3 dic. 2011

La moda de las listas | Álvaro Matus

Desde la famosa lista de 1983 elaborada por la revista Granta sobre "los mejores novelistas jóvenes británicos", aquella en la que figuraban Ishiguro, Amis y McEwan, la idea de armar nóminas con los escritores más prometedores se ha convertido en una moda insufrible.

Como si no bastaran Herta Müller, Vargas Llosa y James Ellroy para animar una gran fiesta literaria, a los organizadores de la Feria del Libro de Guadalajara se les ocurrió elegir a "los 25 secretos literarios de América Latina". No hay ningún escritor que se repita respecto de Bogotá 39, que el 2007 agrupó a 39 narradores menores de 40 años, ni tampoco que hayan figurado en la nómina de Granta del año pasado, la cual reunía a los "22 mejores autores en español menores de 35 años". Esto no significa, por cierto, que quienes hayan aparecido en las nóminas anteriores hayan dejado de ser escritores más o menos secretos, pues la verdad es que la circulación de sus libros se limita en casi todos los casos a su país de origen. Por último, al comparar las selecciones de Granta y Bogotá se aprecian sólo tres coincidencias, lo cual nos permite concluir, si sumamos los tres listados, que en apenas cuatro años han aparecido 83 narradores sobresalientes en nuestro idioma. ¿Se puede creer tanta maravilla?
A veces el optimismo raya en la promoción. El fenómeno de las listas coincidentemente ha venido aparejado con la disminución de la crítica literaria en los periódicos, cada vez más arrinconada y supeditada a los intereses publicitarios. Hoy resulta fácil confundirse y pensar que son estos catastros ocasionales los que validan a un escritor, en circunstancias de que históricamente ha sido la crítica la disciplina encargada de informar sobre los nuevos valores, de reflexionar sobre los contenidos que propone una obra y de juzgar su importancia en relación a la tradición.

Las listas apuestan a lo nuevo, al riesgo, a la renovación, al futuro. Sin duda se trata de categorías valiosas que nunca hay que perder de vista, pero tampoco hay que ignorar que las palabras se gastan, pierden su sentido al nombrarlas indiscriminadamente. Son víctimas de la inflación. Hoy todo es "nuevo", "provocativo" y "renovador". El público engancha, al poco tiempo se desilusiona, la industria arremete con una nueva generación de renovadores y así una y otra vez.

Esta tendencia se reproduce en el cine, el teatro y las artes visuales. El pintor Francis Bacon intentó siempre protegerse de las estúpidas barreras que empezaban a colocarse entre la tradición y el arte moderno. Aunque era más comercial promover su obra diciendo que "redefinía la pintura contemporánea", él aspiraba a inscribirse en la historia del arte en su totalidad: quería que lo vieran como un continuador de Shakespeare y Velázquez, no como alguien que cortaba con la historia de la pintura. Bacon sin duda percibió que la palabra nuevo ya había perdido su valor.

Ahora vemos con demasiada frecuencia que la actualidad pasa por innovación y la falta de contenido se oculta bajo ilusiones de estilo. Un buen escritor es algo muy raro, una excepción, y las listas parecen motivadas más por la voracidad de carne fresca que por criterios estéticos.


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