historia internacional– es que, más que una lucha entre Washington y la Unión Soviética –temporalmente “en espera”, en un momento de distensión y pragmatismo entre las superpotencias, y reacia a involucrarse en una zona que “pertenecía” a Estados Unidos–, la administración Allende asumió en el marco de una “guerra fría interamericana” que enfrentó a gobiernos revolucionarios y antiimperialistas, como los de Castro y Allende, con gobiernos de derecha y contrarrevolucionarios, como el de Brasil, aliado de Washington y que desde 1964 vivía bajo un régimen militar similar al chileno a partir de 1973. 

Harmer sitúa al gobierno de Allende en un proceso amplio (“la larga década de los 60”) que se inicia en 1959 con la Revolución cubana y que termina el 11 de septiembre de 1973, con el golpe militar chileno. La revolución de Castro, dice la historiadora, habría modificado las relaciones del sistema regional americano, generando una disputa entre Washington y La Habana por mantener la zona de influencia política-económica, por un lado, y por exportar el proceso revolucionario, por el otro, y cuyo primer punto de giro a favor de Estados Unidos fue el fracaso del Che Guevara en Bolivia. 

El triunfo de Allende en 1970 reavivó el conflicto al sacar del aislamiento diplomático a Cuba e hizo que Nixon renovara sus esfuerzos por estimular a las fuerzas de derecha y contener a las de izquierda. En ese contexto se acercó a Brasil, que podía velar por los intereses de Estados Unidos en el Cono Sur sin que Washington tuviera que exponerse. A mediados de 1971 Brasil jugó un rol fundamental en el derrocamiento del general boliviano Juan José Torres, que lideró un gobierno militar de izquierda similar al de Perú, y también en la derrota del Frente Amplio en Uruguay. 

El eje Brasilia-Washington quedó formalmente establecido en diciembre de 1971, cuando el general Emílio Garrastazu Médici, Presidente de Brasil, visitó la Casa Blanca, apenas unas semanas después de que Castro abandonara Chile tras su prolongada visita oficial. Harmer documenta que fue Médici quien llevó a Nixon a poner la agenda anticomunista sobre la mesa, y que el general le dijo a Nixon que Brasil tenía militares en el Ejército chileno que estaban trabajando para un golpe de Estado. “Hay muchas cosas que, como país sudamericano, Brasil puede hacer y que Estados Unidos no puede”, le dijo Nixon, quien luego afirmaría públicamente que “donde Brasil vaya, América Latina le seguirá”. Así sería, de hecho, y sigue siéndolo hasta el día hoy. 

Harmer inserta el viaje secreto del almirante en retiro Roberto Kelly a Brasilia, a mediados de agosto de 1973, en este contexto. Los objetivos eran informar a Brasil que un grupo de militares chilenos había decidido derrocar a Allende y recabar inteligencia sobre las consecuencias internacionales del levantamiento. La preocupación de los conspirados era Perú, de quien se temían represalias. El viaje de Kelly –que volvió a Santiago con luz verde para la operación– ilustra hasta qué punto Estados Unidos, si bien creó las condiciones, no manejó la conjura. El golpe, como bien demuestra Harmer, se gestó en Chile según lógicas internas (influenciadas por las externas, claro) y el modelo a seguir fue el golpe brasileño de 1964. (de hecho, aunque el libro sólo lo sugiere, a la hora de crear la DINA, luego del golpe, el aparato de seguridad e inteligencia brasileño [SNI] también sería usado como modelo). 

Otro de los aspectos destacables del libro es que zanja el mito de que Allende fue un peón soviético o cubano tratando de arrastrar a Chile a una dictadura comunista. Allende, a diferencia de Castro, creía en la democracia chilena y en el constitucionalismo de los militares, lo cual le produjo problemas al interior de su coalición. Si se acercó a Moscú, a finales de 1972, fue para amortizar la desesperada situación económica chilena y tratando de encontrar un tanque de oxígeno para su proceso; la negativa soviética, por lo demás, la sintió “como una puñalada por la espalda”. Los múltiples intentos de Castro de convencerlo de tomar el camino de las armas se encontraron con negativas rotundas y demuestran que él estaba al mando del proceso, no Fidel. El hecho de que el día del golpe partiera a La Moneda y no se retirara a las afueras de Santiago con sus tropas leales a defender el proceso hace pensar que se mantuvo invariable en esa línea. 

El golpe militar del 11 de septiembre de 1973 fue un mazazo para el Tercer Mundo. La derrota de Allende fue también la derrota de un modelo para sacudirse de las ataduras del imperialismo y generó una serie de lecciones para la izquierda mundial. Se demostró que ese objetivo no estaba tan cerca ni era tan fácil. Ya no habría tanto espacio para la estrategia del choque frontal y vendría una nueva época de pragmatismo, negociaciones y contrarrevoluciones. Por otra parte, el golpe vino a cerrar el proceso revolucionario que había iniciado Cuba en 1959. Después de 1973, La Habana concluyó que las “condiciones objetivas” para la revolución en América Latina ya no existían. En ese cuadro, la gran pregunta era si la misma revolución cubana iba a poder sobrevivir.

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